Resumen para apurados
- Un cronista tucumano relata las dificultades urbanas y familiares que vivió en Tucumán para ver el partido de la Selección Argentina ante Egipto por el Mundial 2026.
- El asado de último momento, el tránsito caótico comparado con la F1 y un retraso de 45 segundos en la transmisión por streaming arruinaron la experiencia en tiempo real.
- La crónica expone la brecha del streaming frente al cable tradicional y cómo los partidos de la Selección alteran por completo la rutina diaria y el tránsito de los tucumanos.
(Por Don Renegón) Un triunfo como el que consiguió la Selección estimula. Devuelve la esperanza al más incrédulo. Contagia. Ilusiona. Pero también genera decenas de motivos para renegar. Tantos disgustos provocan que hasta el marcapasos más moderno se ponga a prueba. No todo es alegría.
Se sabía desde un primer momento que el horario del encuentro generaría inconvenientes. Lo que nadie imaginó era que serían tantos. A saber: en casa, las bendiciones decidieron pegar el faltazo a la escuela. “No va a ir nadie y voy a llegar tarde para la semifinal”, dijo la más rebelde. Inmediatamente, su hermano menor se adhirió al planteo. La madre, esa apañadora serial, los apoyó. Y ya se sabe: donde manda capitán...
Entonces se modificó el programa inicial. Iría a trabajar como siempre y cerca del mediodía regresaría al hogar. Supuestamente me esperarían los seres queridos con un menú tranquilo, por las dudas. Pero nunca hay que decir nunca.
A las 11 sonó el celular. Al ver quién llamaba, comencé a temblar. Y no estaba equivocado.
-Bendición: Papá, dice mamá que está lindo para comer un asado. Quiere que comprés chorizos, morcillas y carne.
- Don Renegón: Decile a tu mamá dos cosas. Primero, que no está casada con Bill Gates ni con Elon Musk como para hacer dos asados en un mes. Segundo, quiero ver el partido y si cocino todo eso me pierdo el primer tiempo.
- Bendición: Ay papá, dejá de quejarte. Juega la Selección y hay que rendirle culto con un buen asado.
- Don Renegón: Pero vos no sos hija de “Chiqui” Tapia... ¿Y si hacemos hamburguesas?
- Bendición: ¡Nooo! Viene a comer Santiago y no le podemos dar eso. Comprá mollejas, que a él le encantan.
- Don Renegón: Que yo sepa, tu festejante no tiene sangre azul. Además, por lo que come, prefiero vestirlo antes que alimentarlo.
- Bendición: Uhh, basta. Arreglá con mamá, no quiero saber nada.
Cortó la llamada y, a los pocos segundos, habló la madre. Tres frases fueron suficientes para que se cumpliera el plan que habían ideado.
A las 11, en lugar de estar iniciando el regreso al hogar, deposité mi cuerpo en una carnicería. Estaba repleta. Inmediatamente, desde lo más profundo de mi ser, nació una pregunta: ¿por qué los tucumanos siempre esperamos hasta último momento para hacer todo? Yo quedo exceptuado por obediencia debida.
Todos son Colapinto
Finalmente pasó lo que quería evitar. Inicié el regreso a las 12 en punto, cuando la capital tucumana parecía un hormiguero que acababa de recibir una patada. ¿De dónde salió tanta gente? Chicos, adolescentes y adultos corrían de un lado para otro sin saber bien por qué. Los vendedores ambulantes aturdían con cornetas y vuvuzelas. Era apenas un anticipo de lo que vendría.
Ya en el auto, después de recorrer apenas unas cuadras, descubrí que Franco Colapinto había sido clonado en Tucumán. Decenas de pseudo pilotos de Fórmula 1 transitaban las calles como si estuvieran girando en el circuito de Mónaco. A ellos se sumaron los kamikazes de dos ruedas. Frenadas bruscas, sobrepasos imposibles y un concierto de bocinazos. El trayecto de 20 minutos se extendió a 40.
Al cruzar la puerta, iluso de mí, pensé que llegaría la paz. Me equivoqué.
- Don Renegón: ¿Prendieron el fuego?
- Madre: No, porque no había carbón.
- Don Renegón: ¿Compraron?
- Bendición: No...
- Don Renegón: ¿Hicieron las ensaladas?
- Madre: Tampoco. No había nada.
Me armé de paciencia y, como si fuera un jamaiquino en una prueba olímpica, corrí a la verdulería para solucionar el problema. Terminé con la tarea y, cuando estaba por sentarme a disfrutar del almuerzo, Egipto convertía el segundo gol. Se me cortó el apetito de la renegada. La situación fue aprovechada por el festejante, que se comió lo suyo, lo mío y hasta las sobras del pobre gato Milo.
El final
Fue tan grande el golpe que decidí retirarme al cuarto para descansar. Entre cabeceada y cabeceada, ni grité el descuento ni el empate. Debo reconocer que ahí me desperté. Tenía puesta una plataforma de streaming. Deliraba esperando el milagro porque el tiempo ya no alcanzaba.
Entonces comenzó a gritar Doña Pocha, la vecina del fondo, que se resiste a los cambios tecnológicos y vive exactamente igual que hace 30 años. Pensé que le había pasado algo. Mientras me cambiaba para asistirla, descubrí que me había transformado en una nueva víctima del maldito delay. La mujer estaba festejando el gol mientras yo todavía esperaba el ataque. Una gesta deportiva la disfruté 45 segundos más tarde. Increíble.
Hasta la próxima renegada.







