John López corrió hacia el grupo de santafesinos con el que llevaba casi dos horas cruzándose cargadas. Se agachó, se tomó los genitales y gritó el gol con bronca acumulada. Cabo Verde acababa de empatarle por segunda vez a la selección argentina en el Hard Rock Stadium por los 16avos de final del Mundial.
Sobre la vereda del Cleveland, uno de los bares de Ocean Drive que había sacado sus televisores a la calle, cientos de personas miraban sin saber si lo que venía sería un abrazo o una pelea. Miguel Alonso, uno de los santafesinos, se acercó a López para pedirle que se calme. Sus caras quedaron a centímetros. Por unos segundos, el partido dejó de jugarse en la pantalla y pasó a jugarse ahí, entre las mesas, las sillas y las camisetas. “No me aguanté que me venga a gritar así el gol”, dirá después el argentino a LA GACETA.
La tensión fue creciendo. Cada avance de Cabo Verde despertaba los gritos de un nutrido grupo de hinchas vestidos de azul, rojo y blanco, mientras los argentinos respondían desde las mesas vecinas. Cuando llegaron los goles, algunos caboverdianos incluso se acercaron para bailar delante de los argentinos, que contestaban con silencio y aplausos irónicos. Con el correr de los minutos, sin embargo, el humor cambió: los argentinos empezaron a vivir cada ataque africano con los dientes apretados, conscientes de que el campeón del mundo estaba ante la posibilidad de quedar afuera. Las decisiones arbitrales y cada pelota dividida hacían oscilar el clima entre la euforia y el nerviosismo, en una avenida donde turistas y curiosos frenaban la caminata para mirar la fiebre mundialista.
Bar tribuna
Las terrazas de los bares se poblaron de camisetas argentinas, pero también colombianas (jugaba minutos después), caboverdeanas y de otras selecciones. Quienes no consiguieron una mesa siguieron el partido parados en la vereda, alrededor de las pantallas que varios locales orientaron hacia la calle. Entre las palmeras, los edificios art decó y el incesante desfile de turistas, el celeste y blanco dominaba el paisaje.
El hincha caboverdiano que protagonizó la escena eufórica que casi termina en violencia tiene 28 años, nació en Cabo Verde pero vive en Tampa (Florida). “Me siento muy feliz porque es la primera vez que jugamos un Mundial. Perdimos, pero ahora todo el mundo sabe dónde queda mi país”, contó a LA GACETA minutos después del partido. Aseguró que, pese a la derrota, se iba orgulloso del rol que tuvo su selección en su primera Copa del Mundo.
Reconoció que el cruce con los argentinos estuvo cerca de desbordarse, pero aseguró que todo quedó atrás cuando terminó el partido. “Messi es mi jugador favorito. Voy a seguir apoyando a Argentina, pero hoy estoy feliz por mi país”, dijo. Segundos después volvió a buscar a los santafesinos. Esta vez no fue para provocar: se abrazaron, intercambiaron camisetas y posaron juntos para las fotos.
Viaje costoso
Del otro lado estaban Franco Patriarca y Lucas Rubiolo, dos integrantes de un grupo de siete amigos santafesinos que viajaron a Estados Unidos para seguir a la Selección. El plan original era ingresar todos juntos al Hard Rock Stadium, pero el precio de las entradas terminó frustrando esa idea. Solamente dos de ellos pudieron entrar pagando U$S 1.900; los otros cinco decidieron transformar Ocean Drive en su propia cancha.
“Cuando estábamos en Santa Fe nos parecían caras las entradas de 400 o 600 dólares. Después empezamos a ver precios de mil dólares o más. Al final solamente dos de los siete pudieron entrar”, explicó Rubiolo a este diario. Mientras sus amigos alentaban desde el estadio con la bandera que identifica al grupo de hinchas de Unión, ellos siguieron el partido desde la pantalla instalada frente al bar.
Patriarca cree que el mayor atractivo de un Mundial sigue siendo el encuentro entre culturas. “Para mí lo mejor que tiene un Mundial es juntar las culturas”, dijo. Cuestionó el formato del torneo y lamentó que los altos precios hayan dejado a muchos argentinos afuera de las tribunas. “Eso es lo que están perdiendo los dirigentes, porque obviamente es por plata”, afirmó.
El negocio de las entradas
El influencer argentino Santiago Gallo, de 23 años, también eligió Ocean Drive para seguir el partido. Contó a LA GACETA que había conseguido una entrada, pero decidió venderla porque la diferencia entre el precio original y el de reventa le dejaba una ganancia superior a los mil dólares.
“La realidad es que la podía vender por U$S 1.800. Le gané más de mil dólares a la entrada y es un montón de plata”, explicó. Según aseguró, “hay muchísima gente haciendo eso” y consideró que este Mundial “es mucho más comercial”. “El fútbol hoy en día es un negocio mucho más que antes”, dijo.
El desahogo argentino recién llegó a los 111 minutos. Lionel Messi levantó un córner desde la izquierda y “Cuti” Romero apareció de cabeza para marcar el 3 a 2 final, cuando la definición por penales parecía inevitable. Uno de los santafesinos se largó a llorar apenas la pelota entró al arco. Se abrazó con sus amigos y se tapó la cara durante varios segundos, descargando toda la tensión acumulada.
Cuando el árbitro indicó el final, ya no quedaban huellas del cruce que había dominado la tarde. La principal avenida de Miami terminó funcionando como un estadio paralelo, donde una historia que había empezado con un festejo desafiante y al borde de las piñas terminó convertida en una de las postales más cálidas de la tarde.








