Resumen para apurados
- El tucumano Ricardo Rojas, quien emigró de joven y sin recursos a EE. UU., triunfa actualmente en Nueva York y Miami peinando a figuras como Donatella Versace y Mariah Carey.
- Tras dejar Tucumán, Rojas aprendió peluquería en Córdoba. Su carrera despegó en Nueva York de la mano del estilista Oribe, lo que le permitió acceder al entorno de Versace.
- Hoy consolidado como estilista y actor en EE. UU., Rojas promueve que las nuevas generaciones persigan sus metas sin miedo, sirviendo como ejemplo de superación personal.
Cuando tenía 20 años, Ricardo Rojas armó un bolso, agarró un papel y le escribió una carta a su mamá. "Le dije que la amaba, pero que me iba de Tucumán", recuerda. Se subió a un colectivo y se bajó en Córdoba, hasta donde le alcanzó el pasaje. No sabía a dónde, pero se iba.
Aquel joven que viajó con lo puesto hoy tiene 61, vive entre Nueva York y Miami y les arma el peinado a las estrellas de Hollywood. Fue durante diez años el estilista de Donatella Versace, la diseñadora italiana de la casa de moda que lleva su apellido. Por sus manos pasaron desde Mariah Carey hasta Anne Hathaway. "Soy un gran apostador al universo. Fui un gran soñador. Para mí, podés salir de cualquier sitio y podés llegar a donde quieras soñando", le dice a LA GACETA desde su departamento de South Beach, con la camiseta celeste y blanca que se puso porque afuera hay un Mundial en curso. La historia, sin embargo, empieza mucho antes, a miles de kilómetros de distancia, en Villa Alem.
En Tucumán, Rojas nació actor. Antes que las tijeras estuvieron los títeres, los dibujos y los circos que les armaba a los vecinos, a los que hasta les cobraba la entrada. "Siempre quise ser actor. Siempre estuve más inculcado en la actuación", cuenta. Se crió entre chicos que él define salvajes, tirándose a las esquinas inundadas los días de lluvia para volver a la casa empapado, como salido de una pileta, con una libertad de barrio que hoy agradece. En una familia donde su hermano llevaba la bandera en la escuela y terminó abogado, él empujaba para el otro lado, el del arte: lo único que respetaba en serio eran las clases de teatro. Arrancó de chico con Rosita Ávila y siguió con Rafael Nofal, el director que lo metió en su primera temporada en el Teatro Estable de la Provincia.
Adentro de Ricardo había un corset. En una familia católica y conservadora, en los 80, ser gay era algo que no se nombraba. "No eran las épocas en que vos decías salís del clóset. No podías ni hablar de eso", recuerda. Intentó todo, tuvo novias, empezó Arquitectura en la Quinta Agronómica de la UNT y la dejó a los pocos meses porque no le alcanzaba ni para un lápiz. La incomodidad y la falta de plata fueron las que terminaron poniéndolo en aquel colectivo a Córdoba.
Ricardo el estilista
"Lo de peluquería salió como accidente", admite. Caminando por La Cañada vio una esquina que confundió con una heladería y era un salón, "Shampoo". Volvió mil veces a pedir trabajo como peluquero. "No sabía ni agarrar el cepillo", reconoce. Lo tomaron, lo echaron el mismo día y él insistió hasta rogar que lo dejaran barrer el piso y llevar las toallas a la lavandería. "Déjalo", dijeron los dueños. Aprendió mirando. A los tres meses cortaba flequillos y con el tiempo llegó a atender 23 clientas por día. Cuando la sociedad que manejaba el salón se disolvió, una de las dueñas se fue con un grupo de peluqueros, lo llevó con ella y le ofreció quedarse con el negocio, pese a que él apenas tenía tres años de oficio. No tenía un peso para pagarlo. "Pagalo con tu trabajo", le aconsejó su papá. Así, a los 23 años, se convirtió en dueño de su propia peluquería, que administró durante siete años.
Entre las páginas de la revista Hola empezó a seguir a Versace, las pasarelas de París y, sobre todo, a Oribe, el legendario estilista cubano-estadounidense que definió el pelo de las supermodelos de los 80 y 90 y que más tarde creó su propia marca de productos. "Quiero trabajar con Donatella", se decía. Una profesora de inglés terminó siendo el puente: cuando él le contó que su sueño era trabajar con Oribe, ella le respondió que su hermana trabajaba ahí. Ricardo dejó todo, incluida la peluquería, que le quedó a su hermano, y se instaló en Nueva York a secar pelos otra vez desde cero.
Esperó tres años, armó un portafolio y entró. El día que lo recibieron esperó una hora y media afuera. Oribe salió, se sentó a su lado y lo abrazó. "Bienvenido a mi peluquería. Me encantó lo que vi", le dijo.
Después vinieron los shows en Milán y la inauguración de la línea de maquillaje de François Nars, donde vio por primera vez a Donatella Versace. Poco después, un amigo que cenaba con ella lo invitó a sumarse a tomar un café. Cruzaron pocas palabras: ella le preguntó dónde trabajaba y él respondió que con Oribe. No sucedió mucho más esa noche, pero al otro día lo llamaron para hacerle el pelo. Ese fue el principio. La lista de cabezas que pasaron por sus manos se fue ampliando: además de Versace, Mariah Carey, Cher, Anne Hathaway, Eva Longoria, Salma Hayek, Hilary Swank, Naomi Campbell, Valentino y Pampita. Sus peinados llegaron a las pasarelas de Versace, Chanel y Dolce & Gabbana, y a las páginas de Vogue. Hoy, además de estilista, es actor: integró el elenco de "And Just Like That", la continuación de "Sex and the City", donde interpreta al peluquero Juan José.
Tras bambalinas
El detrás de escena tiene sus reglas. "Trabajo rodeado de mucho ego, no solo de la actriz, sino de todo el entorno", describe: los peluqueros, los maquilladores, el estilista de vestuario, las publicistas que miran cada paso. La primera regla que sigue, dice, es la puntualidad. "Mi clienta puede estar a dos cuadras de mi casa o en París, pero yo llego a tiempo", asegura. Se ríe con ellas, chusmea, critica, aunque cada vez con más cuidado. "A partir del movimiento Me Too todo cambió. Hay cámaras en todos lados", advierte. Estuvo un mes en Maldivas para la renovación de votos de Mariah Carey, con apenas 10 invitados, y de ahí saltó al Festival de Cannes.
El camino artístico que abrió de chico en su familia hoy lo recorre acompañado por su sobrino, el actor Emanuel Rodríguez, uno de los protagonistas de "Tafí Viejo, verdor sin tiempo", la serie filmada en la provincia que ganó tres premios Martín Fierro. "Me hace acordar muchísimo a mí, en la forma en que adoraba los títeres", cuenta, orgulloso. Durante años lo cargó con su otra profesión, la de odontólogo. "Dejá de sacar muelitas", le decía. Ahora sueña con que Emanuel se anime, como él, a probar suerte en Nueva York.
Hoy Ricardo define tucumano neoyorquino. Cada vez que vuelve saluda a los vecinos de Villa Alem, abraza a los que quedan y extraña a los que ya no están. Desde el balcón de Miami, donde la ciudad empieza a pintarse de celeste y blanco por el partido de Argentina, se ríe de cómo la fiebre mundialista cambió hasta el idioma. "Antes se lo llamaba soccer, ahora se lo llama fútbol. Todo el mundo está revolucionado", dice.
Cuando reflexiona sobre su recorrido, dice que la clave está en poder escucharse. "Tenés que seguir tus sueños. Tenés que escuchar tus voces. Tenés que respetar tus sueños", repite. En ese camino, el desafío es no venderse y bancarse los golpes, señala. "Nunca podés ir en la vida pensando que tenés un paracaídas. Te tirás y después ves", dice, porque "el viaje te va a pulir, te va a dar experiencia, te va a hacer conocer diferentes ángulos, vas a crear otra persona".


















