LA GUAIRA, Venezuela.- La atención humanitaria en Venezuela comienza a centrarse en la urgencia de alimento y techo para decenas de miles de personas en la calle tras el doble terremoto que dejó más de 1.900 muertos y una escalofriante cifra de desaparecidos.
En el estado de La Guaira, la zona más devastada, la escasez de comida es “generalizada”, los servicios básicos se paralizaron y la conectividad está interrumpida, advirtió el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).
“Estamos durmiendo en el piso”, dijo Jenny Tortoza en Catia la Mar, en La Guaira, donde cientos de edificios colapsaron y las esperanzas de hallar sobrevivientes se desvanecen.
La Organización de las Naciones Unidas estima en unos 50.000 los desaparecidos, mientras la NASA calcula que 58.000 edificios resultaron dañados o destruidos por los terremotos de 7,2 y 7,5 del 24 de junio, de los más violentos registrados en Latinoamérica. “Las tensiones comunitarias van en aumento, ya que el acceso a la ayuda sigue estando limitado”, indicó el Acnur sobre la ira de algunas víctimas por la lenta y escasa ayuda del gobierno de este país sumido en una crisis profunda.
“Aquí dan provisiones pero a veces se matan por la comida (...), esto es como una gallera (...), ayer se entraron a golpes, es una locura”, comentó Daniela Armas, de 18 años, suturada en un pie y temerosa de volver a su apartamento agrietado en Catia La Mar.
Riesgo de epidemias
“La falta de organización es horrible. Al principio era todo muy bien, pero después empezó una mala organización que primero los propios militares agarraban sus cosas y después nosotros las sobras”, relató por su parte Yohana Álvarez, vendedora ambulante de 45 años en la misma zona.
A la urgencia de alimento y refugio se suma el riesgo de epidemias. El portavoz de la Organización Mundial de la Salud, Christian Lindmeier, advirtió de la “presión extrema” sobre los servicios de salud y el riesgo “de enfermedades prevenibles mediante vacunación, como el sarampión, la difteria y la tos ferina”.
“Faltaría más ayuda”, dice Diorjailis Escalona, médica de 23 años. Pese a sentirse “derrumbada”, agradece el apoyo internacional con rescatistas, medicinas y alimentos.
A la espera de milagros
Para acelerar el ingreso de equipos y suministros, los Marines estadounidenses pusieron el lunes de nuevo en operación el puerto de La Guaira, que había quedado fuera de servicio junto con el principal aeropuerto de Venezuela. En el área de depósitos del puerto funciona ahora una morgue improvisada.
En Junquito, un pueblo turístico cercano a Caracas, Carmen Angarita pudo salvarse gracias a que su sobrino removió escombros del edificio derrumbado. Creyó que “de ahí no salía”. “Estaba resignada a que iba a morir” junto a una nieta de 8, recordó esta comerciante de 53 años.
El gobierno militarizó La Guaira e exige un permiso para acceder a la zona de desastre.
Un total de 27 países movilizaron cerca de 40 equipos de búsqueda y rescate, que este martes seguían escarbando entre amasijos de hierro y concreto.
Son más de 2.000 efectivos y personal junto con más de 160 perros, según Gianluca Rampolla, coordinador de Naciones Unidas en Venezuela. La ONU, agregó, suministrará 10.000 bolsas mortuorias, aunque espera que el balance final sea inferior.
La ventana crítica de 72 horas para hallar sobrevivientes, no obstante, cerró el sábado.
Parte de la familia de Soraida Torrealba la busca entre los escombros de su edificio en La Guaira. “Estoy atada de manos porque no la encuentro, no sé nada de ella”, se lamenta su hermana Rosanna Luna, de 44 años.
Como ella, miles de personas buscan a uno o más familiares en medio de la angustia. Fotos de niños, de ancianos, de parejas, con sus nombres y descripción y un número de teléfono para recibir datos, inundan las redes sociales.
La ONU calcula siete millones de damnificados y daños materiales por 6.700 millones de dólares, 6% del PIB del país petrolero.
Olor a muerte
Los dos hornos del único cementerio público de Caracas trabajan a pleno y un olor a muerte se percibe en los alrededores. Decenas de personas esperan un turno para sus seres queridos. Entre viernes y sábado se oficiaron de 60 a 70 entierros diarios.
Un grito de “¡Mamá, te amo!” se sobrepuso al llanto y el ruido de las palas mezclando cemento.
Cuando los trabajadores comenzaron a cerrar el nicho de su sobrino, Sergio Vergara cayó de rodillas. Fue él quien lo encontró junto a toda su familia en un edificio colapsado de La Guaira.















