El Indio

La voz única de una época dorada e irrepetible del rock.

Hace 6 Hs

Por Sergio Silva Velázquez
Para LA GACETA - TUCUMÁN

Me acuerdo exactamente del instante en que escuché por primera vez Oktubre. Mucho después de su lanzamiento porque aquella música, la de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, no llegaba, casi, por estos lares. Oktubre era una referencia frecuente de las revistas especializadas que leía, por ejemplo, Pelo. Un título de 1986 que obligaba a saber algo más de lo que cualquier otra banda de la época proponía (¿podía haber algo más desconcertante para un joven -sin Google ni IA- que la evocación a una revolución ocurrida en 1917?) y esas caras afeadas, desdichadas bajo el trazo de un artista conceptual (Ricardo Cohen, Rocambole), apelotonadas en un fondo negro, portando banderas rojas. La conmoción del inicio de Fuegos de Octubre y la hipnotizante línea de bajo y guitarra de Preso en mi Ciudad me sintonizaron de inmediato con esa obra maestra del rock local. Allí estaban los cimientos de una banda única e irrepetible en su estética, en sus letras crípticas y sus magnéticos riffs y arreglos exactos. En su concepto del negocio a contramano, su cero exposición en el mainstream y nula aparición en videos de MTV. Todo contribuiría a la leyenda. Desde las circenses presentaciones de la cofradía en lugares insólitos hasta los conciertos en Cemento del que fueron testigos unos primeros entusiastas y fieles. De Paladium a su inesperada masividad en los 90: un éxito que no haría más que expandirse y transmitirse como credo de padres a hijos y a nietos…26 años después de su separación.

Nadie, en los 80, imaginó que el legado tocaría el nervio emocional popular –nacional, por sobre todo- desbordando la periferia hasta inocular diversos segmentos sociales. Carlos Alberto Solari, El Indio, tuvo mucho que ver –junto a su socio Skay Beilinson, por supuesto- con la construcción argumental del fenómeno que sigue siendo inexplicable para extraños. Tras la amarga ruptura del grupo, su carrera solista amplió la musculatura del ícono reflejado en remeras, consignas urbanas y conciertos de convocatorias nunca vistas. Un ilustrado, espécimen raro en un género donde lo simple y efectista vende, un público cada vez más renuente a la lírica compleja. Un poeta extraño que, lejos del sentimentalismo, habla con metáforas que son cuchillas antiestablishment, “un caníbal que no es bien recibido en un banquete así”. ¿Qué es Patricio Rey? Un movimiento. ¿Y El Indio? “Un personaje”, dice Solari. Un músico que extrapola un mensaje y concibe su obra escenificando sus criaturas que no necesariamente son Solari. Un artista único como casi no se ha visto en otras latitudes que tenía el pecado de la soberbia -¿cómo no serlo cuando convocás 300 o 400 mil almas en un lugar?- pero que jamás llegaría a ser condescendiente, incluso con su público. “No conoce el sold out mi público”, decía -mi público, ninguneando casi a sus compañeros de ruta- en aquella gran entrevista con Mario Pergolini en la que dejó pistas de su conexión con su nivel trascendental. Y el viaje al más allá, influenciado por Blackstar, la obra maestra póstuma de David Bowie, grabada a sabiendas de que se moría. “Es una oportunidad la muerte para liberarte de tus compromisos…y hacer lo que quieras”, anunciaría El Indio en busca de ser Solari.

© LA GACETA

Sergio Silva Velázquez – Periodista.

Comentarios