Resumen para apurados
- La alcaldesa de Los Ángeles implementa planes contra la indigencia antes del Mundial 2026 para mitigar la crisis habitacional, aunque el problema estructural aún persiste.
- Tras invertir 300 millones de dólares en microcasas y refugios, la población de calle bajó un 17,5% en dos años, aunque la oferta de camas sigue siendo muy inferior a la demanda.
- Críticos y vecinos temen que las medidas sean cosméticas por el Mundial. La crisis estructural de alquileres caros amenaza con devolver a miles de personas a la calle.
En la víspera del Mundial 2026, que comienza este jueves, Los Ángeles llega con una postal ambivalente. Por un lado, exhibe avances en la reducción de la indigencia; por otro, mantiene a la vista una crisis estructural que sigue marcando su paisaje urbano.
Michael Gilpin, de 44 años, es parte de ese contraste. Hasta hace poco dormía en su auto en un estacionamiento de Hollywood. Hoy vive en una de las microcasas instaladas por la ciudad para personas en situación de calle. “Me recuerda mucho a una celda”, le dijo a la agencia AFP sobre el pequeño cubículo de plástico que comparte con otra persona. Aun así, agrega que “es mucho mejor que la calle”.
Su historia refleja las políticas impulsadas por la alcaldesa Karen Bass, que en los últimos años reforzó la inversión en refugios, hoteles reconvertidos y viviendas temporales para reducir la indigencia en la segunda ciudad más grande de Estados Unidos.
Los datos muestran una mejora: el censo de 2025 registró una caída del 17,5% en la cantidad de personas durmiendo en la calle en los últimos dos años, la primera baja desde que se realiza el conteo.
Sin embargo, la dimensión del problema sigue siendo crítica. En el condado de Los Ángeles hay unas 72.000 personas en situación de calle, de las cuales cerca de 47.000 duermen a la intemperie.
En zonas como el valle de San Fernando, la brecha entre la demanda y la oferta de alojamiento es evidente. Armando Covarrubias, voluntario de la organización Hope the Mission, lo resume con crudeza: “Hay cuatro o cinco veces más personas que camas disponibles”.
La consecuencia es visible: tras el desalojo de un campamento junto a vías del tren, varias carpas volvieron a instalarse días después. Para muchos, la espera se vuelve interminable. “Estoy en lista desde hace tres meses”, contó Maggie, de 40 años, que lleva una década viviendo en la calle y aún espera un lugar bajo techo.
Incluso quienes acceden a una solución temporal enfrentan dificultades. Las microcasas y refugios imponen normas estrictas, como la prohibición de recibir visitas, que generan resistencias. Además, el programa central de la ciudad, que demandó unos 300 millones de dólares, es cuestionado porque cerca del 40% de sus beneficiarios termina regresando a la calle.
El problema se agrava por la crisis habitacional en California. La escasez de viviendas, especialmente accesibles, mantiene los alquileres en niveles muy altos: un monoambiente ronda los 1.800 dólares mensuales.
Michael Reyes, de 59 años, lo sabe bien. Tras un accidente laboral, quedó con ingresos insuficientes y pasó un año durmiendo en su auto antes de acceder a una microcasa. “El costo de vida sube, pero no nuestros ingresos. Está mal”, afirma. Y pone en duda la continuidad de estas políticas más allá del evento: “Esto lo hacen por los turistas. Después, nada cambia”.
Su mirada remite a Skid Row, el histórico barrio de carpas y marginalidad que desde hace décadas simboliza la crisis en la ciudad. “Existe desde los años 30 y sigue igual”, señala.








