La Argentina sabe mucho más sobre los femicidios que en 2015. Hay registros nacionales, estadísticas consolidadas y una enorme cantidad de información que permite entender mejor cómo ocurre la forma más extrema de la violencia de género.
Sin embargo, los datos dejan una sensación incómoda: conocemos más el problema, pero muchas de sus características siguen siendo las mismas.
Según el Registro Nacional de Femicidios de la Justicia Argentina, durante 2025 se registraron 200 víctimas directas de femicidio. La cifra es menor a la de algunos años anteriores, pero los patrones permanecen prácticamente inalterables. En el 83% de los casos la víctima conocía a su agresor. En el 59% existía una relación de pareja o ex pareja. Y en el 78% de los hechos el crimen ocurrió dentro de una vivienda.
Las estadísticas permiten derribar una idea que durante mucho tiempo dominó el imaginario colectivo: el principal peligro para las mujeres no suele estar en la calle ni provenir de desconocidos. Con frecuencia aparece dentro de los vínculos más cercanos y en espacios asociados al cuidado, la intimidad y la confianza.
Ese dato resulta clave porque obliga a pensar el problema más allá de la respuesta penal. La discusión sobre los femicidios no puede limitarse al castigo posterior al crimen. El desafío principal sigue siendo cómo prevenir la violencia antes de que alcance su expresión más extrema.
En estos 11 años hubo avances importantes. La violencia de género dejó de ser un tema marginal, se desarrollaron herramientas de protección, se fortalecieron organismos especializados y aumentó la capacidad del Estado para registrar y monitorear estos casos. También creció la conciencia social sobre situaciones que antes eran naturalizadas o minimizadas.
Pero los casos recientes que conmocionaron al país muestran que persisten dificultades para actuar a tiempo. Denuncias previas, antecedentes de violencia, restricciones de acercamiento y alertas que no lograron evitar desenlaces trágicos siguen apareciendo con frecuencia en la reconstrucción de muchos femicidios.
La persistencia de esos patrones plantea una pregunta necesaria. Si hoy sabemos más que hace una década sobre cómo se desarrolla la violencia, ¿por qué sigue siendo tan difícil interrumpirla antes de que sea demasiado tarde?
Ni Una Menos nació para exigir visibilidad frente a una problemática que durante años había permanecido relegada. Ese objetivo, en gran medida, fue alcanzado. Hoy nadie puede argumentar que se trata de hechos aislados o de una realidad desconocida.
Quizás el desafío de esta nueva etapa sea otro. Ya no se trata solamente de contar víctimas ni de dimensionar el problema. Se trata de convertir ese conocimiento acumulado en respuestas más eficaces, capaces de identificar riesgos, proteger a quienes atraviesan situaciones de violencia y evitar que las estadísticas sigan sumando nombres.
11 años después, los datos permiten entender mejor el fenómeno. La deuda sigue siendo transformar esa comprensión en prevención efectiva.







