Walter Gallardo
Periodista tucumano radicado en Madrid
Si se le puede atribuir alguna virtud a este tiempo disparatado y violento, de hiriente desigualdad y de alianzas tóxicas entre el poder político y el reino impune de las redes sociales, esa es la de negar a sus protagonistas un refugio en las penumbras de la moral; por el contrario, los obliga a retratarse a plena luz, de frente y de perfil, inclusive a aquellos que no suelen pegar un puñetazo en la mesa, como es el caso del mismísimo Papa León XIV, claramente opuesto a la hegemonía del despropósito. De este modo, en el álbum de fotos no caben las sutilezas ni los eufemismos: hay quienes salen presumiendo de quebrantar el orden internacional y de robar el patrimonio de países cuyos pueblos ya han sido decepcionados y despojados repetidamente; otros, paseándose con impunidad sobre una montaña de cadáveres de adultos y niños prometiendo más muerte en amplias zonas de conflicto; algunos, no pocos y ya por todos conocidos, de rodillas o besando con repugnante indignidad la mano de los anteriores a la espera no de un beneficio sino de no ser castigados; unos cuantos que se autodenominan “equidistantes”, como si eso conllevara algún mérito, apretando los dientes y con las camisas manchadas de sudor nervioso en las axilas, y unos pocos díscolos, en principio considerados temerarios, convertidos ahora en lo que Albert Camus llamó “El hombre rebelde”, en alusión a quienes deciden decir no sin más argumento que el de la decencia.
Se preguntaba Camus en aquella obra: “¿Cuál es el contenido de este ‘no’?”. Y se contestaba a continuación: “Significa, por ejemplo, ‘las cosas han durado demasiado’, ‘hasta aquí bueno, más allá no’, ‘vais demasiado lejos’, y también, ‘hay un límite que no franquearéis’. En resumen, este ‘no’ afirma la existencia de una frontera”. La vigencia de esta reflexión, como se verá, no ha perdido ni una coma con el paso de los años. Desde un punto de vista humanista, hoy no cabe sino la misma respuesta ante los peligrosos delirios de un puñado de Narcisos: los de un presidente norteamericano dedicado al caos y a la insensatez, los de un líder ruso con veleidades imperiales y perspectivas de quedarse en su sillón hasta 2036 o los de un primer ministro israelí sobre quien pesa una orden de captura acusado de cometer crímenes de guerra y de lesa humanidad; delirios, hay que advertir, que han pasado a constituir una suerte de base ideológica y electoral de las corrientes ultras que crecen sin control en Europa y en grandes regiones del mundo, en detrimento de la democracia, del bien común y, en particular, de los derechos humanos. Todos ellos -y como un eco también sus obedientes y patéticos imitadores- han mostrado un inmoral desprecio por las normas que protegen la vida y la convivencia pacífica en el planeta.
No obstante, podría decirse, sin excesivo optimismo, que esto parece haber comenzado a cambiar. Quizás porque siempre que el ser humano ha viajado hacia el desenfreno, el odio y la sinrazón, en algún punto, algo de su propia naturaleza lo ha conminado a recapacitar y a volver al territorio de la cordura. Así, en forma cíclica, ha vivido en un lugar y en otro siempre como huésped, según lo confirma la historia. Una de las primeras señales la dio el primer ministro canadiense, Mark Carney, con aquel recordado discurso en Davos, al reconocer que “el mundo está en medio de una ruptura, no de una transición”. Agregaba entonces con la firmeza de vecino engañado: “Las potencias medianas deben actuar conjuntamente porque si no estamos en la mesa de negociaciones, seremos el plato principal”. Le siguió la Unión Europea en su conjunto ante el intento piratesco de anexión de Groenlandia y paralelamente el gobierno español (tal vez el más rotundo) denunciando las atrocidades cometidas en Gaza y oponiéndose frontalmente a la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, como antes lo había hecho contra Rusia por su invasión a Ucrania.
Más tarde, los que hasta entonces se habían mostrado indulgentes, y en algunos casos como aliados de los promotores de un mundo sin ley, se vieron forzados a reaccionar y su voz por fin fue audible, aunque con diferentes tonos y decibelios: el presidente de Francia, Emmanuel Macron, dejó atrás su etapa de palmaditas y sonrisas con Trump para recriminarle su irresponsable temeridad; por su lado, el canciller alemán Friederik Merz, después de un criticado largo silencio, dijo ante un grupo de estudiantes que Irán estaba humillando a Estados Unidos y, días después, que actualmente no recomendaría a sus hijos vivir en el país norteamericano; o Giorgia Meloni, antes la gran aliada europea de Trump y con miembros de su gobierno con simpatías hacia Putin, imitó algunas decisiones del gobierno español en contra del conflicto en Medio Oriente al comprobar que su antigua lealtad la estaba perjudicando. A pesar de que se los amenazó a todos con represalias si no rectificaban su postura (el consabido aumento de los aranceles y el retiro de las bases militares, entre otros intentos extorsivos), nadie dio un paso atrás. Aún más, cada uno a su manera aumentó la apuesta al descubrir una mejor sintonía con los ciudadanos que en estos días ven cómo se destroza su presente y cómo, por este camino, se oscurece su futuro.
Absolutismo
En este escenario, probablemente sea oportuno acudir otra vez al famoso “Discurso de la servidumbre voluntaria”, escrito en el lejano siglo XVI por Étienne de La Boétie. En él, el filósofo francés critica al absolutismo no sólo ocupándose del opresor sino también, y sobre todo, de quien lo apoya y lo sostiene. Afirma en aquel texto, como si fuera testigo de este tiempo, que la fuerza bruta y el terror no son suficientes para reducir a una sociedad, sino que hace falta un grado de consentimiento y colaboración de sus miembros para lograrlo. Se muestra convencido de que no necesariamente hay que luchar contra los autócratas, sólo hay que dejar de respaldarlos. “Si no se les concede nada, si no se les obedece, sin combatirlos ni golpearlos quedan desnudos y deshechos y no son nada, como cuando la raíz carece ya de savia y la rama queda seca y muerta”.
En suma, y volviendo al principio, quizás es el momento de pronunciar ese “no” reivindicativo y contundente del que hablaba Albert Camus. Delimitar con convicción una frontera moral. En su caso, ofrecía un buen argumento para hacerlo: “Si no se cree en nada, si nada tiene sentido y si no podemos afirmar ningún valor, todo es posible y nada tiene importancia. Sin pros ni contras, el asesino no tiene culpa ni razón. Se pueden atizar los hornos crematorios del mismo modo que cabe dedicarse a cuidar leprosos. Maldad y virtud son azar o capricho”.
En definitiva, y visto en perspectiva, este “no” resultaría una ratificación de todos los “síes” que constituyen la legítima aspiración de llevar una vida digna. ¿Quién puede negarse a ello?








