Karina, Adorni y Javier Milei

Resumen para apurados
- Javier Milei defiende a Manuel Adorni ante sospechas de sobresueldos y gastos injustificados, buscando sostener la cohesión de su gestión en la Casa Rosada frente a duras críticas.
- La defensa surge tras denuncias sobre el patrimonio del vocero. Patricia Bullrich exigió su declaración jurada, mientras el Gobierno cuestiona al periodismo para evitar el desgaste.
- Este blindaje arriesga la autoridad de Milei y profundiza internas en el gabinete. La persistencia de las dudas podría transformar la lealtad inicial en un costo político irreversible.
El caso Watergate siempre viene a la memoria cuando se trata de encontrar similitudes entre los sucesos que hoy afectan a Javier Milei, también sostén a rajatabla de uno de sus laderos, más el trasfondo de mentiras y operaciones encubiertas echadas a correr para evitar lo inevitable y la acción del periodismo como elemento perturbador del poder, ya que Bob Woodward y Carl Bernstein en “The Washington Post” pusieron sobre la mesa la situación de fondo y le informaron al público que los gobernantes habían mentido, nada menos. Hoy, se los llamaría “ensobrados” o “basuras inmundas”.
“¿Qué pregunta es ésa?”, se horrorizó ayer el ministro Luis Caputo y evitó responder cuando un periodista cordobés le consultó si en el gobierno nacional se cobraban “sobresueldos”, en relación con los gastos de Manuel Adorni y su tren de vida. Dólares que van y vienen, pagos sin facturas a la vista para refacciones costosas, viajes o anticipos en efectivo para comprar propiedades, más la toma de créditos hipotecarios que suponen ingresos futuros para cancelarlos, fueron el sustento de la inquietud. En todo caso, la perplejidad de su rostro y el silencio del ministro de Economía dejaron tela para cortar.
Caputo no hace más que responder a las consignas que el Presidente enarbola, ya que es evidente que otro de los tics que el Gobierno ha puesto sobre la mesa a la hora de victimizarse es decir que la prensa no le puede imponer formas de gobernar y que, si lo intenta, es porque responde a intereses creados. Resulta una ironía de tinte autoritario que quienes agitan las banderas de la libertad pretendan reducir el rol del periodismo al de un mero espectador callado ya que, en una democracia liberal, el voto otorga el derecho a gobernar, pero no el monopolio de la verdad ni una vacuna contra la crítica.
La coraza que Milei intenta poner alrededor de Adorni no logra contener el desgaste, ya que con el paso de los días crecen las dudas, el vocero tropieza con sus propios dichos y expone a quienes lo defienden en el primer círculo. El Presidente tampoco innova, ya que la lógica de proteger para protegerse se repite en la historia y suele terminar del mismo modo, cuando el amparo se convierte en un símbolo de la resistencia, pero también en el punto débil que deja trastabillando al líder.
Hace unos años, los Kirchner apuntalaron a Guillermo Moreno aun cuando acumulaba denuncias y choques con empresarios y periodistas. La lógica era evidente: si caía el secretario de Comercio, la Justicia podía avanzar hacia ellos. Ese mismo razonamiento se le atribuye hoy al Presidente, quien parece convencido de que si entrega a su Jefe de Gabinete, la presión no se detendría allí, sino que terminaría por alcanzar o a su hermana o incluso a él mismo.
El espejo estadounidense devuelve una imagen conocida. A principios de los 70, Richard Nixon defendió a ultranza a su vicepresidente Spiro Agnew y lo hizo apoyándose en tres resortes que hoy parecen calcados en lo que es el sostén de Milei a Adorni: tratar de proteger la institucionalidad en medio de la crisis, usar la confrontación con la prensa como escudo político y exhibir la resistencia como símbolo de cohesión. En ambos casos, el funcionario defendido no ha sido por sus méritos, sino por la función que cumple en absorber ruidos, contener el efecto dominó y sostener la narrativa del número uno.
El antecedente de los EEUU ayuda a entender la lógica de una defensa tan cerrada, algo que rara vez responde a virtudes personales y casi siempre a una necesidad estructural del liderazgo personalista. Así, el protegido se transforma en un pararrayos que concentra las descargas (o una esponja que absorbe el desgaste) y en la figura que simboliza la resistencia del número uno, aun cuando esa misma exposición termina debilitando la autoridad presidencial.
En este esquema, el instinto defensivo de los políticos es casi una regla ya que el poder teme que cualquier concesión se transforme en una rendija por donde se filtra la erosión, mientras que el costo del operativo para encapsular la crisis es enorme porque es algo que consume energías y paraliza las decisiones: de hecho, la gestión lleva más de dos meses trabada. Así, quienes podían haber apostado una moneda en la Argentina hoy lo piensan dos veces y algunos ya lo han dicho en voz alta para preocupación del equipo económico.
Lo concreto es que la agenda nacional permanece trabada, como reflejan las encuestas que muestran una caída persistente del aura presidencial. La consideración personal de Milei hacia su colaborador tiene finalmente valor simbólico, ya que la mayor parte de la sociedad percibe que se trata de más de lo mismo y opta por ignorar el juego o ponerse enfrente. Así, el Gobierno queda atrapado en un laberinto de desgaste, donde cada intento de blindaje hacia el funcionario cuestionado termina reforzando la sensación de encierro.
En estos días, se han repetido los gestos de protección hacia quien es, en la práctica, el número dos del Ejecutivo. El antecedente de Nixon lo demuestra, ya que su vice Spiro Agnew terminó renunciando en 1973 por corrupción y sobornos y dos años más tarde, el propio Presidente cayó en medio del Watergate, arrastrado no tanto por el espionaje en las oficinas demócratas, como por las mentiras y el encubrimiento. La lección sobre el caso Adorni parece clara: la coraza puede sostenerse por un tiempo, pero cuando la evidencia se acumula, la defensa pasa a ser un lastre que acelera la situación.
En medio de esa tensión y con el Presidente de viaje en los Estados Unidos mostrando un nuevo alineamiento con la administración Trump, irrumpió la voz de Patricia Bullrich, que sonó como un grito desde la popular: “que Manuel presente lo antes posible su Declaración Jurada”. Ese gesto abrió otra grieta, que se suma a la ya profunda que existe a cielo abierto entre Karina Milei y Santiago Caputo. En los últimos días, esta disputa se tradujo en la necesidad de la secretaria general de recuperar presencia en las redes sociales, hoy bastante descuidadas por el asesor, reclutando tuiteros que le respondan.
La postura frente a Bullrich es la de verla como competidora en la CABA y, por eso, algunos ya hablan de demolerla políticamente, incluso de bajarla de su posición de jefa de bloque en el Senado. “Pato es una fenómena”, dijo Adorni en un elogio circunstancial que pronto puede mutar en pelea, larvada al principio y luego abierta, con mucho más ruido de tribuna. La hermana del Presidente, quien en San Juan se mostró en el Día de la Minería como el centro del Universo y fue adulada por propios y extraños, conoce bien ese libreto: lo mismo ocurrió con Victoria Villarruel.
Para seguir con el símil del fútbol y tal sucede en cualquier vestuario y acaba de verse en el Real Madrid, cuando estallan las peleas entre compañeros, todos miran al capitán para que ordene la discusión. Milei no había logrado hacerlo del todo y recién ayer levantó la voz en la reunión de Gabinete: “No voy a tirar un honesto por la ventana. No lo merece. Prefiero perder las elecciones, antes que echarlo…”, dijo al parecer convencido de sostener a Adorni hasta el final.
Así, el Presidente eligió una senda que le puede traer algún dolor de cabeza, ya que el traqueteo va a continuar si el camino sigue con piedras. Igualmente, existen dudas sobre que pueda mantener su promesa si las ambiciones mandan. Si Milei cree que debe respetarse de modo irrestricto el proyecto de vida del prójimo y decidió respaldar a su colaborador, tampoco debería cercenarle al periodismo el derecho a desmenuzar la gestión pública, sobre todo cuando quienes deben responder se muestran renuentes a hacerlo. Blindar a un colaborador puede sonar a gesto de lealtad, pero podría ser también que termine siendo para él mismo un pelotazo en contra.







