
La escena se repite cada fin de semana. Butacas vacías que se multiplican en funciones teatrales, conciertos con menor convocatoria, galerías con circulación intermitente y complejos de cine que ya no logran sostener la frecuencia de público de otros años. Es el síntoma visible de una crisis más profunda, en la que la cultura aparece como una de las primeras variables de ajuste en la economía cotidiana de los tucumanos.
Cuando el ingreso no alcanza, el orden de prioridades se vuelve implacable. Alimentos, servicios, transporte, alquiler... La lista de gastos fijos se impone con una lógica de supervivencia que deja poco margen para el consumo cultural. Ir al teatro, pagar una entrada de cine, asistir a un recital o adquirir una obra deja de ser un hábito y pasa a convertirse en un lujo. En ese desplazamiento, silencioso pero constante, se erosiona el vínculo entre la producción cultural y su público.
El problema no distingue entre lo público y lo privado. Las salas independientes, que históricamente han sostenido gran parte de la vitalidad escénica de Tucumán, enfrentan dificultades crecientes para cubrir costos básicos, como alquileres, mantenimiento, honorarios. Del otro lado, los espacios estatales también sienten el impacto, ya sea por la reducción de presupuestos o por la caída en la asistencia a sus propuestas. La ecuación es delicada, porque menos público implica menos ingresos, pero también menos legitimidad social.
La cultura, sin embargo, no es un gasto suntuario. Se trata de un componente clave del tejido social, un espacio de construcción simbólica, de identidad y de pensamiento crítico. Por eso, su debilitamiento afecta a la calidad de la vida democrática. Una sociedad que se desconecta de sus prácticas culturales pierde, en algún punto, su capacidad de narrarse a sí misma.
La cuestión es qué hacer para amortiguar los efectos de la crisis. La articulación entre espacios, a través de circuitos o festivales conjuntos, permite compartir costos y potenciar audiencias, una práctica que necesariamente deberá potenciarse este año. También se vuelve clave repensar las políticas públicas. El desafío pasa por diseñar mecanismos ágiles de financiamiento y estímulo que acompañen a los sectores más afectados. Subsidios focalizados, incentivos fiscales y programas de formación de públicos pueden ser parte de una respuesta más integral. En paralelo, la incorporación de herramientas digitales -sin reemplazar la experiencia presencial- abre posibilidades para ampliar el alcance de las producciones.
Pero ninguna estrategia será suficiente si no se reconstruye la idea de la cultura como un bien necesario. En contextos de crisis, suele imponerse una mirada utilitarista que relega todo aquello que no produce un beneficio inmediato. Allí radica el desafío de volver a instalar que el acceso a la cultura no es un lujo prescindible, sino un derecho que también incide en el bienestar.
Tucumán, con su rica tradición artística, enfrenta hoy una encrucijada. La merma de espectadores es una señal de alarma y atenderla requiere decisiones, pero también una toma de conciencia colectiva. Lo que está en juego es la vitalidad de una comunidad que, aun en tiempos adversos, necesita seguir encontrándose en sus espacios de creación y de expresión.






