Juan, el fotógrafo de La Madrid que protege de las inundaciones los recuerdos de todo un pueblo

EL FOTOGRAFO DEL PUEBLO: Juan Salazar es fotógrafo de La Madrid desde hace cincuenta y dos años. FOTO: DIEGO ARÁOZ

Con el agua hasta el cuello, a oscuras y desesperado, Juan “Kukuli” Salazar, fotógrafo de La Madrid desde hace 52 años, decide poner a resguardo del agua y su furia su bien más preciado: dos cajones de madera que custodian la memoria fotográfica de todo un pueblo.

Por Diego Aráoz Hace 19 Hs

Resumen para apurados

  • Juan Salazar, fotógrafo de 74 años, rescató en marzo dos cajones con negativos históricos durante las inundaciones en La Madrid, Tucumán, para salvar la memoria de su comunidad.
  • Tras 52 años de labor, Salazar perdió sus equipos pero salvó los registros de eventos sociales. El pueblo sufre crecidas recurrentes atribuidas al desmonte y la falta de obras.
  • Este archivo es el único rastro de identidad ante promesas estatales incumplidas. Su labor garantiza que la historia de La Madrid no desaparezca bajo el impacto del agua y el lodo.
Resumen generado con IA

Kilómetros antes de llegar a La Madrid, todavía son visibles los daños que provocó la última inundación en marzo pasado. Los cañaverales espejados sobre charcos interminables que van de surco a surco marcan el ritmo del viaje. Un olor fétido que quema las narices acompaña todo el trayecto hasta llegar al portal de ingreso al pueblo. La humedad deja de ser una sensación y se palpa en la piel pegajosa. Sobre las veredas de muchas casas se pueden ver cocinas y colchones que sudan aguas marrones. Estos dos elementos domésticos bien pueden representar el dolor y lo que significa perderlo todo. Otra vez. Una vez más.

Todo lo que toca el agua, hay que tirarlo

Nacido y criado en La Madrid, Juan Osvaldo Salazar tiene 74 años y sigue viviendo en el mismo barrio en el que compartió hogar con su abuela María Vega.

Hace poco más de dos meses Juan pintó su casa, trajo albañiles y arregló su espacio de trabajo con un viejo escritorio y cuatro paredes ornamentadas con fotos de sus salidas de pesca, su familia y su gloria futbolera. Todas están colgadas arriba de los 180 centímetros del suelo. Un poco más abajo hay una marca horizontal de tono baboso, que explica la ubicación incómoda para quien mira esos cuadros.

LAS MARCAS DE LA ULTIMA INUNDACIÓN: Una estampita de San Expedito en la habitación de Juan sobrevivió a la furia del agua. FOTO: DIEGO ARÁOZ LAS MARCAS DE LA ULTIMA INUNDACIÓN: Una estampita de San Expedito en la habitación de Juan sobrevivió a la furia del agua. FOTO: DIEGO ARÁOZ

Aficionado a la caza y a la pesca, es fotógrafo de profesión desde hace 52 años, y fue iniciado en la práctica por su compadre Miguel Aparicio, un colega oriundo de la ciudad de Aguilares.  

En el apogeo del blanco y negro, Juan, con nueve días como profesional de la imagen, aceptó el desafío que le propuso Miguel e hizo las fotos de la boda de Carlos Correa, un carnicero que vivía del otro lado de la ruta.

La paga por esa tarea fue la llave para tener una profesión por la que sería conocido y reconocido en toda su comunidad. Hasta hoy se cruza con su mentor en un laboratorio fotográfico de la ciudad de Concepción, donde imprimen sus trabajos.

La cuarta y última inundación fue la más brava, coinciden los madrileños. Con la piel curtida de tanta agua, visitas de especialistas, evacuaciones, discusiones entre vecinos, lecturas y comisiones de trabajo, los pobladores han incorporado conocimientos de tanto buscar soluciones para vivir en paz en su tierra.

Se preguntan y discuten por las obras prometidas, por el desmonte, por los cauces de los ríos Marapa y San Francisco, por el traslado del pueblo, por el embalse de Escaba, por los canales de agua ilegales y las siete o cinco alcantarillas que alguna vez tuvo la ruta 157.

La única certeza que tiene Juan y sus vecinos viene de Graneros. Es un llamado telefónico que les avisa que está llegando el agua; saben que tienen seis horas para poner a resguardo sus vidas, las de sus seres queridos, sus animales y sus pertenencias más valiosas.

UN APASIONADO DEL FUTBOL: Juan es hincha de Boca Juniors y eximio ex jugador de fútbol de Sportivo. Fue parte del plantel con el cual protagonizó durante todos los domingos de 1960 a 1970 el “clásico eterno” de La Madrid frente al club Belgrano. FOTOS: DIEGO ARÁOZ UN APASIONADO DEL FUTBOL: Juan es hincha de Boca Juniors y eximio ex jugador de fútbol de Sportivo. Fue parte del plantel con el cual protagonizó durante todos los domingos de 1960 a 1970 el “clásico eterno” de La Madrid frente al club Belgrano. FOTOS: DIEGO ARÁOZ

La Madrid corre riesgo de perderlo todo y Juan lo único que puede salvar son dos cajones de madera que contienen los negativos de todos los acontecimientos que quedan en el corazón de las personas. Cumpleaños, casamientos, izamientos de bandera, comuniones, todos conservados en sus respectivos sobres con el texto que permite identificar el acontecimiento.

El tiempo de Juan y de todos

Las distintas inundaciones por las que pasó La Madrid han marcado la percepción cronológica y emocional de sus vecinos. No recuerdan tanto las fechas, sino qué hacían en el momento de la primera, la segunda, la tercera o la última inundación. El agua mide el tiempo.

DOS CAJONES DE MADERA: Los sobres que contienen los negativos de las fotografías tomadas por Juan, están prolijamente etiquetadas con fecha, nombre y acontecimiento. FOTO: DIEGO ARÁOZ DOS CAJONES DE MADERA: Los sobres que contienen los negativos de las fotografías tomadas por Juan, están prolijamente etiquetadas con fecha, nombre y acontecimiento. FOTO: DIEGO ARÁOZ

Juan recuerda un casamiento en el que fue con un amigo asistente, de elegante sport, para hacer imágenes en la iglesia Nuestra Señora del Valle en Taco Ralo y luego en la fiesta. Fue en un ranchito muy humilde, donde lo esperaban los novios. Los invitados caían a caballo y a lomo de burro. Cuando pasaron a la mesa, una tormenta descomunal cayó sobre las cabezas de todos los festejantes. Se mojó la torta de merengue, la comida y por supuesto Juan, que al igual que la torta, estaba enteramente vestido de blanco. De nada sirvió el refugio improvisado en el lugar donde la familia de la novia guardaba el sulki. Ya con el agua a las rodillas, no había manera de llegar a la ruta para emprender el regreso a casa. Recién pudieron hacerlo a las 10 de la mañana del otro día. Terminaron salpicados con manchas de barro de tanto empujar la camioneta atorada y sin las fotos de la torta, de las mesas y de la fiesta.

El recuerdo enmarcado

Juan fotografió todas las inundaciones de La Madrid, excepto la de este año. Esta vez su cuerpo, batallado por un ACV y una caída dura que le lastimó el fémur, no pudo. Ya no son los mismos huesos. No tuvo ni fuerzas, ni ganas. Se sentó en la orilla de la ruta, llevó un sillón para dormir y una silla para poner los pies. Ahí estuvo cuatro días y cuatro noches. Su médico, el doctor Silva, con el que se encontró acampando en la ruta 157, le dijo: “Ya no tenés veinte ni treinta años, tenés 70 Juan…”.

LENTE DE BARRO: Una de las tantas herramientas de trabajo usadas por Juan es la cámara japonesa Ricoh SLX 500, fabricada en 1974. FOTO: DIEGO ARÁOZ LENTE DE BARRO: Una de las tantas herramientas de trabajo usadas por Juan es la cámara japonesa Ricoh SLX 500, fabricada en 1974. FOTO: DIEGO ARÁOZ

En las anteriores inundaciones, incluso llegó a venderlas, y muy bien. “Casa que yo creía que iba a vender, CLICK… una foto… CLICK… otra foto”. Se acercaba hasta la ruta en algún bote y ahí, donde habitualmente trasladan a los pobladores cuando los desplaza el agua, también les hacía imágenes.

Pese a lo que uno pueda llegar a pensar sobre el dolor que evocan esos registros,  todas las fotografías producidas se agotaron. No en ese momento, sino tres o cuatro meses después. Una vez que las familias se habían reinstalado en sus hogares y acomodado sus finanzas, compraban el recuerdo de su casa bajo el agua.

UNA HUMEDAD PEGAJOSA: El agua se ensaña con todo lo que toca. La ropa, los muebles, las paredes, los electrodomésticos. Nada sirve. FOTOS: DIEGO ARÁOZ UNA HUMEDAD PEGAJOSA: El agua se ensaña con todo lo que toca. La ropa, los muebles, las paredes, los electrodomésticos. Nada sirve. FOTOS: DIEGO ARÁOZ

Tres fotos vendidas al farmacéutico de la otra cuadra, dos en la esquina frente a la plaza Congreso, otra por aquí, una a su vecino Carlos Palomino. “El Santiagueño”, como lo conocen a Carlos en todo el pueblo, aún conserva la imagen enmarcada con varilla de color negro y con la leyenda impresa que dice “Inundaciones 2017 La Madrid – Tuc”.

Una foto que no es

En un recorrido por el fondo de la casa de Juan, dos perros de raza pointer nos reciben con ladridos y moviendo la cola. Ronaldo, un poco más apagado, y Rocky, están sobre una cama de madera cubierta de una fina capa de barro. Tienen los ojos agotados y buscan una caricia de su fiel compañero.

No hay espacio vacío en el jardín de la casa. Todo está ocupado, revuelto, húmedo y desordenado. Las pertenencias muestran lo que es capaz de hacer el agua y su cara más destructiva. “El fuego se apaga con agua. ¿Y cómo se hace con el agua? No podés hacer nada”, me dice Juan.

En todo ese caos, luego de arrancar dos limones para el almuerzo, Juan agarra una bolsa de alimentos para perros, la da vuelta y caen cámaras fotográficas y flashes analógicos. Me quedo helado. Son las herramientas de trabajo que usó en los más de cincuenta años de carrera. Todo arruinado por el agua de color mugre. No sirve nada.

RECIEN PINTADA: En una pared de la habitación donde Juan tiene su lugar de trabajo, se exhiben las fotografías más valiosas. FOTO: DIEGO ARÁOZ RECIEN PINTADA: En una pared de la habitación donde Juan tiene su lugar de trabajo, se exhiben las fotografías más valiosas. FOTO: DIEGO ARÁOZ

En ese silencio que muele los huesos y que atrapa las palabras, Juan toma una cámara japonesa marca Ricoh, de 1974, cubierta de barro. Un flash y en duelo fugaz. Juan es más rápido que yo y me toma una fotografía. Una que no es. Una que no existe

Un mensaje antes del final

En la mesa familiar de los Salazar, mientras compartimos los últimos minutos de la entrevista, vibra el celular de Mirna, la hija de Juan. Al estirar su mano izquierda para alcanzar su teléfono, se puede ver un tatuaje de una cámara de fotos, como las que usa su papá. Se lo hizo hace diez años, en el Día del Fotógrafo.

UN RECUERDO: El reportero gráfico Osvaldo Ripoll retrató a Carlos Palomino en el año 2017. En esta imagen sostiene una foto de su casa inundada tomada por Juan Salazar. FOTO: DIEGO ARÁOZ UN RECUERDO: El reportero gráfico Osvaldo Ripoll retrató a Carlos Palomino en el año 2017. En esta imagen sostiene una foto de su casa inundada tomada por Juan Salazar. FOTO: DIEGO ARÁOZ

El mensaje que hace saltar al celular es un audio de su vecino. Es Julio Ferreira, padre de Cristian y Milagros, que perdió hace poco tiempo a su esposa. Le pide, casi como un ruego, una fotografía de ella, en su fiesta de egresados de la Escuela Teniente Benjamín Matienzo. Han pasado más de 25 años desde el momento en que se tomó la imagen sonriente de Verónica. Juan aún conserva la tira de negativos y junto a ese sobre traslúcido, que está prolijamente etiquetado con letra cursiva en tinta azul con la fecha, el acontecimiento y el lugar. La dignidad de toda una comunidad tiene memoria y se niega al maltrato de las promesas incumplidas.

Videos: Álvaro Medina

Producción especial

Este trabajo inaugura “La memoria y el agua”, una serie especial de LA GACETA construida principalmente a partir de fotografías que exploran la dimensión histórica de las inundaciones en La Madrid. En esta primera entrega contamos la historia de Juan Salazar, el fotógrafo que logró rescatar más de 50 años de registros de su pueblo en medio del agua.
La serie continuará el miércoles con un relato fotográfico sobre las marcas que las inundaciones dejaron en el pueblo: las huellas visibles de la altura del agua en paredes e interiores. El cierre será el siguiente domingo con una selección imágenes del archivo de LA GACETA que documenta, a lo largo del tiempo, la repetición de estos episodios en la región.

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