TESTIGO. Gustavo González habló con desprecio del acusado de la muerte de Paulina y criticó la investigación. “La Policía hizo todo mal”, dijo. LA GACETA / FOTO DE JUAN MANUEL MONTERO
Escuchar nota
“Era un manyín. Nunca fue parte de la barra brava”. De esta manera Gustavo González, el cabecilla de “La Inimitable”, describió a César Soto. Lo hizo al declarar en la undécima audiencia del juicio oral que busca esclarecer el crimen de Paulina Lebbos, ocurrido hace ya dos décadas, en el cual Soto está acusado como presunto autor, y Sergio Kaleñuk como probable autor del delito de encubrimiento agravado.
Ante la mirada de los jueces Luis Morales Lezica, Gustavo Romagnoli y Fabián Fradejas, el jefe de la parcialidad de Atlético Tucumán aportó una cuota de aspereza y realidad de calle al recinto. González, quien recordó sus días combinando la política con el liderazgo de la tribuna, no dudó en señalar la cercanía que había con el poder de turno. “A Kaleñuk lo conocí porque era dirigente de Atlético y nos daban entradas los días de los partidos; a los 10 hermanos nos daban unas 120 entradas y después nosotros la repartíamos”, relató el testigo. Antes había afirmado que para la época del crimen, él vivía de un plan social que le había hecho dar el ex gobernador Julio Miranda, además de ganarse la vida vendiendo diarios. González incluso recordó que Kaleñuk, hijo de Alberto Kaleñuk, el fallecido secretario privado del ex gobernador José Alperovich, intervino durante un incidente que tuvo la barra en Formosa, y que finalmente se terminó resolviendo.
Cuando el juez Morales Lezica le preguntó, como a todos los testigos, si tenía algún interés especial en la resolución de la causa, González contestó: “quiero que se haga justicia. Hace 20 años que nos quieren involucrar en esto”.
Luego, el fiscal Carlos Sale le preguntó por su relación con Soto, y allí el testigo habló con desprecio y desvinculó al acusado de la barra. “Soto no era de la barra brava, era un manyín”, sentenció González, antes de recordar que incluso debió darle “un par de cazotes por detrás de la oreja” para frenar sus ínfulas en un viejo partido contra Douglas Haig de Pergamino donde, según sus propias palabras, el acusado le quitó “una remera o un pantaloncito que le habían regalado a mi hijo”.
Indignación
El testimonio de González también sirvió para ventilar su indignación por cómo se llevó adelante la investigación en sus inicios. González recordó con irritación los allanamientos donde “dejaron sin ropa” a su hija y las pericias capilares a las que fue sometido, afirmando que la policía hizo todo mal y que de tanto sacarle pelo “me dejaron pelado”, rememorando también el clima de 2006 cuando su propia madre le pedía a Alperovich que no ocultara a ningún “hijo del poder”. Estas palabras resonaron en el tribunal como un eco de las sospechas que siempre sobrevolaron la causa y que hoy, en pleno juicio oral, intentan ser probadas o descartadas definitivamente.
Luego de González fue el turno de Domingo Moyano, un taxista que en la madrugada del 26 de febrero de 2006 llevó a tres personas desde la zona del entonces Casino, en Maipú y Sarmiento, hasta inmediaciones del parque 9 de Julio. A uno de ellos lo dejó en calle Estados Unidos al 1.200, y se supone que era César Soto, que reside en esa zona.
El juicio está entrando en la recta final. Para el lunes, según indicó la secretaria del Tribunal, Nazareth Rodríguez Ponce de León, se llamó a los tres testigos que quedan, y luego comenzará la incorporación de periciales y de testimonios por su lectura, si así lo requieren el fiscal Sale o los defensores Roque Araujo, de Soto, o Patricio Char, de Kaleñuk. Esa misma semana podrían comenzar los alegatos para, luego, conocer el veredicto oficial.







