Carreras del futuro: historias de estudiantes tucumanos frente a un mundo laboral que cambia
Una quincena de estudiantes, una joven de una zona rural de Simoca, una científica tucumana que emigró a Boston y un emprendedor que decidió quedarse en la provincia muestran las distintas formas de pensar qué estudiar, cómo prepararse y dónde construir una vida laboral posible.
Resumen para apurados
- LA GACETA presentó un informe especial sobre estudiantes y graduados tucumanos que enfrentan la incertidumbre laboral en un mercado donde la vocación ya no garantiza el éxito.
- El relevamiento incluye testimonios desde nivel inicial hasta universitarios. Surge ante la transformación global del trabajo y la crisis económica que redefine las metas académicas.
- Esta realidad plantea un desafío para el sistema educativo y las futuras generaciones, quienes deberán adaptarse a empleos cambiantes en un entorno laboral altamente competitivo.
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En la peatonal de Tucumán, un niño pronuncia las palabras "quiero ser programador". En Simoca, una joven revisa su currículum una y otra vez mientras busca su primera oportunidad como desarrolladora. En San Miguel de Tucumán, un administrador que sintió que le faltaban herramientas técnicas aprendió ciencia de datos por su cuenta y creó una consultora de inteligencia artificial. A más de 7.000 kilómetros, una biotecnóloga tucumana que pasó por el Conicet trabaja hoy en Boston y mira desde allí las posibilidades que dejó atrás: la falta de oportunidades y el desfinanciamiento de la ciencia marcan un límite que no quiere volver a cruzar.
Son historias diferentes, escenas separadas por ciudades y continentes, pero parten de una misma pregunta: ¿cómo elegir qué estudiar cuando las reglas del trabajo cambian antes de que llegue el título?
“¿Qué estudiar hoy? Entre la vocación y un mercado laboral que se transforma” es una serie multiplataforma de LA GACETA que reunió testimonios de estudiantes, graduados, especialistas y referentes de universidades y de la educación no tradicional. La investigación busca mirar qué ocurre antes, durante y después de elegir una carrera: qué pesa en la decisión, qué esperan los jóvenes, qué obstáculos encuentran y cuánto condiciona el lugar donde nacieron.
Elegir en la incertidumbre: qué pesa hoy al decidir una carrera
Para conocer qué piensan los jóvenes, LA GACETA consultó a una quincena de estudiantes de entre 17 y 31 años. Sus respuestas mostraron un dilema repetido: la vocación importa, pero la salida laboral y el dinero también entran en la cuenta.
“Si no te da plata, no sirve”, planteó Luciano Zolohaga, de 21 años, estudiante de Ingeniería en Informática de la Unsta.
Sofía Monarca, de 22 años y estudiante de Abogacía de la UNT, puso el foco en otra incertidumbre: “Tener un título no te asegura el futuro, ese es un miedo que tenemos muchos”.
La preocupación tiene un contexto. Un informe de Junior Achievement Argentina y ManpowerGroup, publicado en octubre de 2024, señaló que nueve de cada 10 jóvenes tienen dificultades para conseguir trabajo. Entre las principales trabas aparecen la falta de experiencia, los horarios de estudio y la escasez de vacantes.
En ese escenario, elegir una carrera también implica preguntarse cuánto tardará en llegar el primer empleo, qué posibilidades existen en Tucumán y qué habilidades habrá que sumar durante el recorrido.
Los estudiantes consultados no buscan una única respuesta.
Gala Borquez, de 22 años y estudiante de Ingeniería en Sistemas de la UTN, observa oportunidades en ciberseguridad, programación, medicina y psicología. Victoria Medina, de 18 años, apuesta por carreras tradicionales como Medicina y Abogacía.
Juan Pablo Torres Díaz, de 19 años y estudiante de Ingeniería en Sistemas, relativiza la idea de que solo las carreras tecnológicas tendrán lugar: “Administración o psicología van a seguir siendo importantes”. Para quienes todavía dudan, recomienda buscar orientación vocacional.
La incertidumbre también modifica los tiempos. Lourdes Chávez advierte que muchos jóvenes temen elegir carreras de cinco o seis años porque necesitan trabajar antes. La duración de una carrera, entonces, puede pesar tanto como el interés que despierta.
La IA aparece una y otra vez en las respuestas. Para algunos estudiantes es una amenaza; para otros, una herramienta que deberán aprender a manejar.
Lucas Domínguez, de 18 años y estudiante de Contador Público, plantea que muchas tareas podrán automatizarse, pero alguien tendrá que supervisarlas. Milagros Barraza, que comenzó Psicología, cree que la tecnología puede beneficiar a los profesionales si aprenden a utilizarla.
Sir Karen, contadora recién recibida, ya incorporó IA a su trabajo y rescata el valor del criterio humano.
La discusión cambia cuando se escucha a quienes ya están en el mercado laboral.
El título llega, pero la primera oportunidad puede tardar
La preocupación no es individual. Un informe de Junior Achievement Argentina y ManpowerGroup (octubre de 2024) muestra que nueve de cada 10 jóvenes tienen dificultades para conseguir trabajo. La falta de experiencia, los horarios de estudio y la escasez de vacantes aparecen como las principales trabas. En ese contexto, terminar una carrera no garantiza la misma estabilidad de décadas atrás: sólo el 13% de los jóvenes de entre 19 y 25 años accede a un empleo formal y siete de cada 10 aceptan trabajos que no les gustan.
Las estadísticas hablan de una dificultad extendida, pero en las historias concretas esa barrera tiene nombre y recorrido. Esta es la realidad de Ayelén Quinteros.
Antes de programar, tuvo que atravesar otro desafío: llegar a estudiar. Creció en Palomino, una zona rural de Simoca, y se mudó para acortar las distancias hasta Monteros. Sin computadora al comenzar la carrera, se formó por su cuenta y terminó como Técnica Superior en Desarrollo de Software con el segundo mejor promedio. Sentía que no estaba al nivel. Venía sin base y me costó arrancar. Pero me puse a estudiar por mi cuenta y la fui remando”, contó la joven de 21 años.
Hoy busca su primera oportunidad laboral y se encuentra con una paradoja: muchos puestos iniciales exigen experiencia. “La primera sensación fue frustración. Pensé: ‘¿y ahora qué hago? En el mundo de la tecnología hay mucho trabajo, pero a principiantes como a nosotros nos cuesta. Nos piden dos, tres años de experiencia y ahí nos cortan las alas”, explicó.
Para generar antecedentes, junto a Daiana Villagra y Sara Cruz creó Tricode, un proyecto de desarrollo web y aplicaciones. También evalúa trabajos fuera de su área mientras espera una oportunidad en tecnología.
Su próximo objetivo es estudiar Ingeniería en Sistemas y conseguir un empleo remoto. “Me imagino trabajando desde mi casa, para alguien de afuera y ganando en dólares”, proyecta.
Daniela: cuando estudiar no alcanza
Daniela González, biotecnóloga formada en la UNT y exbecaria del Conicet, encontró otro límite. Durante su doctorado descubrió que necesitaba herramientas de programación, datos y estadística para resolver problemas de laboratorio.
La pandemia aceleró ese giro. Más tarde obtuvo una beca Fulbright y se mudó a Boston, donde hizo un máster en ciencia de datos y trabajó en una farmacéutica. Hoy desarrolla su carrera en la intersección entre biología, datos e inteligencia artificial.
“En Tucumán veía un techo”, explica. Su historia abre otra discusión: qué ocurre cuando una provincia forma profesionales que después deben irse para encontrar los recursos necesarios para desarrollarse.
Daniela reconoce el costo personal de emigrar con sus hijos, pero también sostiene que desde Estados Unidos puede generar aportes que antes no podía hacer. Su deseo de volver a hacer ciencia de punta en Tucumán sigue presente, aunque condicionado a que cambien las condiciones para investigar.
Ignacio: aprender por fuera de la carrera
Ignacio Schuttemberger, de 29 años, estudió Administración en la UNT. Al recibirse sintió que necesitaba una formación más técnica y comenzó a estudiar ciencia de datos e inteligencia artificial de manera autodidacta.
En 2020 fundó Wais junto a Franco Tralice y Diego Zimmerman. La consultora trabaja con empresas de distintas industrias para analizar información, automatizar procesos y tomar decisiones basadas en datos.
Su mirada pone en discusión el valor del título como garantía laboral. “El título es valioso, pero no da garantías”, sostiene. Para él, la experiencia, las redes de contacto y la capacidad de resolver problemas tienen un peso creciente.
A diferencia de quienes buscaron oportunidades afuera, Schuttemberger decidió quedarse. “Quiero que el impacto de la tecnología quede en Tucumán”, afirma.
Alba: una profesión que aprende a convivir con la IA
Alba María Soraire se recibió como traductora e intérprete de inglés hace un año. Eligió esa carrera porque desde chica disfrutaba los idiomas y quería convertir ese interés en una herramienta laboral.
La llegada de la inteligencia artificial generó una pregunta inevitable: ¿qué lugar queda para los traductores?
Alba decidió incorporar las nuevas herramientas en lugar de abandonar su profesión. También encontró en Mundo Lingo, un espacio de intercambio de idiomas que se realiza semanalmente en Tucumán, una dimensión que la tecnología no puede reproducir: la conversación cara a cara.
“No creo que la carrera pierda vigencia, sino que se va a transformar”, sostiene. nSu experiencia muestra otra forma de adaptación: conservar una profesión mientras cambian sus herramientas y sus exigencias.
Pero no todos los recorridos encuentran un límite en la primera oportunidad laboral. Para algunos, la falta de horizonte no aparece al empezar, sino después de años de formación.
Cada una de estas historias teje un hilo en la red de decisiones posibles: buscar, irse o quedarse. Pero hay un momento de la vida en que esa tensión todavía no pesa: en la infancia, cuando elegir es, por ahora, simplemente imaginar, aprender y descubrir. Esa es la etapa donde la vocación empieza a germinar antes de encontrarse con la incertidumbre del mundo real.
Qué estudiar mañana: lo que imaginan los niños tucumanos
La serie terminó con una pregunta sencilla: ¿qué querés ser cuando seas grande? Las respuestas de los niños tucumanos devolvieron algo que los adultos habían perdido entre estadísticas, salarios y oportunidades: la posibilidad de elegir sin calcular primero cuánto se gana.
Milagros, de 10 años, quiere ser abogada; Magalí, de 6, veterinaria; Ana y Dante, médicos. Olivia quiere cantar. Santino sueña con ser capitán de barco. Joaquín, mangaka. Felipe duda entre ser militar, animador o programador.
También ahí aparece el cambio: junto a las profesiones tradicionales, surgen trabajos ligados al mundo digital y a nuevas formas de crear.
Todavía no preguntan si habrá empleo, cuánto pagará una profesión o qué hará la inteligencia artificial con ella. Ese es, quizás, el desafío más grande que deja esta historia: que cuando llegue el momento de elegir, esos sueños sigan teniendo un lugar.
Porque después de escuchar a estudiantes que eligen por necesidad, a una joven que lucha por su primera oportunidad, a una científica que tuvo que emigrar, a un emprendedor que decidió quedarse y a una traductora que aprendió a convivir con la IA, una conclusión parece inevitable: el futuro no se puede garantizar desde una carrera. Pero sí se pueden construir las condiciones para que estudiar siga siendo una forma de imaginar una vida posible.







