Hace 6 Hs

“Es la mayor epopeya

de nuestra historia”

Manuel Gálvez

Durante siglos los europeos han estado haciendo la guerra en sus acotados espacios geográficos. En algunos casos estos enfrentamientos duraron más tiempo de lo habitual: la Guerra de los 30 años (1618-1648) y la Guerra de los 100 Años (1337-1453).

En las vastas llanuras centrales de América del Sur, y en la estepa patagónica, se generó un conflicto armado cuya extensión temporal es comparable al tamaño de las tierras sobre las que se desarrolló; fue la Guerra de los 350 Años. Desde la llegada de Pedro de Mendoza a la orilla occidental del Río de la Plata (1536) hasta que el general Roca finaliza la Campaña al Desierto (1885) transcurrieron tres siglos y medio. Trescientos cincuenta años de conflagración intermitente del indígena con españoles, luego con criollos y finalmente con argentinos.

Las diferencias entre los conflictos europeos y los sudamericanos no se evidenciaron solamente por las dimensiones territoriales y los espacios temporales. El caballo y el vacuno, traídos por los españoles, se expandieron profusamente por la vasta feracidad pampeana y produjeron cambios profundos en el mundo prehispánico. El indígena dejó de cazar a pie para hacerlo a caballo, con lo cual la tarea cinegética se trasformó casi en un juego. El yeguarizo, y su sangre, pasaron a ser el alimento preferido del aborigen. El cuero fino del guanaco autóctono, que rodeaba la parte externa del toldo aborigen, fue reemplazado por el más protector y grueso cuero de toro. La mujer indígena vio aliviado el pesado trabajo que realizaba durante el nomadismo de la tribu. De cargar los bártulos familiares sobre sus espaldas pasó a transportarlos sobre un primitivo carro, sin ruedas, armado con dos palos unidos por tientos de cuero y arrastrado por un caballo.

El ingreso del equino al mundo indígena produjo una relación muy cercana entre ambos. Un militar que integró las tropas de Roca en la Campaña al Desierto reveló: “Su caballo es el último con quien el indio está antes de acostarse y es el primero al que se dirige al levantarse”. Esta relación de funcional intimidad entre el aborigen y el montado la describe Borges en su “Milonga del infiel”: Él y el caballo eran uno/ eran uno y no eran dos,/ montado en pelo lo guiaba/ con el silbido o la voz.”

Con el caballo el indígena alcanza su mayor empoderamiento en la guerra. Deja de pelear a pie para pasar a hacerlo montado. Así, integrado al malón, alcanza una letalidad que le permitió señorear la Pampa durante más de dos siglos. La conjunción de jinete, caballo y lanza, de notable eficiencia bélica, tenía el apoyo logístico de la “chusma”. Ésta, constituida por familiares del indio de lanza, lo asistía con alimentación, armamento y sanidad.

La guerra en la vasta llanura pampeana tenía un componente habitual en los enfrentamientos bélicos: la posesión del territorio. Pero tenía un combustible singular que la propulsaba: el vacuno. El vacuno, que era robado por tribus araucanas (mapuches) en territorio argentino para ser vendido en Chile. El precio de la hacienda en pie en el país trasandino dependía del ganado robado en la Argentina. El diputado chileno Puelma (1870), representante de la provincia chilena del Maule, denunció en la Cámara de Diputados de su país: “En cuanto al comercio, vemos que el de los animales que es el que más se hace con los araucanos, proviene de animales robados en la República Argentina. Nosotros sabiendo que son robados los compramos sin escrúpulo alguno y luego decimos que los ladrones son solo los indios. ¿Nosotros qué seremos?”.

El caballo dio poder bélico a las tribus araucanas y el vacuno los empoderó en su economía; la platería mapuche es la expresión estética de esa riqueza.

La persistencia de esta guerra culmina en el Malón Grande (1872). Seis mil araucanos (mapuches) al mando de Calfucurá atacan poblaciones de la Provincia de Buenos Aires, incendiando casas y pueblos, matando a 400 pobladores, secuestrando 500 mujeres y niños para esclavizarlas. Y robando 300.000 cabezas de ganado. Si esta cifra de animales robados era la real estaríamos ante el mayor pillaje de ganado de la historia argentina.

La Campaña al Desierto puso fin a este estado de guerra y saqueo. Roca diseñó la tropa en relación con su oponente. Quitó al soldado la coraza de cuero que impuso Alsina y ordenó a sus oficiales que “Alivien a los soldados de sus enseres para que fuesen tan ligeros como un indio”. Suprimió la artillería y aumentó la caballada para otorgar mayor movilidad a sus tropas. Organizó un verdadero “contra malón”, de acuerdo a lo aprendido en la Comandancia de Fronteras y lo asimilado en conversaciones mantenidas con el coronel Manuel Baigorria, oficial unitario del general Paz que se pasó a los ranqueles, convivió 20 años con los indígenas y dirigió malones que se abatieron sobre pueblos gobernados por federales.

La Campaña al Desierto pacificó al país y se transformó en la plataforma que llevó a Julio Argentino Roca a la Presidencia de la República. Con su lema Paz y Administración unificó el territorio y su moneda; inició la construcción de los grandes Hospitales Públicos; expandió los ferrocarriles, lo que permitió a Buenos Aires conectarse con las capitales de los países vecinos; impulsó la educación pública a niveles que no tuvo precedentes ni emulaciones posteriores; inició la política social y previsional al promulgar la primera Ley de Jubilaciones Nº 4349; llevó a la economía argentina a ser la sexta del mundo; proyectó el país hacia la Antártida creando la Base Antártica Orcadas, primer asentamiento humano y argentino permanente en el Continente blanco; promulgó la Doctrina Drago que impide el cobro de deudas mediante la fuerza militar.

La proyección futura y el epítome de esta inigualada obra de Gobierno fueron los tres Premio Nobel en ciencias que la Argentina obtuvo: Houssay, Leloir y Milstein. Logro no alcanzado, hasta ahora, por ningún país hispano-luso parlante.

© LA GACETA

Héctor Landolfi – Escritor, ex secretario de la Cámara Argentina del Libro.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios