El regreso de los test de feminidad al deporte olímpico abre un debate global.

Puestos en marcha en los Juegos Olímpicos entre 1968 y 1996, y abandonados en 1999, los test genéticos de feminidad -recuperados el jueves por el Comité Olímpico Internacional (COI) para aplicarse desde los Juegos Olímpicos de 2028- plantean interrogantes prácticos, legales, éticos y científicos.
¿En qué consisten?
Presentado por el COI como “el método más preciso y menos invasivo”, la detección del gen SRY puede realizarse mediante una prueba PCR, con un hisopo que raspa el interior de la mejilla.
Ya instauradas el año pasado en atletismo, boxeo y esquí, “estas pruebas dependen en la práctica de cada contexto nacional”, por ejemplo para incluir o no a menores y definir el marco legal, subraya Madeleine Pape, socióloga del deporte de la Universidad de Lausana.
¿Qué consecuencias tiene para las deportistas?
Quienes tienen dos cromosomas X podrán competir y no deberán presentar nuevas pruebas durante el resto de su carrera. En cambio, para las deportistas con resultado positivo al gen SRY se abren dos escenarios.
Algunas podrán demostrar que su cuerpo no utiliza la testosterona: eso ocurrió con los ocho casos detectados en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, finalmente declarados elegibles, y más recientemente con la boxeadora taiwanesa Lin Yu-ting, readmitida en apelación por World Boxing.
Sin embargo, iniciar este proceso exige acceso a estudios costosos y complejos, como el secuenciamiento genético o exámenes ginecológicos invasivos y no estandarizados.
Las demás podrán, según el COI, pasar a competir en pruebas masculinas, aunque no en los Juegos Olímpicos, ya que no habrán clasificado. Una posibilidad que parece poco realista: las atletas intersexuales afectadas por normativas anteriores se han visto obligadas a abandonar su carrera, con pérdida de ingresos y exposición social.
“Nuestros sueños se han roto y nuestras vidas han quedado para siempre impactadas”, escribieron el miércoles nueve de ellas —entre ellas la sudafricana Caster Semenya— en una carta dirigida a la presidenta del COI, Kirsty Coventry.
“Algunas hemos sido abandonadas por nuestras familias, hemos perdido el acceso a la educación y hemos tenido que dejar nuestro país”; otras, además, fueron sometidas a “intervenciones médicas nocivas e innecesarias”, como mutilaciones genitales documentadas en 2019 por la cadena alemana ARD.
¿Son pertinentes desde el punto de vista deportivo?
La política anterior del COI, vigente desde 2021, permitía a cada federación internacional fijar sus normas, pero les exigía basarse en datos y evitar “presuponer” que la intersexualidad o la identidad de género implicaban una “ventaja competitiva desproporcionada”.
El organismo sostiene ahora que se apoya en “pruebas científicas”, que no ha hecho públicas, y en “numerosos expertos” que tampoco identifica.
Sin embargo, la literatura científica -que lleva décadas abordando este tema- no ha alcanzado consenso sobre un vínculo directo entre el rendimiento deportivo y la presencia del gen SRY, menos aún en disciplinas tan distintas como el atletismo, la gimnasia artística, el judo o el tiro.
“El interés de estas pruebas para los organismos deportivos es ‘apuntar’ en conjunto a deportistas transgénero e intersexuales, eliminando normativas diferenciadas”, señala Madeleine Pape. “Pero si bien existen algunos datos sobre atletas trans, no hay estudios independientes sobre el rendimiento de las deportistas intersexuales”.
Más allá del debate deportivo, la idea de que el sexo biológico esté completamente definido por los cromosomas resulta “exageradamente simplista”, dado el rol de las hormonas, los órganos genitales y los caracteres sexuales secundarios, advirtió el genetista Andrew Sinclair, descubridor del gen SRY.
“Junto con otros expertos, convencí al COI de abandonar el test SRY antes de los Juegos Olímpicos de Sídney 2000. Por eso sorprende que, 25 años después, se intente reintroducirlo”, escribió.







