La inesperada amistad que salvó a la abogada argentina acusada de racismo en Brasil
Entre ataques de pánico y el uso de una tobillera electrónica, la abogada argentina encontró en una empleada brasileña el único apoyo que la sostuvo mientras esperaba el acuerdo judicial que hoy le permite regresar a Santiago del Estero.
Agostina Páez en los tribunales brasileños. AFP

Lo que empezó como unas vacaciones entre amigas en las playas de Ipanema terminó en un encierro paranoico, una tobillera electrónica y una lección de realidad que Agostina Páez, abogada santiagueña de 29 años, difícilmente olvidará. Tras ser acusada de injuria racial —un delito que en Brasil no se toma a la ligera y conlleva hasta cinco años de prisión—, Páez pasó de los flashes de los bares de moda a caminar camuflada por las calles para no ser linchada.
El espejo de la paradoja: una amistad en el mercado
En medio del aislamiento en un departamento de Barra de Tijuca, donde Agostina se refugiaba de las amenazas de muerte y el repudio digital, apareció una figura inesperada: Carla.
Carla es brasileña, afrodescendiente y empleada de un mercado local. Ella se convirtió en el único contacto humano real de la argentina, mientras el mundo exterior la juzgaba a través de las pantallas de televisión. La paradoja es total: la persona que más ayudó a la acusada de racismo fue, precisamente, una mujer que representa a la comunidad agraviada por sus gestos.
“He hablado mucho con ella. Me conoció antes de saber todo, y una vez que se enteró, lo único que me dijo es que no me juzga. Me tranquilizó y me dijo que va a salir todo bien”, relató Agostina a Clarín, quien encontró en Carla una "cara amiga" que no solo la escuchó, sino que intentó sacarla de su encierro emocional.
El día que el mundo se volvió pequeño
El proceso judicial fue un descenso a los infiernos para la joven santiagueña. Lo que inicialmente creyó que era una estafa por WhatsApp resultó ser una citación formal de la Comisaría N° 11 de Rocinha. El bar Brazin, donde ocurrieron los incidentes, tenía todos sus datos: nombre, DNI y teléfono.
“Cuando iba caminando a mi departamento me veo en las pantallas de los televisores de los restaurantes y ahí dimensioné lo grande que se hizo todo, lo viral”, recordó sobre el momento en que comprendió que su rostro era el más buscado de Río.
Tobillera y ataques de pánico
Los días de Agostina transcurrieron entre sesiones de terapia por videollamada, cursos de inglés para mantener la mente ocupada y el peso físico de una tobillera electrónica que ocultaba bajo pantalones largos incluso en los días de calor sofocante.
El punto de quiebre ocurrió el 6 de febrero, cuando una orden de detención la llevó a un calabozo de la Policía Civil: “Ese fue el peor día acá. La notificación me dio un ataque de pánico. Estaba sola, caminaba, iba y volvía dentro del departamento”, confesó al periodista Emmanuel Dalbe. Pasó horas detenida hasta que un habeas corpus le permitió regresar a su arresto domiciliario.
El camino de regreso
Este martes, el calvario empezó a ver su fin. En una audiencia ante el Tribunal Penal N° 37 de Río de Janeiro, Páez volvió a pedir perdón a las víctimas. El acuerdo alcanzado con la fiscalía le permitirá volver a Santiago del Estero tras un resarcimiento económico y el compromiso de realizar tareas comunitarias en Argentina.
Agostina espera ahora la homologación del juez para cruzar la frontera y reencontrarse con su hermana de 16 años y su cachorro, dejando atrás 70 días donde aprendió que, a veces, la mayor lección de humanidad viene de quien menos la espera.









