
En un artículo de la sección “Misa del Domingo” (15/03) titulado “La alegría y sus pruebas” su autor pone en boca del converso Saulo (San Pablo) la siguiente frase: “Recibi de los de mi raza 40 azotes”, y concluye diciendo, acto seguido, que “esta alegría (sic) es característica ‘esencial’ del cristianismo. Tristísima y antojadiza afirmación lanzada, paradójicamente, en tiempos de cuaresma. Esta (increíble) manifestación ignora, entre otras cosas, que el vínculo de Jesús con los judíos no era solo de “raza” sino, fundamentalmente espiritual: Karol Wojtyla, el primer pontífice en ir a rezar al muro de los lamentos (1943) decía, a propósito, que “Privar a Cristo de su relación con la biblia hebrea es arrancarle sus raíces y vaciarlo de todo contenido”. No obstante, y salvando distancias, no poca responsabilidad de los males que le tocó sufrir al pueblo hebreo desde hace 2000 años obedece a una errónea y/o perversa interpretación por parte de los cristianos de su propio Testamento. Pero, ahora bien, a partir del Concilio Vaticano II, convocado por el Papa Juan XXIII en 1965, y a través de la encíclica Nostra Aetate, les recuerda a los fieles que “Todos los apóstoles, los fundamentos y la columna de la Iglesia nacieron del pueblo judío”, y recomienda a la clerecía que “en la lectura delas homilías deberá dársele una justa interpretación a los mensajes poco claros que puedan ofrecer una imagen desfavorable del pueblo hebreo”. Empero, muchos clérigos, aún hoy, prefieren no aclarar las confusas ideas que cómunmente existen en las mentes de los fieles, siendo su consigna preferida la culpa hebrea en el “deicidio” y no reconocer que fueron los judíos quienes dieron a luz a Jesús y sus enseñanzas. Recordemos además, y por otra parte, la enérgica homilía del Papa Francisco en el sentido de que un judeófobo no puede ser cristiano: “Rechazamos todo tipo de antisemitismo u otro tipo de odio irracional en contra de nuestros hermanos mayores a los que se quiere hacer chivos expiatorios de pecados que todos cometemos”. El cristianismo no debe tomarse equivocadamente como una revuelta contra el judaísmo, puesto que Jesús, en vez de rechazar la ley mosaica, siempre insistió en su riguroso cumplimiento. Así, en Mateo 5,18 podemos leer: “No he venido a abrogar la Ley sino a cumplirla”, y en 5/19 afirma lo siguiente: “Porque de cierto os digo que hasta que perezca el cielo y la tierra ni una jota ni un tilde perecerá en la Ley”... Y no olvidemos: “Jesús siempre fue judío, fue circuncidado y educado en la moral bíblica; el ritmo de su vida estaba marcado por las peregrinaciones y la observancia de las grandes festividades hebreas, y para concluir, realizó su ‘acto supremo’ en el marco de un Seder de Pesaj (pascua judía).
Arturo Garvich
Las Heras 632 - S. M. de Tucumán







