
Cuando el agua avanza, no sólo arrasa con casas, muebles, recuerdos y esfuerzos de toda una vida. También deja al descubierto algo más profundo: la fragilidad humana frente a una tragedia que puede tocarle a cualquiera. Pero en ese mismo escenario, donde el barro parece imponerse sobre todo, también emerge otra fuerza, silenciosa y decisiva: la solidaridad. En Tucumán, una vez más, eso quedó a la vista.
Las inundaciones de las últimas semanas golpearon con dureza a cientos de familias. Hubo pérdidas materiales, evacuados, animales afectados, comunidades enteras intentando rehacerse en medio de la angustia. Sin embargo, junto a esa postal dolorosa apareció otra que merece ser subrayada: la de una sociedad que no se resigna a mirar de lejos el sufrimiento ajeno.
La psicóloga Carmina Varela lo explicó con claridad al hablar de la empatía como uno de los rasgos esenciales del ser humano. No se trata sólo de sentir pena por el otro, sino de reconocer que eso que le pasa también nos interpela. De comprender que nadie está completamente a salvo de la tragedia y que, frente a eso, el impulso natural más noble es acercarse, tender una mano, hacer algo. Esa idea de identidad social compartida se volvió concreta en cada colecta, en cada bolsa de ropa, en cada plato de comida caliente y en cada viaje hacia los pueblos afectados.
En los días más duros, Tucumán mostró esa mejor versión de sí mismo. La tuvieron los jóvenes que organizaron traslados de donaciones desde la Universidad Nacional de Tucumán, entendiendo que no alcanzaba sólo con reunir ayuda: había que garantizar que llegara. La tuvieron también quienes, desde barrios y localidades vecinas, improvisaron puntos de recepción, cocinaron durante la noche o pusieron sus vehículos al servicio de los demás.
Los clubes volvieron a ocupar un lugar central en ese entramado solidario. Sólo por nombrar a los más reconocidos, Atlético Tucumán y San Martín, cada uno desde su identidad y su pertenencia, demostraron que una institución deportiva también puede ser un actor social imprescindible cuando la necesidad aprieta.
Lo mismo ocurrió con Cáritas, con voluntarios independientes, con fundaciones y con personas que, sin buscar protagonismo, hicieron de su tiempo una herramienta de ayuda.
Esa cadena incluyó también a quienes pensaron en urgencias menos visibles, pero igual de importantes: agua potable, productos de limpieza, elementos de higiene y atención para los animales. Porque en una emergencia real, ayudar no consiste sólo en conmoverse, sino en entender qué necesita el otro y actuar en consecuencia.
Hay algo profundamente valioso en esa reacción colectiva. En tiempos en los que tantas veces predominan el desencuentro, el individualismo o el ruido estéril, estas escenas recuerdan que la sociedad conserva una reserva moral que aparece cuando más hace falta. La solidaridad no resuelve por sí sola los problemas estructurales, ni reemplaza las responsabilidades del Estado. Pero sí sostiene, alivia, acompaña y devuelve algo de dignidad en el peor momento.
Tal vez esa sea su dimensión más importante. En medio de la pérdida, la solidaridad le dice al otro que no está solo. Y esa certeza, aunque no borre el dolor, puede ser el primer paso para empezar de nuevo.







