
En 1953 cursaba el 2° año en la Escuela de Comercio. En octubre de ese año un amigo, dos años mayor que yo, que cursaba el 4°, me sugirió que hiciéramos la yuta, fuéramos al cine y él me pagaría la entrada. Acepté la propuesta. Al día siguiente, cuando mi profesor de Contabilidad se enteró de lo que hice me dio una filípica delante de todo el curso, humillándome ante mis compañeros. Además, me ordenó que hasta que terminaran las clases lo esperara al frente del aula para dar las lecciones de cada día, que fueron más de diez. En ese tiempo para eximirse de rendir una materia era necesario obtener 21 puntos en tres trimestres; con menos de 21, hasta 12, se rendía en diciembre y, menos de 12, en marzo. Yo tenía 5 en el primero y 6 en el segundo. Cuando la celadora nos informó la nota del tercer trimestre la mía fue 0,50. Si el profesor me hubiera puesto un 1 habría tenido que rendir en diciembre pero al calificarme con 0,50 me mandó a marzo; la rendí ante una mesa examinadora de tres profesores que me aprobaron con 7. Pasaron 73 años y todavía sigo pensando que cuando un docente se ensaña así con un alumno de 14 años es una mala persona.
Luis Salvador Gallucci
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