
“No hay palabras” describe Miguel Ángel Salazar. “Hoy cumplo 75 años”, confiesa. El cumpleaños llegó con un regalo agridulce: volver a su casa después de días viviendo a la vera de la ruta, esperando que baje el agua de la inundación.
La puerta de su vivienda ubicada a 300 metros de la plaza principal estaba abierta, como si la casa lo hubiera estado esperando. Miguel no pudo contener las lágrimas. Todo su esfuerzo se lo había llevado el agua. El agua entró impetuosamente y arrasó con lo que encontró a su paso. Solo quedaron restos de muebles y recuerdos cubiertos de barro. En el piso, las prendas sucias se convirtieron en una especie de alfombrado de la habitación.
Las manos de Miguel tienen todavía el barro seco que le quedópor haber sacado ladrillos a la vereda. Son los únicos que salieron ilesos del temporal. Esos ladrillos tenían un destino para él: construir un baño en el fondo de su casa, un proyecto que lo había financiado con un préstamo que todavía paga con su jubilación mínima. De la misma jubilación también le descuentan mes a mes el pago de un televisor nuevo, que ahora cuelga de la pared con un daño que no tiene vuelta atrás. El daño es irreparable. “¿Cuánto va a salir llamar a un técnico? $200.000, $300.000, seguro”, calculó en voz alta, sabiendo que no tiene para pagar eso.
Resignado, comenta: “nunca vi el río así, inmenso”. Sobre las inundaciones vividas, Miguel las conoce todas, según dice. Vivió la del 2017 y todas las anteriores. Pero esta vez fue diferente. “Esta es la peor. Esta vez ha sido más grande”, dice quien nació, creció y asegura morirá en La Madrid.
En el patio techado estaba su proyecto trunco: ladrillos, cerámicos y unas bolsas de cemento que había ido juntando para construir el baño del fondo, todo sepultado bajo el barro. “No sirve más”, expresó. Al fondo, sus gallinas lo esperaron estos días refugiadas entre las ramas de un árbol. Esta mañana Miguel buscó maíz para molerles. Pero hasta el maíz se había embarrado. “Tenía muchas gallinas, pero algunas se las llevó el agua”, cuenta.
Al lado de su casa, el río también entró a la vivienda de su hermano, que tiene 90 años y vive solo, y al hogar de su hija, quien todavía permanecía en la ruta esperando poder volver.}
“El agua rompió todo. No queda nada”, repitió una y otra vez. Antes de que llegara la inundación, Miguel ató algunas de sus pertenencias para que no se las llevara la corriente. Lo logró. “Até dos garrafitas, y acá están”, remarcó.
Su esposa, sus nietos y otra hija se fueron a Taco Ralo a esperar que pasara el temporal. Él decidió quedarse vigilando desde la ruta. Miguel, quien tiene presión alta y diabetes, cobra lo justo y cada vez menos, con cuotas y préstamos que lo ahogan de otro modo. Ahora enfrenta una pérdida total. Ante la pregunta de cómo se reconstruye desde cero, no encontró respuesta. Solo atinó a preguntar: “¿Cómo? ¿Cómo?”. Y mientras relataba, buscaba una escoba entre los escombros para seguir limpiando, aún cuando la angustia lo consume por dentro.
Maestros que dan lecciones de solidaridad
No hay nada planificado. No hay pizarrones ni deberes. Pero las escuelas están abiertas y las clases se dictan igual aunque de otra forma, más espontáneas. En las 27 escuelas del sur de la provincia, convertidas en albergues desde hace varios días, los niños aprenden lecciones de solidaridad, en muchos casos, con las mismas maestras que les enseñan durante el año.
Laura Ovejero es mamá de tres chicos y docente de la escuela n° 99 de Monteagudo. Su casa también se inundó como la mayoría de las viviendas de las maestras de esa escuela porque todas viven en la zona o en localidades cercanas. A pesar de tener que resolver sus propios dramas decidieron ir a ayudar a las personas albergadas, que en la mayoría de los casos son las familias de sus alumnos.
En la escuela hasta ayer había 64 personas, de los cuales 28 eran niños; y llegaron a ser casi 80. “Esto es pura solidaridad, están colaborando en este albergue personal de la comuna de Monteagudo, de la parroquia San José Obrero, del convento Verbo y Vida, Desarrollo Social, Infraestructura Escolar y el Ministerio de Educación. También recibimos la visita de la ministra Susana Montaldo, que nos dio mucho apoyo. Aquí hay familias de La Madrid, Niogasta, Monteagudo, Atahona, Simoca y el Rodeo que han visto sus cosas arrasadas por el agua”, cuenta la directora Alejandra Molina.







