
Me ha impactado el artículo de Clay Shirky, «Los estudiantes lo odian. Las universidades lo necesitan. La única solución real a la crisis de copiar de la IA», publicado en The New York Times. Llevaba mucho tiempo dándole vueltas a este asunto de cómo iba a afectar ChatGPT a mi estilo docente y he decidido cambiarlo. Lo que este vicerrector de la Universidad de Nueva York viene a defender es el retorno a la universidad medieval, al menos en algunas asignaturas, sustituyendo la redacción de ensayos en casa -inventada en el siglo XVIII y XIX para poder llegar a un número mayor de estudiantes- por una relación más personal entre profesores y alumnos.
La experiencia de Shirky y de todos es que hasta los mejores alumnos emplean ahora ChatGPT u otras IA para hacer sus redacciones, ahorrándose por tanto buena parte del esfuerzo de pensar. Muchos lo hacen incluso aunque se les pida que escriban un ensayo autobiográfico. De hecho, también los profesores empleamos las diversas herramientas de IA como asistentes de investigación o de redacción y traducción en muchas de nuestras tareas. Si nosotros lo hacemos es bien lógico que ellos también utilicen ChatGPT pues hace nuestra vida más fácil y a menudo enriquece nuestra reflexión.
Como mi curso en la Universitat Internacional de Catalunya se llama «Invitación a pensar» y mi idea básica era la de que se dedicaran a escribir para aprender a pensar, he decidido que a partir de ahora los alumnos no hagan los ensayos en su casa, sino que escriban en la propia clase a mano y sin recurso al móvil, la tablet o el ordenador. Aspiro a convertir el aula en un taller de escritura, en un gimnasio intelectual, en el que puedan ejercitar su pensamiento, escribiendo, leyendo sus textos en voz alta y dialogando sobre ellos con los demás. Después de todo la universidad medieval no tenía todos esos aparatos y tanto alumnos como profesores se ejercitaban intelectualmente en las aulas.
Para mí será todo un experimento de educación transformadora. He tenido ya dos sesiones y confío en que el experimento salga bien, que mis alumnos se atrevan a pensar con libertad sin necesidad de recurrir a la IA. Estoy seguro de que, si aprenden a pensar por su cuenta y riesgo, cuando empleen las máquinas podrán llegar mucho más lejos que los demás, pues habrán cultivado la gimnasia básica de la inteligencia.
En este sentido, me reconfortó la semana pasada en Buenos Aires tener un amable encuentro con una docena de estudiantes en la cafetería «Lágrimas tintas» de la familia de uno de ellos. Habían puesto como título de nuestra reunión el de «Escribir: Rebelión contra la vida superficial». Me gustó mucho la sesión, que duró un par de horas y en la que intervinieron los estudiantes con sus preguntas y comentarios. Sobre todo, les alenté a ganar en protagonismo de su propia vida a través de la escritura personal. Me encantó la inquietud por aprender que manifestaban. A menudo pienso que son estos pequeños grupos de jóvenes los que realmente pueden cambiar el mundo y es lo que quiero reproducir en mis clases, aunque sea con 50 estudiantes. Resulta algo mágico cuando los alumnos prosiguen en la cafetería el tema que se ha abordado en clase: eso es que se ha logrado invitarles a pensar.
Cuando los jóvenes se reúnen para pensar, leer, escribir y escucharse unos a otros comienza de nuevo la filosofía. La ilusión por aprender del grupo de Buenos Aires me trajo a la memoria aquella frase de Eduardo Galeano: «Mucha gente pequeña en lugares pequeños haciendo cosas pequeñas puede cambiar el mundo». Esta es realmente la clave: si el profesor está persuadido de que alentando a pensar a sus alumnos la vida de estos se ensancha, se hace mejor, porque crecen por dentro, está cambiando el mundo. El poeta Joan Margarit escribió que «Un mal poema ensucia el mundo». Algo parecido podríamos decir de una mala clase o de un profesor cansado.
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Jaime Nubiola - Profesor emérito de Filosofía de la Universidad de Navarra (jnubiola@unav.es).







