Otra faceta: uno de los padres del rugby tucumano

Por José María Posse - Especial para LA GACETA.

Hace 3 Hs

En esta miscelánea es Isaías Nougués quien, en primera persona, narra aquellos tiempos fundacionales del rugby provincial. Un tiempo que tuvo a Yita como protagonista. Son retazos de una historia que no podemos olvidar.

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Algún día nublado e impreciso jugábamos al fútbol. Recuerdo a la figura de mi padre aproximándose. Lo acompañaba quien habría de ser en los años siguientes, mi personaje inolvidable: Mario Leal Santillán, el “Loco Leal”, seguramente el jugador más importante que tuvo el rugby tucumano, por habilidad, conocimiento del juego y por capacidad docente. El partido se interrumpió y yo fui invitado por el “Loco” a vivir, metido en la camiseta de su club, Tucumán Rugby, emociones que ya no habrían de interrumpirse. El rugby tucumano recién fundado, quería crecer...

El primer partido de rugby que vi lo jugaron un grupo de tucumanos reunidos por mi padre, Isaías Nougués, y el profesor Mario Santamarina para enfrentar a un equipo cordobés (creo que Jockey Club) en la cancha de Natación, instalada a instancias de mi padre y de Mario mucho antes de que se produjera la fundación de lo que inicialmente fuera la Unión de Rugby del Norte.

La camiseta elegida por estos próceres de nuestro rugby fue la marrón, que en Buenos Aires utilizara el Hindú Club para enfrentar a los sudafricanos. La Unión, con el acuerdo de todos los clubes, la adoptó y estrenó en la cancha del CASI en el Campeonato Argentino de 1949.

Antes de haber entrado a una cancha el “Loco” Leal decidió mi puesto: yo debía ser full-back por mi seguridad de manos y porque pateaba bien con las dos piernas... Mi padre fue a rescatar a Pepe Terán y a Juan Carlos Griet, que casi cayeron en manos de Cardenales, club que seducía con la siempre fresca y disparatada presencia de Ricardo y Enrique Martínez Pastur... Así llegaron Pepe Terán y Keko Frías.

Era el momento del encuentro, los fundadores ponían en nuestras manos la responsabilidad de trasladar esa hermosa idea para ubicarla en el futuro. Para ello debíamos comenzar a conocernos, para conformar “más que un club una hermandad”; verdadera escuela de vida donde comencé a saber de mí... Seguramente fue parte de la maravillosa herencia que me dejó mi padre. Tucumán Rugby, más que apenas quince camisetas, era un lugar donde se celebraban los inalterables valores del “Espíritu del Rugby”.

Nombres inolvidables

Desde una nebulosa de tristeza y ternura parecen brotar las figuras de aquellos pioneros con sus pantalones hasta las rodillas y los inmensos botines de caña alta y puntera redondeada, que persiguiendo una pelota nos señalaron un horizonte que todavía no imaginábamos. Al nombrarlos me parece estar rezando... Bertie Godward, “El Loco” Leal Santillán, Basilio Carrasco, El Gordo Novillo, El Negro Farías, Titi Lehmann, Rafilo Castillo, Rofi Montini, Jimmy Lord, El Gordo Ruiz, Eduardo Alonso Crespo, mi padre... Eran las piezas fundamentales de un equipo al que habríamos de incorporarnos. Después llegarían para quedarse Raúl y Alejandro Frías Silva; también mi hermano José María, que abandonó junto al touch su raqueta y su futuro como jugador de tenis.

Éramos los primeros y bajo la presidencia del querido Roberto Alvarado iniciamos el camino que habría de marcarnos por el resto de nuestra vida. Al año siguiente, 1947, pudimos comprar más camisetas y cada cual tuvo la suya. Mencionar al mejor jugador que vi no será, seguramente, una referencia de valor absoluto, sino una expresión de mi subjetividad. Al hacerlo, estaría destacando alguna -o algunas- de las virtudes que movilizaban mi admiración.

De Isaías, mi padre, aprendí que el amor por el juego nace de la humildad que suma, de la entrega de quien jamás se entrega y el respeto que se hará afecto por quienes comparten la cancha con una camiseta diferente, para hacer de cada partido una dimensión que se enriquece en el recuerdo. Con el tiempo, los resultados deportivos se diluyeron, pero permanecen como legado inalterable el testimonio de quienes a través de las generaciones nos reúnen apretadamente para celebrar el Espíritu del Rugby.

Hoy, que ya los músculos se hacen de algodón y los huesos se expresan libremente entre dolores y crujidos, descubro que cuando quise recordar al mejor jugador que vi se presentaron muchos, hasta saturar mi memoria con las imágenes que los hacía diferentes. Jugaban para mí, privilegiado espectador de un partido que en la evocación no tiene final. Soy en cada uno de ellos, porque de cada uno aprendí.

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