La infancia nunca es pasado: Oda a Elisa, de Silvina Rufino
La narradora oranense arriba a la poesía con Oda a Elisa, una obra conceptual que explora la memoria sobre lo no dicho y cambia las perspectivas de los recuerdos de infancia, además de integrar la música como nexo entre el libro y el lector.
La narradora oranense arriba a la poesía con Oda a Elisa

Por Mario Flores
El paso de la poesía a la narrativa (y viceversa) suele estar signado por grandes riesgos y, a veces, erratas que saltan de la página escrita para dar cuenta del cambio de formato, el cambio de registro y cadencia con los que se articula palabra, musicalidad y fondo. Es en el mismo fondo donde Oda a Elisa (Vinciguerra, 2025) encuentra su territorio predilecto: lejos de estar compuesto por abstracciones reflexivas del propio sentir, el libro es una obra conceptual que, si bien ahonda en la reconstrucción memorial de la infancia, retoma la parte oscura de lo indecible y la naturalización de lo prohibido. Dieciocho poemas son los que traman un recorrido por la exégesis de lo monstruoso, lo otro, lo diferente: la experiencia de lectura no es liviandad por placer, sino el tratamiento de un desplazarse por los bordes de la conciencia colectiva. En una era en la que la remembranza retro propone la romantización de un “antes que siempre fue mejor”, Silvina Rufino practica una relectura de aquel imaginario: la travesura inocente como juego mortal, los patios traseros como mágicas selvas profundas, el enigma de lo no dicho como la naturalización de la crueldad. La Cota, una tía sordomuda confinada al fondo de la casa, es la protagonista silenciosa de esta poética del retorno, a través de la cual se recompone la idea de lo humano pero también de la ontología del lenguaje: “Las palabras están huecas”, medita Rufino, en el límite de lo que se deconstruye en el ejercicio literario de la memoria.
5
Los niños del vecindario,
una algarabía de loros y quitupíes,
solían entrar por el portón trasero.
Bastaba empujarlo para encontrar
el hechizo de un mundo diferente.
Todos nos adueñábamos
de ese verde corazón de la manzana.
La Cota vigilaba atenta
nuestros juegos y travesuras,
y si algún niño no se comportaba,
levantaba su dedo índice en alto y lo reprendía
en inconexos balbuceos guturales.
-¿Qué tiene en el cuello?
preguntaban los más nuevos
y siempre estaba quien respondía
-La cabeza de un chico malo,
lo que ocasionaba alguna que otra estampida.
Con el tiempo descubrían sus poderes,
y pasaban a formar parte
del secreto reducto del misterio.
Hay un verso de Dylan Thomas que dice “La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo”, avizorando la potencia poética de una infancia que nunca es pasado: el lenguaje la hace presente constantemente. ¿Por qué tu primer libro de poemas decide situarse en este territorio donde lo biográfico se vuelve literario?
Es así, la infancia nunca es pasado. Oda a Elisa rescata vivencias de la niñez, sin ser una escritura literal de esa etapa de la vida, sino una recreación que bebe de esa experiencia para construir un mundo ficticio. Seguramente mis hermanos evocarán otras anécdotas, otras imágenes e incluso sensaciones diferentes ante los mismos acontecimientos. La infancia nos deja huellas indelebles que, por diferentes razones, a veces afloran potentes a la superficie. Hay una cita de Chris Marker en la obra El invencible verano de Liliana de Rivera Garza que dice “El tiempo cura todo, excepto las heridas”. En este sentido, creo que las experiencias del pasado que nos han conmocionado se manifiestan en algún momento de la vida. A veces, podemos volcarlas en palabras y transformarlas en un hecho literario.
Oda a Elisa no es el canto romántico de “un” pasado o “una” infancia, sino que explora ese “lugar fantástico y prohibido” donde se naturaliza el ocultamiento del otro; ¿qué lectura nos proporciona este texto sobre estos casos, todavía tan frecuentes como actuales?
En efecto, este poema narrativo se adentra en acontecimientos que develan una historia de ocultamiento de una mujer con bocio y discapacidad auditiva, en una época en que se naturalizaba la conducta de invisibilizar al que se consideraba diferente. Ese nivel de anulación de la identidad ya no es frecuente, por el contrario, sería inadmisible: ahora se escolariza a una persona con discapacidad, se la integra socialmente. Por supuesto que aún faltan muchísimas acciones para que las personas con discapacidad tengan una atención integral y digna, tanto desde el ámbito privado como desde las políticas públicas. Desde la literatura también podemos echar luz, poner sobre la mesa estas historias y visibilizarlas.
El paso de la narrativa a la obra en verso (aunque cabe destacar que ya en tus libros de relatos -Corazón adentro y Siempre anochece- también hacía su aparición una prosa poética por momentos) supone un cambio de formato y también la idea del libro que finalmente quedó compuesto por poemas y canciones. ¿Cómo se dio el proceso creativo de incluir composiciones musicales para una segunda parte de la misma obra, que también se lee, pero en la cual prima lo musical?
No adhiero a la clasificación de los géneros literarios como compartimentos estancos, podemos movernos también en el terreno de la hibridez, como en la prosa poética o en el poema narrativo. De todos modos, esa es tarea de especialistas, los que escribimos transitamos, a veces sin proponérnoslo, por diferentes formatos. La relación con la música en mi vida es un hecho cotidiano, pues mi pareja es músico y solemos compartir textos y canciones, intercambiar críticas y aportes. A veces, como en este caso, Elisa es un personaje que no solo motivó mi escritura, sino que su historia inspiró canciones inéditas. Los artistas, cuyos nombres y canciones integran el libro, las escribieron y les pusieron música. Así también, las presentaciones que hicimos de la obra fueron un diálogo entre música y poesía.
Una escena del libro plantea un desplazamiento hacia el horroreír cuando un grupo de niños pregunta “qué tiene en el cuello” y les dicen que es la cabeza de un chico malo. ¿Reconstruir en palabras la escenografía de un tiempo y un afecto ayuda a entender de otro modo las implicancias éticas y humanas que se presentan en el libro? ¿Cómo sería narrada Elisa hoy?
En la niñez suele darse esa amalgama de crueldad y de ternura, que suscita gestos nobles y en ocasiones comportamientos tan crueles como la escena evocada que mencionas. Es complejo analizar y juzgar las implicancias éticas y humanas de una historia, sesenta años más tarde, descontextualizada de la época. Sí considero legítimo reflexionar sobre esas prácticas discriminatorias e inhumanas, porque persisten con otros tintes. Hay nuevos modos de rechazo, denigración, segregación, exclusión. No obstante, creo que la historia de Elisa, en el contexto actual, sería narrada de otra manera. Esto es, porque después de más de medio siglo son otras las variables socio-culturales.
“Creo en la memoria que restaura y hace visible su antigua inexistencia”, dice el último poema. ¿Cómo se trabaja la memoria emotiva para que sea algo más que una simple remembranza por escrito, y que luzca el trabajo literario de sus detalles y escenas? Porque Oda a Elisa no es un conjunto de travesuras de infancia sino una secuencia conceptual que bordea aquello de lo que no se habla.
Cuando la memoria se hace palabra restituye la historia, en este caso restituye identidad a una mujer entrañable, invisibilizada. El silencio, que a veces perdura a través del tiempo, impide el reconocimiento del otro, anula su existencia. Percibo que romper ese silencio y poner en palabras las experiencias pasadas es un acto de justicia histórica, porque, aunque parezca una experiencia privada, no lo es. Es una historia que atraviesa el tejido social de diferentes generaciones. Las palabras generan acciones, por eso es tan importante hablar, designar, develar, denunciar.







