SIN CLARIDAD. Pons sufrió el juego de San Martín. Al delantero nunca le llegó una pelota "limpia". LA GACETA / Osvaldo Ripoll
Hay empates que suman y empates que exponen; y el 2 a 2 entre San Martín y Deportivo Maipú pertenece claramente al segundo grupo. Porque el resultado maquilló una tarde que dejó más preguntas tácticas que certezas futbolísticas.
El “Santo” regaló un tiempo completo. Y en la Primera Nacional ese tipo de concesiones suele pagarse caro.
Desde el arranque, el planteo de Andrés Yllana otra vez resultó difícil de descifrar. El 4-1-4-1 elegido nunca terminó de existir como sistema real. No ofreció solidez defensiva ni tampoco circuitos de juego; quedó atrapado en una zona gris, sin presión coordinada para recuperar ni movilidad para construir.
El “Botellero”, con orden, entendió rápido el escenario. Manejó la pelota sin desesperarse y encontró una vía simple pero efectiva para lastimar: los pelotazos cruzados a espaldas de los laterales. Allí apareció la principal grieta del partido y de esa manera llegaron los goles de Lucas Faggioli y Mirko Bonfigli, dos acciones que dejaron al descubierto problemas en el retroceso y en las coberturas.
Durante toda la primera mitad, San Martín fue un equipo apático; sin rebeldía y sin conexiones. Los laterales casi no pasaron al ataque, el medio campo jugó estático y los extremos nunca lograron generar superioridades. Y el resultado fue lógico porque prácticamente no inquietó a Nahuel Galardi.
El equipo parecía dividido en bloques inconexos y la pelota viajaba más por el aire que por asociaciones pensadas. Cada avance terminaba siendo un intento aislado o una jugada sin continuidad.
Los silbidos que bajaron desde las tribunas al cierre del primer tiempo no fueron una reacción impulsiva, sino una lectura colectiva bastante precisa de lo que estaba ocurriendo.
El partido cambió en el entretiempo. Y también dejó otra pregunta flotando. Yllana mandó a la cancha a Kevin López (difícil entender por qué no es titular) y a Lautaro Ovando por los inexpresivos Santiago Briñone y Benjamín Borasi.
Y esas modificaciones no fueron solamente nominales; cambiaron la energía del equipo.
López aportó algo que San Martín había extrañado durante 45 minutos: pausa, criterio y una mínima capacidad para enlazar pases. Ovando, en tanto, interpretó rápido dónde estaba el negocio del partido y atacó con lucidez los envíos frontales. En pocos minutos, el “Santo” igualó el marcador apelando más a la actitud que al funcionamiento.
También hubo un ajuste silencioso pero determinante. Lucas Diarte y Víctor Salazar comenzaron a pisar campo rival con mayor frecuencia. Y con los laterales proyectados, San Martín dejó de ser ancho sólo en teoría y empezó a empujar a Maipú contra su arco.
Ahí apareció el mejor momento del equipo. Más ímpetu, más presencia ofensiva y una sensación de remontada posible.
Sin embargo, tras el 2-2, el envión se agotó. Las piernas empezaron a pesar, el ritmo cayó y el equipo volvió a depender del impulso antes que de la idea. Hubo algunas aproximaciones, pero nunca claridad real para completar la remontada.
El empate terminó siendo un premio para un partido que, durante largos pasajes, parecía perdido. Pero el análisis profundo obliga a mirar más allá del resultado. Porque lo ocurrido no parece una cuestión de nombres propios.
Los ingresos mejoraron al equipo, pero el problema es anterior: San Martín necesita generar juego, construir sociedades y abandonar la dependencia casi automática del pelotazo frontal.
El “Santo” compite más por empuje emocional que por estructura futbolística. Y en un torneo largo, áspero y exigente como la Primera Nacional, la actitud alcanza para sobrevivir partidos. Pero para pelear cosas importantes, hace falta funcionamiento, identidad y convicción táctica.
El empate evitó una derrota incómoda. La sensación, en cambio, dejó claro que todavía hay mucho por corregir.








