Alejandro Magno no pasó por Tucumán

Alejandro Magno no pasó por Tucumán

Charly les deja a los amigos sus desayunos “light” y vuelve al mostrador, pero sabe que le van a hacer algún comentario. Refunfuña el profe ni bien les da la espalda. El mozo, que tiene la paciencia de un Marco Aurelio porque ya los conoce, escucha: “¿Ves? A esto me refiero con la crisis de la civilización occidental”. “Sonamos”, se dijo solo y miró para arriba. Y después, clarito, el llamado a la polémica nuestra de cada día.

—Mozo, mocito, venga. Acérquese un minuto. ¿Qué es esto?

—Uh, profe, ¿qué le pasó ahora? —sonríe Charly—. Es la ensalada de frutas del desayuno. ¿Qué va a ser? ¿Chimichurri?

No, señor. Lo que tengo frente a mí no es una ensalada de frutas. Es un error histórico, una afrenta a la historia de la gastronomía occidental. No es solo aquí donde se produce este fenómeno alarmante. Permítame que se lo explique. Hagamos un poco de historia…

—Hagamos —dice Charly, divertido. El bar está tranquilo.

Retrocedamos al siglo IV antes de Cristo, a las campañas de Alejandro Magno. La verdadera ensalada de frutas se llama “macedonia” por algo: por la síntesis que el gran macedonio logró. El imperio alejandrino fue una inédita amalgama de pueblos, lenguas, dioses y técnicas. Una unidad diversa. Un tejido donde cada parte conserva su identidad y entra en diálogo con las otras por un fin superior. Eso es una macedonia: la utopía en compotera.

Lo que usted me ha servido es el equivalente a un desierto de Atila el Huno. Este preparado mezquino no tiene diversidad. No hay… dialéctica. Falta el color de los cítricos, la suavidad del banano,falta la dulzura de la uva, la generosidad de un duraznito, la acidez de la ciruela… faltan… faltan frutas, Charly. No basta con esa bolilla de arándano cipayo que le ponen ustedes en el último minuto y que no sería raro que las tengan en el bolsillo.

La ensalada de frutas, Charly, es parte de nuestra infancia y con esta porquería que ahora dan ustedes en los bares nos arrebatan esa última patria. Sí se debe acordar: la abuela, que los lunes hacía sopa y ensalada de frutas para toda la semana. ¡Era un locro de frutas! Y la viejita le ponía azúcar hasta lograr una saturación que hacía saltar la pol de cualquier sacarímetro de ingenio. La guardaba en un tacho en la heladera y, con el pasar de los días, se iba superando sola hasta ser un magma primordial que lo despeinaba a uno cuando lo bebía levantando la compotera. Si la dejaba un par de años, no dude que había una nueva especie en la tierra.

Compotera, Charly. Esa es otra virtud perdida. La abuela no servía porciones: servía raciones, en unos bols que no le pedían un kilo a ningún plato hondo. Esto que me trae usted aquí, con toda su amabilidad, apenas alcanza la categoría de dosis.

Ahora, mi amigo, a la luz de estas consideraciones, ¿cree usted que esta guarnición de manzana en tubo de ensayo, coronada por una bolilla de rulemán, color violeta látex, puede llamarse hija de la macedonia.

—Así es, compadre —dijo el amigo de la mesa, que ya había arrasado con su desayuno light—. Muy bien explicado… Ahora pásenme la ensaladita suya que creo que vi un kiwi.

Y ante la mirada atónita del disertante se llevó el vasito.

Charly le hizo un guiño.

—¿Ve, profe? Eso es imperialismo y no macana.

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