UPD: entre el rito adolescente y el límite necesario

Hace 5 Hs

El Último Primer Día (UPD) ya no es sólo una celebración juvenil: es un fenómeno social que todos los años expone tensiones profundas entre pertenencia, límites, autoridad y cuidado. Para los adolescentes que inician su último año de secundaria, representa un rito de paso cargado de emoción. Es identidad grupal, cierre de etapa, memoria compartida. Nadie quiere quedarse afuera. Pero detrás del entusiasmo aparece un dato que preocupa: el festejo suele estar atravesado por el consumo excesivo de alcohol.

Ante la inminencia del inicio del ciclo lectivo, el Ministerio de Educación de Tucumán fijó una postura clara: no se permitirá el ingreso a las escuelas de estudiantes que lleguen en estado de ebriedad. La ministra Susana Montaldo fue contundente al señalar que la medida busca cuidar la salud y preservar el respeto institucional. En coordinación con el IPLA, el mensaje oficial apunta a la prevención y a la responsabilidad familiar. Para la cartera educativa, permitir el ingreso de alumnos en malas condiciones no sólo compromete la dinámica escolar, sino que envía una señal contradictoria respecto del cuidado.

Sin embargo, la discusión no se agota en la prohibición. La pediatra María Cecilia Rea, integrante de la Sociedad Argentina de Pediatría, introdujo una mirada que interpela: un adolescente alcoholizado es un menor en situación de vulnerabilidad. Dejarlo fuera de la escuela, sostuvo, puede exponerlo a riesgos mayores. Desde el punto de vista sanitario, el consumo, la privación de sueño y la deshidratación no son exageraciones morales, sino cuadros clínicos concretos que pueden derivar en internaciones, broncoaspiraciones o incluso coma etílico. “Minimizar es desconocer”, adviertió. El cerebro adolescente aún está en desarrollo y el alcohol impacta en áreas vinculadas al juicio y el control de impulsos.

En las aulas, los docentes tampoco coinciden plenamente. Andrés Ale, referente de Nuevo Espacio Docente, interpreta el UPD como una forma contemporánea de rebelión: una expresión generacional frente a un sistema de normas y exigencias. No propone castigo automático, sino acompañamiento con límites claros y espacios pedagógicos que transformen ese primer día en oportunidad de reflexión. En contraste, la profesora Liliana Carabajal sostiene que el fenómeno se agrava año a año y que permitir el ingreso de alumnos alcoholizados normaliza una conducta peligrosa. Para ella, el problema radica en la falta de límites en el hogar.

El debate también se amplifica en las redes sociales. El UPD ya no se vive sólo en la madrugada: se viraliza. Videos de estudiantes alcoholizados, con remeras que identifican a sus colegios, circulan sin control y pueden permanecer en internet durante años. El secretario de Políticas Integrales sobre Adicciones, Lucas Haurigot Posse, advierte que el problema no es la tecnología sino la falta de reflexión sobre su alcance. Lo que parece gracioso hoy puede convertirse en estigmatización futura.

¿Prohibir o acompañar? La respuesta no es binaria. La evidencia médica indica que naturalizar el consumo en menores es riesgoso. La experiencia educativa muestra que el castigo aislado no resuelve el trasfondo cultural. Y la vivencia adolescente recuerda que la pertenencia es una necesidad profunda.

Lo cierto es que celebrar no debería equivaler a descontrol. La clave parece estar en la anticipación: diálogo en casa, reglas claras, supervisión adulta responsable y acuerdos institucionales coherentes. Cuidar no es exagerar ni moralizar; es reconocer que la libertad sin límites puede convertirse en abandono.

El último año de secundaria merece ser celebrado. La verdadera madurez colectiva será lograr que ese festejo no ponga en riesgo aquello que se dice querer celebrar: la vida, la salud y el futuro.

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