Hace 5 Hs

He vivido en Miami varios años, y aun así me parece, según el día, una eternidad o apenas un instante. La he visto reinventarse, quebrarse y rehacerse, como una serpiente de vidrio que muda su piel bajo el sol. Llegué desde Nueva York, ciudad pétrea de inviernos que tallan carácter, y descubrí aquí un territorio donde todo se derrite.

Miami ya no es la ciudad de exilio y palmeras de las postales antiguas, ni el refugio melancólico de quienes huían del frío o de la política. Hoy es un laboratorio de la sociedad líquida, en el sentido que anticipó Zygmunt Bauman: un espacio donde las identidades se disuelven, los vínculos se evaporan y la pertenencia se vuelve un lujo más caro que el metro cuadrado frente al mar.

Los de afuera creen que es un paraíso. Pero ese espejismo luminoso, de cuerpos bronceados y éxito instantáneo, esconde una tensión subterránea: la de una ciudad que vibra más por competencia que por comunidad. Aquí la sonrisa suele ser una estrategia y la cortesía, una pausa antes de la carrera. Detrás del brillo hay ansiedad por sobresalir, por no hundirse en el anonimato donde todos flotan. Todo en esta ciudad parece recubierto de un barniz de abundancia, como si la opulencia fuera la única forma aceptable de respirar. Los restaurantes, los autos, los relojes: símbolos de una euforia económica que no tolera el silencio.

Verano incesante

El calor constante es una condena. Su monotonía impide el ritmo interior de las estaciones; no hay otoño que invite a la introspección ni invierno que ordene el recogimiento. Todo es presente, sudor y sol, un verano incesante que erosiona la identidad. La ciudad no envejece, se recalienta. Y en esa uniformidad climática también se adormece cierta conciencia cívica, cierto respeto compartido. Lo noto cada día en el tráfico, donde los automóviles parecen encarnar el espíritu del lugar: veloces, impacientes, impermeables al otro, y donde los gritos de los conductores estallan como relámpagos breves, recordatorios de que incluso en una de las ciudades más modernas del mundo, aún sobrevive la barbarie.

Bauman decía que, en la sociedad líquida, el ser humano se ha convertido en un turista perpetuo, incapaz de echar raíces porque el suelo mismo se ha vuelto inestable. En Miami, esa metáfora encuentra su escenario natural. Las amistades son redes sociales. Los vecindarios, inversiones temporales. Los amores, estaciones de paso. Las relaciones humanas se desvanecen sin dejar rastro. Nadie pertenece del todo, y ese desarraigo colectivo se traduce en una soledad casi atmosférica, palpable entre los rascacielos y los atardeceres que parecen pintados para turistas.

Sin embargo, hay en su fragilidad una forma extraña de belleza. Miami es la representación viva de nuestro tiempo: multicultural, efímera, deslumbrante, contradictoria. Es una Babel líquida donde todos los idiomas se mezclan y ninguna raíz llega al fondo. Una ciudad que, más que habitarse, se navega.

La contemplo como quien mira el reflejo del siglo XXI sobre el agua: cambiante, inasible, fascinante. Aquí el porvenir no se construye, se improvisa. Tal vez vivo aquí por accidente, como tantos otros, atado a lo que construí y a lo que me obliga a permanecer. Y aunque el mar suba, la ciudad seguirá brillando en su propio espejismo: de noche encandilada por luces que ciegan, de día abrasada por un sol que prohíbe las caminatas serenas. Miami es, al fin, una ilusión sostenida por la fiebre del deseo.

© LA GACETA

Esteban Pino Coviello – Contador y escritor.

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