
San Miguel de Tucumán es hoy una de las pocas ciudades del país que cuenta con una Facultad de Medicina de primer nivel, motivo legítimo de orgullo. Sin embargo, a comienzos del siglo XIX no existía en la ciudad un solo médico o práctico suficientemente capacitado —según los parámetros de la época— para atender las necesidades sanitarias de la población.
Como en muchas regiones del mundo, la atención de la salud quedaba entonces en manos de curanderas, brujos y sangradores, además de boticarios más o menos instruidos que preparaban remedios homeopáticos o incursionaban en la química alopática. La eficacia de tales prácticas residía, con frecuencia, más en la fe del paciente que en los resultados terapéuticos reales. No obstante, sería injusto desestimar por completo esos saberes, transmitidos de generación en generación y apoyados en tradiciones antiguas. Algunos boticarios formales, identificados con el principio similia similibus curantur difundido por Samuel Hahnemann, ejercían su oficio con auténtica vocación.
Por esos años, el padre de Juan Bautista Alberdi se desempeñaba como boticario y tendero. Su comercio y vivienda se ubicaban en la vereda del Cabildo, sobre la actual calle 25 de Mayo. También sacerdotes y religiosas practicaban medicina y cirugía menor, convencidos de que su misión incluía salvar vidas además de almas.
Según el historiador Julio Ávila, recién en 1810 apareció en la ciudad un médico titulado: Pedro Montoya, cuya presencia se acredita por la firma de una escritura de venta. En 1812 se registró la actuación de Pedro Francisco Millán, luego médico del Regimiento de Infantería Nº 3. Ese mismo año residió temporariamente Diego Paroissien, físico mayor del Ejército.
En 1812, cuando Tucumán se convirtió en un gran cuartel militar, la población civil pudo beneficiarse de la presencia de médicos y cirujanos del Ejército del Norte, entre ellos Juan Manuel Gutiérrez, Baltasar Tejerina, Antonio Castellanos y Pedro Carrasco.
Sin embargo, en 1815 la ciudad volvió a carecer de médicos estables. Las autoridades autorizaron entonces a Francisco Salas, práctico habilidoso, a ejercer profesionalmente. El Cabildo solicitó al general José Rondeau que permitiera radicarse en la ciudad al cirujano militar Baltasar Tejerina, quien se encontraba al frente del Hospital Militar de Jujuy. Rondeau accedió, aunque condicionado a su relevo.
Finalmente, el 24 de octubre de 1815, Manuel Berdía presentó su título de cirujano del Ejército del Perú y se estableció en Tucumán para atender a la población civil. Así comenzaba lentamente la profesionalización médica en una ciudad que, pese a su relevancia histórica, había enfrentado largos períodos sin asistencia formal.
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Abel Novillo – Historiador y escritor.




