
Por Esteban Pino Coviello
Para LA GACETA - PORTSMOUTH (New Hampshire)
Todo empezó de manera prosaica: una nueva clienta cruzó la puerta de mi estudio contable. Carpeta prolija, discurso seguro. Venía a contratar mis servicios para su agencia digital. Nada extraño, hasta que explicó a qué se dedicaba: vendía experiencias de regresión a vidas pasadas.
No cursos ni libros. Experiencias. Paquetes, niveles, sesiones individuales y presencia activa en redes. Todo facturable. Todo perfectamente deducible.
Mientras asentía con cortesía profesional, comprendí que el ensayo que llevaba años rumiando había encontrado su escena inicial.
No creo en la reencarnación ni en ese relicario narrativo que hoy se exhibe con la ligereza de un blasón familiar dudoso. Mi incredulidad no nace del ateísmo militante ni del placer de derribar ídolos.
Es algo más incómodo: sentido común comprometido con la ciencia, sin la soberbia de creer que la realidad se agota en un manual.
Podría desmontar la creencia con argumentos de neurociencia, psicología de la sugestión y sesgos cognitivos. Pero sería inútil. Lo que está en juego no es una hipótesis, sino una necesidad emocional blindada.
Aclaro: no soy negador del misterio. Creo que la realidad opera en capas que aún no comprendemos. He tenido sueños que luego ocurrieron. Hechos concretos que obligan a admitir que hay fenómenos que todavía no sabemos explicar.
Precisamente por eso investigué. Viajé a Brasil, asistí a iglesias vinculadas a Chico Xavier, leí a Allan Kardec. No buscaba adhesión, sino entender. Escuchar. Contrastar.
Y allí la distancia se volvió nítida.
Una cosa es admitir fenómenos que desafían nuestro marco explicativo y otra aceptar una mitología retrospectiva diseñada para ennoblecer biografías ordinarias. La reencarnación contemporánea, tal como se practica y comercializa, es una narrativa de compensación.
La escena se repite: nadie recuerda haber sido un jornalero anónimo o un niño muerto temprano. Todos fueron alguien interesante. La memoria espiritual, curiosamente, tiene alergia al anonimato.
La estadística es brutal. Si la reencarnación funcionara como se relata, la mayoría debería recordar vidas breves, duras y silenciosas. Pero no. La versión moderna es elegante: castillos, batallas nobles, muertes con sentido. Nunca piojos ni tedio.
Como señaló David Hume, creemos no porque la razón obligue, sino porque la creencia resulta útil. Aquí la utilidad es transparente: la vida pasada funciona como coartada estética para el malestar presente. No se recuerda el pasado; se lo desea.
Freud hablaría de narcisismo compensatorio. Jung, de arquetipos inflados. Borges recordó que el pasado es materia que el presente moldea. Pero una cosa es literatura y otra convertirla en certificado metafísico.
Lo que hoy se ofrece como regresión no es recuerdo. Es imaginación guiada con facturación electrónica.
Surge así el médium 2.0: sin túnicas, pero con buena iluminación y dominio de métricas. Influencers del más allá que, por una tarifa clara, confirman que tu vida actual es apenas una versión reducida de algo más interesante.
No es exploración genuina de lo trascendente. Es economía de la atención: volver el misterio consumible y rentable.
Vivimos en una época de identidades frágiles y sentido escaso. El individuo ya no hereda relato ni destino; debe fabricarlos. La reencarnación ofrece historia y singularidad sin exigir transformación real. Las redes hacen el resto: premian lo extraordinario y narrable. La vida pasada es perfecta para el algoritmo.
Quizás el problema no sea creer en vidas pasadas, sino no tolerar la modestia radical de esta vida. Vivir sin títulos invisibles ni linajes imaginarios. Aceptar que el sentido no se recuerda ni se hereda: se construye.
Y eso exige más coraje que haber sido noble en una vida que nunca ocurrió.
© LA GACETA
Esteba Pino Coviello - Contador y escritor.




