
Por Walter Gallardo
PARA LA GACETA - BRISTOL (INGLATERRA)
Las preguntas, sobre todo las más inquietantes y metafísicas, pueden asaltarnos en momentos o rincones insospechados y, de un solo golpe, borrar las mínimas certezas que nos ayudan a afrontar el día, incluso los tramos más ordinarios de nuestras vidas. Y resultan aún más desoladoras cuando no cargan respuestas sino zozobra, cuando nos abandonan en las dunas de nuestro pensamiento, allí donde no hay caminos y el paisaje nunca es inmóvil.
Suele ocurrirle a quien ingresa desde las calles ruidosas de Bristol, Inglaterra, en la bellísima iglesia gótica anglicana de Saint Mary Redcliffe. Allí, en el silencio profundo y bajo el esplendor de sus techos abovedados, me encuentro con un elemento infrecuente en lo que se supone un lugar al que se acude en busca de esperanza, de alivio al peso agotador de la realidad, de algún mensaje de fe tranquilizador, o simplemente movido por la curiosidad estética hacia el edificio.
Ese elemento, vistoso y con aspecto renacentista, es el llamado “péndulo del caos”. A diferencia de otros que nos traen precisiones o infalibilidad, como el de Foucault, éste en cambio nos introduce en un espacio donde todo es enigma y contingencia, la oscuridad donde se desorientan las razones científicas. Su funcionamiento es simple y a la vez turbador: el agua que lo activa cae mecánicamente y fluye hacia el centro de una viga o conducto transversal que acaba inclinándose para liberarla. A pesar de que la acción se repite una y otra vez sin alteraciones, con la misma cantidad de agua y a un ritmo uniforme, el péndulo desobedece cualquier cálculo o especulación y se vuelca hacia un lado o hacia el otro, dueño de sus propias decisiones. Esa imprevisibilidad de sus movimientos es la que representa el concepto de caos. En un cartel ubicado a su lado, hay una breve reflexión: “La búsqueda de certeza en la ciencia es limitada, ya que incluso en este sistema simple la predictibilidad es imposible”.
Después de unos minutos observándolo, casi pidiéndole explicaciones o buscándolas en medio del desconcierto, el péndulo me traslada al plano personal la confirmación de que un acto idéntico a otro (la gota que cae a pulso de cronómetro) no garantiza un mismo resultado o una consecuencia predecible y, por lo tanto, hay otros elementos fortuitos que se suman aleatoriamente para configurar lo que somos y, después de cierto recorrido, quizás acabar diciendo: “Well…How did I get here?” (“Bien, ¿cómo llegué aquí?) imitando la letra de Once in a lifetime, la canción de Talking Heads. Tampoco es extraño que surjan preguntas sobre las decisiones tomadas en momentos claves de nuestras vidas, aquellos en los que tuvimos que elegir (someternos al péndulo) y esa elección nos llevó a un sitio donde posteriormente una nueva elección nos trasladó a otro y así, en innumerables oportunidades, hasta construir un pasado que tal vez resulta difícil de encontrarle coherencia, incluso una explicación: elegir una carrera entre varias, un cambio de ciudad o de país movido por una ilusión probablemente engañosa, dejando atrás familia y amigos para partir desnudos de afectos; elegir un empleo por encima de otro sin que nadie nos garantice el éxito o la estabilidad; elegir la convivencia con una persona después de haber renunciado con muchas dudas a otra a la que quizás no se ha dejado de querer del todo; o lo contrario: paralizado por el miedo o la excesiva prudencia, decidir no elegir nada, lo que en todo caso viene a ser también una manera de hacerlo, consintiendo que los acontecimientos cotidianos sucedan sin nuestra participación.
Ucronías
“We know what we are, but know not what we may be”, dice Ophelia, en Hamlet, trastornada por la muerte de su padre y abrumada por la naturaleza frágil de la vida misma. “Sabemos lo que somos, pero no lo que podemos llegar a ser”. Y si echamos la vista atrás, podríamos concluir: “tampoco sabemos lo que podríamos haber sido si hubiéramos tomado los senderos que rechazamos como opción o los que abandonamos apresuradamente”. Las vidas no vividas de las que habla a principios del siglo XX el poeta Robert Frost, en “El camino no elegido”: “Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo/Yo tomé el menos transitado/Y eso ha marcado toda la diferencia”. Le ocurre algo parecido a Spencer Brydon, en “The Jolly Corner”, el cuento de Henry James. Después de más de 30 años en Europa, vuelve a Nueva York. Al reunirse con sus amigos, y ponerse al día de sus historias, descubre que los demás han construido una vida “sólida” mientras él ha dilapidado su tiempo en el papel de hombre superficial y frívolo, una suerte de playboy. Alterado por la sensación de fracaso, comenzará a recorrer por las noches los antiguos rincones de la casa de su infancia, convencido de que por allí encontrará vagando al fantasma de sí mismo, aquel que él abandonó al marcharse.
El péndulo también me trae a la memoria la gran obsesión de Miguel de Unamuno. Escribía: “Siempre me ha preocupado el problema de lo que llamaría mis ‘yos ex futuros’, lo que pude haber sido y dejé de ser, las posibilidades que he ido dejando en el camino de mi vida (…) Es el fondo del problema del libre albedrío. Proponerse un hombre el asunto de qué es lo que hubiese sido de él si en tal momento de su pasado hubiera tomado otra determinación de la que tomó, es cosa de loco. Tiemblo de tener que ponerme a pensar en el que pude haber sido, en el ex futuro llamado Unamuno, que dejé hace años desamparado y solo…”.
Me marcho algo perdido entre contradicciones y oyendo el estruendo metálico de mis propios pasos en el interior de la iglesia. En el jardín trasero, entre una frondosa arboleda, descubro un portentoso trozo de hierro clavado a poca distancia del edificio principal. Una placa a sus pies cuenta que se trata de un tramo de riel de los tranvías que pasan muy cerca. En los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial voló por los aires y se clavó como una lanza en ese espacio donde hoy permanece. Subrayando la fortuna de haber salvado este templo, el texto agrega: “Se lo deja aquí para hacernos recordar por lo poco que escapó la iglesia de la destrucción en la guerra de 1939-1945”.
Lo que acabo de leer me arranca una sonrisa. Sin dudas, el péndulo, aquel Viernes Santo de 1941, se inclinó decididamente en contra de la violencia
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Walter Gallardo - Periodista tucumano radicado en España.







