
Hace algunos años, caminando por la capital del país del norte, a pocos pasos del Lincoln Memorial, del Jefferson Memorial, del gran obelisco dedicado a Washington y del monumento a los caídos en Vietnam, me encontré recorriendo mármoles de presidentes. De pronto, casi por sorpresa, apareció un monumento que no esperaba: el de Albert Einstein. No había nacido en suelo estadounidense, pero había llegado allí huyendo del totalitarismo. Cuando Europa comenzaba a oscurecerse, halló en América un refugio para su libertad de pensamiento. No había empuñado espadas ni comandado ejércitos. Sin embargo, allí estaba: simplemente sentado, algo desgarbado, con papeles en la mano, como si esa nación hubiera decidido que entre los cimientos de su identidad también debía figurar una inteligencia creadora. Me sorprendió para bien. Y me emocionó. Einstein nació en 1879 en Ulm, Alemania, y no fue, en sentido estricto, un niño prodigio. De joven desconfiaba de la enseñanza rígida y autoritaria. Tras graduarse en Suiza, trabajó como empleado en la oficina de patentes de Berna. Desde ese modesto escritorio publicó, en 1905, una serie de trabajos fundamentales: entre ellos, la teoría de la relatividad y la explicación del efecto fotoeléctrico. A los 26 años, cordial, tímido y bonachón, ya había cambiado para siempre nuestra comprensión del tiempo y del espacio. Su obra lo convirtió rápidamente en una celebridad mundial, en un siglo XX convulsionado. Asistió al ascenso del nazismo y, en 1933, abandonó Alemania para establecerse en Estados Unidos. Llegó como exiliado del pensamiento libre, no como político ni estratega. Sin embargo, fue influyente en decisiones clave del presidente Franklin D. Roosevelt, especialmente en torno al uso bélico de la energía nuclear, un asunto del que luego se arrepentiría profundamente. Una anécdota lo retrata con claridad. En 1952, el Estado de Israel le ofreció la presidencia. Einstein rechazó el cargo: adujo no poseer experiencia ni aptitudes para la función política. Uno de los hombres más célebres del planeta reconocía, con humildad, los límites de su propia competencia. Su escultura en Washington no lo muestra erguido ni solemne, sino sentado, pensativo. Como si la grandeza también pudiera ser silenciosa. Entre presidentes de mármol y obeliscos patrióticos, allí estaba él: un hombre sentado que recuerda que la inteligencia también puede ser una forma de grandeza nacional. A los cuatro años, su padre le había regalado una brújula. Ese objeto sencillo espertó una curiosidad que ya no se apagaría. Nada lo detuvo: ni el trabajo rutinario en una oficina de patentes ni el totalitarismo que avanzaba sobre Europa. Einstein recibió en 1921 el Premio Nobel de Física por su explicación del efecto fotoeléctrico. En opinión de Mario Bunge, filósofo argentino, pudo haber merecido varios más. Tal vez esa sea la enseñanza más profunda de aquella figura que encontré casi por azar: las naciones que honran el pensamiento honran también su propio futuro. Einstein murió en 1955, el mismo año en que yo llegué a este mundo.
Marcotullio Juan L.
marcotulliojuan@gmail.com







