¿Por qué hay que leer literatura?*

¿Debemos leer para escapar de la deprimente realidad cotidiana y por puro placer? ¿O debemos leer para entender lo que somos, para captar la sólida mentira que alienta debajo de la elusiva verdad? ¿O, tal vez, para salvar nuestras vidas en situaciones extremas? De la mano de García Márquez, Tomás Eloy Martínez, Bolaño, Borges, Vargas Llosa y Onetti, entre otros, el autor de esta nota nos propone distintos caminos para encontrar las respuestas a estas preguntas.

RAZONES. Una primera respuesta es que con la literatura reconocemos nuestra condición transitorian y efimera y, a la vez, podemos asumir una identidad distinta. RAZONES. Una primera respuesta es que con la literatura reconocemos nuestra condición transitorian y efimera y, a la vez, podemos asumir una identidad distinta.
Hace 7 Hs

Por Juan Gustavo Cobo Borda para LA GACETA

¿Por qué hay que leer literatura? Primero que todo, porque la literatura trata de sí misma. Se refiere a sí misma. Y en segundo lugar, porque la literatura se olvida y tiene la necesidad imperiosa de volver a oírse. De reescribirse. En estos días, por uno y otro motivo, he trajinado con tres libros distintos. Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez; La novela de Perón, de Tomas Eloy Martínez; y Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. ¿Qué tienen en común los tres? Que todos encierran, como impulso de su escritura, la literatura misma. Viejos manuscritos, cifrados en clave, donde estaba escrita la historia que acabamos de leer. “Era la historia de la familia, escrita por Melquíades, hasta en sus detalles más triviales, con cien años de anticipación. La había redactado en sánscrito, que era su lengua materna, y había cifrado los versos pares con la clave privada del emperador Augusto, y los impares con claves militares lacedemonias”. Pero el último Buendía la leerá como si esos manuscritos estuvieran escritos en diáfano castellano.

Mentira y verdad

En La novela de Perón un periodista, Zamora, y el propio Tomas Eloy Martínez, que es periodista y entrevista varias veces a Perón, descubren, resignados, que la realidad sólo puede -quizás- comprenderse a través de la ficción. Que la habilidosa astucia y el pragmático cinismo de Perón es mucho más cierto y eficaz que la pretendida verdad; la cual, por cierto, no pueden atrapar. “La historia se quedará con la verdad que yo estoy contando”, dice en algún momento el personaje que es Perón; y comenta: “Aquí están los documentos, todos los que se me da la gana. Y si no están, López (Rega) los inventa. Le basta con posar la mano sobre un papel para volverlo amarillo: así me ha dicho”.

El brujo López Rega como el brujo Melquíades someten a un proceso alquímico, de tergiversaciones esencializadoras y de transmutación poética, los simples datos de la realidad pedestre. Estos papeles efímeros en que consignamos hechos que luego son sueños. Sueños que son libros. Profecía que se cumple y aclara o versión que se impone entre muchas, y perdura; la literatura miente y se contradice para decir su verdad. ¿Debemos quizás leer literatura para captar la sólida mentira que alienta debajo de la elusiva verdad?

El general Perón, por su parte, dijo en una entrevista: “si he vuelto a ser protagonista de la historia, una y otra vez, fue porque me contradije. ¿La patria socialista? Yo la he inventado. ¿La patria conservadora? Yo la mantengo viva. Tengo que soplar para todos lados, como el gallo de la veleta. Y no retractarme nunca, sino ir acumulando frases”. Quizás Tomás Eloy Martínez buscó desmitificar el mito de Perón. Reducirlo, él tan propenso a la mentira, a su justa verdad. Terminada su lectura el mito ha salido reforzado: se volvió ficción. Quizás la literatura no despeja el terreno y pone las cosas en su sitio: las sitúa en un nivel distinto, donde solo cuenta su capacidad de persuadir y fabular. De atrapar con sus artes de rigurosa hechicería.

Los divertidos real-visceralistas de la novela de Bolaño buscan los textos inexistentes, que nunca leeremos, de una poeta estridentista, Cesárea Tinajero. El estridentismo, una nota a pie de página en la literatura mexicana, una breve mención en la historia de la vanguardia en América Latina, da razón a este desopilante thriller, a esta literatura en el camino, de estos aprendices de poeta, podridos de referencias literarias, y quizás contrabandistas de marihuana, en la incierta frontera méxico-norteamericana.

Es factible deducir, con estos ejemplos concretos, cómo la literatura nace de la lectura de otro libro (o de muchos). Y de cómo ella, animada por una ambición absoluta, encuentra en sí misma su razón de ser. El autor puede compensar una carencia, rectificar una injusticia, conquistar, desde provincia, una capital letrada.

Pero la fuerza de la literatura para poner en cuestión ídolos y prejuicios, valores y entelequias sancionados por el uso y el abuso termina por depararnos una paradójica lección. La que Borges, en un texto de 1952, resumió certeramente así al hablar de las “Magias parciales del Quijote”:

“¿Por qué nos inquieta que Don Quijote sea lector del Quijote y Hamlet espectador de Hamlet? Creo haber dado con la causa: tales inversiones sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios”.

¿Por qué hay que leer literatura? Una primera respuesta sería: porque somos Nadie. Porque con la literatura reconocemos nuestra condición transitoria y efímera y, a la vez, podemos asumir una identidad distinta. Mario Vargas Llosa, con tenacidad de catecúmeno, nos ha repetido una y otra vez que la realidad deprimente de todos los días requiere el escape imaginario. La utópica realidad alternativa que nos aísle en la lectura y que desde allí reedifique la ciudad de lo posible y que es más real que cuanto nos rodea.

Los grandes lectores

Podemos, por lo tanto, fijarnos en la primera parte de la pregunta que nos convoca, el acto de la lectura, después de precisar la verdad múltiple de la vida, que la literatura torna presente. Evadirnos quizás para hacer real a un presente a menudo incomprensible. ¿Cuáles han sido los grandes lectores del siglo que murió? ¿Quiénes, en el siglo XX, por el olvidado arte de leer ampliaron, y no restringieron, nuestra visión? Podemos pensar que el filósofo Martin Heidegger en sus asedios a los versos del poeta Hölderlin nos mostró fehacientemente lo que significaba leer. Su glosa a un texto de Hölderlin: “y se le ha dado al hombre el más peligroso de los bienes, el lenguaje... para que muestre lo que es .....”, es un ineludible punto de partida, desde la reflexión creativa, para develar las diversas facetas de ese bien.

Cerremos este apartado, en pos del lector ideal, con una observación de Mircea Eliade, que nos confirma por qué quizás debemos leer literatura. O aún mejor, oírla: “quien sabe narrar historias puede, en circunstancias difíciles, salvarse. Así ha ocurrido en los campos de concentración rusos. Los que tenían la suerte de contar con un narrador de historias en su barrancón han sobrevivido en mayor número. Escuchar historias les ayudó a atravesar el infierno “.

La felicidad de escribir, desdeñosa, por cierto, de si será leído o no, tiene un equivalente simétrico en la felicidad de leer, lejos de prólogos, críticas o entrevistas. Lejos de premios o conferencias de prensa. Bien supo ese placer incomparable un lector de novelas policiales llamado Juan Carlos Onetti. Al hablar de Roberto Arlt escribió: “nadie nos dirá nunca, como él, de manera torpe, genial y convincente, que nacer significa la aceptación de un pacto monstruoso y que, sin embargo, estar vivo es la única verdadera maravilla posible. Y tampoco nos dirá que, absurdamente, más vale persistir”.

Quizás por ello hay que leer literatura.

© LA GACETA

Juan Gustavo Cobo Borda – Fue miembro de la Academia Colombiana de la Lengua y de la Real Academia Española. Colaborador habitual de este suplemento, murió en 2022. Este texto es una versión abreviada de un artículo publicado aquí en 2010

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