Nada dura para siempre
Hace 3 Hs

Walter Gallardo

Periodista tucumano radicado en Madrid

El reconocido periodista español Enric González, con una larga carrera de corresponsal en importantes capitales del planeta, cerraba su siempre irónica columna radiofónica de los sábados diciendo: “Les deseo un feliz fin de semana, si la Casa Blanca lo permite”. Teniendo en cuenta los acontecimientos que hoy nos ponen los pelos de punta y el corazón en un puño, era una de esas frases que nos hacen sonreír por la paradójica razón de que en el fondo nos dirigen hacia una verdad triste y abrumadora de un mundo fuera de nuestro control; o lo que es casi lo mismo, nos dirigen hacia preguntas cargadas de impotencia, aquellas que al intentar responder, o precisamente al encontrar las respuestas, nos llevan a comprobar que, vivamos allí donde vivamos, en asuntos globales todo acaba siendo ajeno a nuestra voluntad.

Jugando con fuego

Y por esas coincidencias, o no tanto, el mismo día escucho en la radio, mientras conduzco por una avenida de Madrid, aquella canción de principios de los años ’80, con el mensaje sofocante de su tiempo: Mad World, de Tears for Fears, en la versión profundamente emocional de Gary Jules. La letra escrita por el británico con raíces argentinas Roland Orzábal se sumerge en un estribillo inquietante: “No hay mañana, no hay mañana/Encuentro en ello una suerte de gracia, una suerte de tristeza/ Los sueños en los que muero son los mejores que jamás he tenido…Mad World”. Y agrega: “Me parece difícil decírtelo, me parece difícil aceptarlo/Cuando la gente corre en círculos/ Es un mundo muy, muy loco” (aquí la palabra “mad” toma la acepción de mentalmente enfermo). Al volver a casa, la reproduzco una y otra vez mientras busco datos estadísticos para escribir una columna. En una pausa, me intereso aún más por la canción y descubro que la ironía de este sábado no acaba: Mad World fue incluida en 2021 en el álbum de Demi Lovato titulado “Dancing with the devil”, una expresión idiomática que en inglés se usa para decir que se está jugando con fuego y que lo que estamos haciendo nos traerá malas consecuencias. ¿Nos suena?

Hacia la democracia

Y sin forzar las circunstancias, todo esto me hace volver la mirada hacia lo que ocurría en los años en que la canción fue escrita: el planeta estaba inmerso en largas y criminales dictaduras, tanto a izquierda como a derecha. Triunfaban con crueldad y opresión los Brezhnev y Ceausescu o los Videla y Pinochet. A pesar de ello, en el interior de esas sociedades crecía un silencioso y esperanzador descontento, una portentosa tormenta en rápida gestación. Está comprobado que todo tiene su final cuando domina la sinrazón y asfixia el hartazgo. Así, a mediados de esa década se abrirían las puertas y las ventanas de muchos países sojuzgados para dejar entrar aire nuevo, el aire fresco de la democracia. El final de este proceso sería la prodigiosa imagen cinematográfica de la caída del Muro de Berlín. Se creyó entonces con ilusión genuina, aunque un tanto naif, que empezaba un camino sin retorno hacia el respeto de la voluntad popular y los derechos humanos. Aún más, nada hacía pensar que cualquier otro régimen fuera mejor que la democracia. Se podía llamar a un boicot contra las naciones más intolerantes, como ocurrió con Sudáfrica y su apartheid, y eso parecía lo lógico y legítimo; o apoyar a la oposición democrática en los países donde aún no se había producido una apertura política.

Los ultras

Pero esto no sólo se ha terminado, sino que se ha revertido. La democracia está cuestionada. Actualmente, quienes reciben respaldo internacional son los partidos ultras, devotos de reconocidos déspotas y criminales de la historia universal. Son los casos del pronazi Alternativa para Alemania, Reform UK del instigador del Brexit, Nigel Farage, dueño del lema “Gran Bretaña para los británicos”; Hermanos de Italia, exaltadores de la figura de Mussolini; Agrupación Nacional en Francia, declaradamente racista o Vox en España, misógino, franquista y, sobre todo, xenófobo hasta el extremo de pedir bombardear los barcos de las organizaciones humanitarias que rescatan inmigrantes en el mar. La lista puede seguir del otro lado del Atlántico con un tirano como Bukele, en El Salvador, con sus cárceles olímpicas donde en los últimos cuatro años murieron 470 detenidos, entre ellos menores y, al menos, un niño, de acuerdo con el reciente informe de Socorro Jurídico Humanitario; se pueden agregar a sus imitadores o aspirantes a igualarlo en más de la mitad del mapa del continente, reivindicando a Pinochet en Chile o apelando con un recurso esotérico a fuerzas celestiales en la Argentina del irascible Milei.

Sometimiento a Trump

En conjunto, y para preocupación general, los unen tres características de las que presumen y se enorgullecen (por ahora): su admiración y sometimiento servil a Donald Trump, un ideario en el que excluyen, incluso insultan, a una buena parte del país que gobiernan y un raro nacionalismo huérfano de convicciones que acepta manso y sin negociación decisiones de la nación dominante, como lo han hecho alegremente en perjuicio de sus economías con los aranceles impuestos por Estados Unidos o la cesión de sus recursos naturales a cambio no de un premio, o de una transacción beneficiosa, sino de que el castigo sea algo más moderado.

Todo esto constituye una mala noticia. Nos indica que se ha retrocedido al punto de partida, a aquellos años 80. Lo confirman fuentes fidedignas: por un lado, Human Right Watch en su informe 2026 sostiene que “el sistema mundial de derechos humanos está en peligro”. Y argumenta: “El orden internacional basado en normas se está haciendo añicos, y podría arrastrar consigo la arquitectura en la que se han apoyado las defensoras y los defensores de derechos humanos para avanzar normas y proteger libertades”. Y por el otro, Varieties of Democracies (V-Dem), instituto de investigación de la Universidad de Gotemburgo, corrobora que el 72% de la población mundial vive en regímenes autocráticos de distinta intensidad, con lo cual la democracia resulta hoy una frágil excepción. No obstante, nada de esto indica que no se vote. Claro está que no en todos los lugares donde se vota hay democracia. Así y todo, al autócrata le sirve el sufragio para respaldar sus arbitrariedades. Ejemplos sobran: simplemente pensemos en quién ganaría las elecciones en Rusia si el candidato es otra vez Putin. Y en Rusia se vota regularmente.

Surgidos del hartazgo

Lo que sí ha cambiado son los recursos con los que se llega a un régimen autocrático. Lo usual en el pasado, el golpe militar y el cierre de las instituciones, ya sólo es eso: pasado. En general, las autocracias en boga se construyen desde dentro del sistema con fuerzas políticas surgidas como una reacción de las sociedades hartas de las clases políticas tradicionales. Después de llegar al poder con la promesa de liberar al pueblo de ese lastre y la mala experiencia, edifican una estructura de gobierno cercenando los contrapesos, generando un poder judicial afín, cambiando con sus nuevas mayorías las leyes de control, las cargas tributarias, la distribución de recursos, las reglas electorales, denostando y dejando morir de hambre a la ciencia, la educación y la cultura y cuestionando el sentido de una prensa independiente, usando todos los resortes, incluido los servicios de inteligencia, para atacar a los periodistas que no comen de su mano. Reuniendo todas estas piezas a modo de rompecabezas, seguramente cada ciudadano atento a la realidad está en condiciones de formar un rostro o unos cuantos en todos los continentes.

Como en los sueños burlados, con estas evidencias apabullantes, es propicio advertir hoy que nada se conquista ni dura para siempre. Menos aún la democracia. Vuelvo entonces a apelar al refugio y a las verdades de las canciones de esos años en que los autoritarismos fueron doblegados; y otra vez a Tears for Fears: en “Shout” nos pedía que gritáramos en rebeldía, que sacáramos de una vez los sentimientos contenidos (“Let it all out”) Y seguía con énfasis: “En tiempos violentos/no deberías vender tu alma” (“In violent times you shouldn’t sell your soul”. En definitiva, como cantan en otro de sus éxitos, todos quieren dominar el mundo (“Everybody wants to rule the world”) Hay que recordar que sólo lo logran aquellos a los que se les permite hacerlo. Los demás, tarde o temprano, desfallecen en el intento.

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