La tradición frutícola y las importaciones

En un interesante artículo, la especialista Betina Ernst recuerda los orígenes de la tradición frutihortícola en la Argentina, impulsada por inmigrantes. En ese contexto, cuestiona algunas medidas adoptadas por el Gobierno de Javier Milei: como consecuencia de la apertura comercial, las compras en el exterior se dispararon. El contraste con las exportaciones.

La tradición frutícola y las importaciones

De manera permanente, en esta columna de opinión difundimos e informamos sobre la importancia de la producción frutihortícola provincial y nacional, y sobre cómo fue el camino que realizó a lo largo del tiempo. Pero, sobre todo, comunicamos sobre el arduo trabajo y sacrificio que realizaron los innumerables pioneros de esta actividad -fundamental en el país y de la región-, para lograr cumplir sus sueños; por supuesto, junto a técnicos y a instituciones de investigación, que los acompañaron por este largo camino.

Los años de arduo trabajo fueron muchos; y las idas y vueltas que se dieron durante este importante tiempo generaron fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas, que debieron afrontar para lograr los objetivos buscados y para que hoy se vean los resultados y las situaciones en la que se encuentran estas actividades agroproductivas.

En ese marco, resulta importante comentar un artículo de Betina Ernst, de TopInfo, que destaca la gran tradición frutícola del país y cómo los inmigrantes -mayoritariamente provenientes de la región del Mediterráneo, a los que luego se sumaron los del centro y del norte de Europa- trajeron consigo una sólida cultura del cultivo de frutas, a un país con regiones aptas para su desarrollo.

El artículo indica que la producción estuvo orientada prioritariamente al abastecimiento del mercado interno. Con el tiempo, la industrialización fue ganando relevancia, absorbiendo la fruta no apta para el consumo en fresco. Así, la exportación de fruta fresca, salvo contadas excepciones, siempre ocupó un lugar secundario.

Esta tendencia se profundizó durante los últimos 20 años como consecuencia de políticas poco favorables para la fruticultura y para la exportación de sus productos. Sin políticas de apoyo resulta muy difícil sostener una fruticultura moderna, incorporar la tecnología necesaria para competir a nivel internacional y ofrecer al mercado la calidad que exige el consumidor.

Otro factor que afectó negativamente la industria frutícola es su escaso peso relativo dentro del comercio exterior argentino. Los principales generadores de divisas del país son las oleaginosas, los granos, los hidrocarburos y la minería. En un contexto de crisis económicas recurrentes y de riesgo de default, el país tiende a priorizar los sectores que mayor ingreso de divisas aportan, relegando las economías regionales. De este modo, la importancia de la fruticultura como generadora de empleo, como sostén social, como proveedora de alimentos saludables y como garante de la sustentabilidad de los ecosistemas agrarios queda subordinada a las situaciones de emergencia.

A ello se suma que las crisis derivaron en un aumento de la presión tributaria y en una mayor complejidad del sistema laboral. Todo este conjunto de factores provocó un aumento progresivo del denominado “costo argentino”, una pérdida de competitividad y una fuerte caída de las exportaciones. Como expresó un representante del sector exportador tras una presentación sobre la situación de las frutas argentinas en el mundo: “Hay que ser Superman para ser exitoso en la exportación”.

Solo dos productos lograron sostener cierto nivel de exportaciones: la pera y el limón. Ambos cuentan con ventajas competitivas a nivel internacional y se producen a mayor escala, lo que les permite una estructura de costos relativamente más favorable. Sin embargo, su colocación en el mercado externo es indispensable, ya que el mercado interno no alcanza a absorber los volúmenes producidos.

En los años 2022 y 2023 se alcanzó un piso histórico, con exportaciones totales inferiores a la mitad de las registradas una década atrás. La asunción del gobierno de Javier Milei implicó un cambio significativo en la política económica. Por un lado, se logró desacelerar la inflación, que había alcanzado niveles cercanos a la hiperinflación; por otro, se redujo el gasto público y se avanzó hacia una normalización de la economía, lo que permitió mayor previsibilidad y capacidad de planificación. Este nuevo marco macroeconómico resultó favorable para el sector, aunque no se tradujo en una mejora sustancial de la economía frutícola.

Persisten una elevada carga impositiva, un sistema laboral complejo y desfavorable, altos costos logísticos y la falta de negociaciones bilaterales que faciliten el comercio internacional. En este contexto, no sorprende que las exportaciones solo se hayan recuperado levemente y que el “costo argentino” siga siendo elevado. Aún queda un largo camino por recorrer, agravado por el hecho de que el actual Gobierno no considera la fruticultura como sector prioritario y muestra una comprensión limitada de su complejidad.

Uno de los cambios introducidos por el Gobierno, en línea con la política impulsada por el presidente Milei, fue la apertura del mercado local a productos importados. El objetivo es aumentar la competencia y forzar al producto nacional a mejorar su competitividad y calidad. Sin embargo, esta apertura se concretó antes de que a los productores se les haya reducido la carga impositiva, de que se bajen los costos internos y de que se implemente una reforma laboral. Como resultado, el productor local enfrenta una competencia desleal, al tener que competir con productos provenientes de países con estructuras de costos considerablemente más bajas. En este escenario, no alcanza con mejorar la productividad o la eficiencia, ya que muchos de los costos no dependen del productor y resultan excesivamente elevados.

Más importaciones

Como consecuencia a la apertura comercial del Gobierno nacional, las importaciones se dispararon. Las bananas concentran la mayor parte de estas compras externas. Cabe recordar que Argentina supo tener una producción bananera significativa, pero la desidia, los intereses contrapuestos y la ausencia de políticas de apoyo llevaron a una fuerte reducción de la producción. A su vez, también crecieron de manera sostenida las importaciones de otras frutas, como paltas, limas-limones, ananás, uvas, kiwis, manzanas, y cerezas, entre otros, que compiten directamente con la producción local y reducen su espacio en el mercado interno.

Las estadísticas de comercio exterior reflejan con claridad esta problemática. Mientras las exportaciones apenas mostraron una leve recuperación, las importaciones se dispararon, hasta el punto de que en 2025 el valor importado igualó al exportado. En términos de volumen, las exportaciones aún superan a las importaciones, dado que su valor unitario es inferior. Tradicionalmente, Argentina fue un país netamente exportador; sin embargo, por primera vez esta condición se diluye, pasando a ser también un país importador de frutas.

Es importante atender el planteo de la especialista Ernst, y que las autoridades tengan en cuenta esta situación para que adopten las medidas necesarias para que la producción de frutas en el país siga teniendo la importancia que se merece, y siga generando trabajo y divisas para el país.

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