Atlético Tucumán, un equipo que corre mucho pero piensa poco

El “Decano” volvió a mostrar dos caras ante Central Córdoba: intensidad inicial, pocas ideas con el paso de los minutos y un empate sin goles que dejó más reproches que aplausos.

SIN EFICACIA. Díaz falló una jugada clave sobre el final del partido. SIN EFICACIA. Díaz falló una jugada clave sobre el final del partido. DIEGO ARÁOZ/LA GACETA.

Atlético corre como si eso alcanzara para ganar. Arranca los partidos con el pecho inflado, aprieta, muerde y empuja. Un ímpetu que enciende a las tribunas y genera aplausos, pero que no siempre se traduce en lo más importante del fútbol: los goles. Es un ritmo insostenible que, si no se capitaliza en el momento justo, termina con las manos vacías. Cuando el aire se le escapa, el equipo se pincha. Y ahí aparece el problema de fondo: el fútbol no se gana sólo con las piernas; también se gana con la cabeza. Una premisa que volvió a quedar expuesta en el empate sin goles del “Decano” contra Central Córdoba, por la segunda fecha del Apertura.

La imagen es clara: Atlético es un equipo dividido en dos; 20 minutos iniciales con una gran cantidad de generación de juego y 70 minutos de poco y nada. La primera cara se ganó aplausos, se celebró e ilusionó a los hinchas del “Decano”. Hay que ser justos: el equipo de Hugo Colace generó cuatro jugadas de peligro. Un cabezazo ajustado de Renzo Tesuri tras un gran centro de Nicolás Laméndola, un remate potente de Franco Nicola, un latigazo de Ignacio Galván y una “locura” de mitad de cancha de Leandro Díaz. Cuatro momentos que expusieron la intención del “Decano” de modificar por completo la imagen que había mostrado en Mendoza y dejaron en claro la importancia de sumar de local a cualquier costo. Todo, además, frente a un Central Córdoba que llegó a Tucumán con la misión de rascar un punto, sin ideas y con las piernas cansadas desde el arranque.

Ese comienzo auspicioso del “Decano”, sin embargo, quedó reducido a eso: cuatro jugadas peligrosas que no pudieron quebrar la gran actuación del arquero Alan Aguerre. A partir de allí, el equipo empezó a ser un globo que se desinflaba lentamente. Sin hacer demasiados esfuerzos, el plan de Lucas Pusineri para llevarse algo de Tucumán empezó a cobrar sentido. Atlético, en contrapartida, parecía haber quemado las naves en esos 20 minutos y ya no tenía individualidades capaces de rescatarlo. Las gambetas de Laméndola desaparecieron, la inteligencia de Ezequiel Ham se diluyó, la intensidad de Tesuri se apagó y, aunque “Loco” Díaz intentó romper el cero, estuvo siempre demasiado lejos de incomodar a Aguerre. El tiempo pasaba y, poco a poco, la sonrisa inicial de los hinchas empezó a transformarse en reproches y la ilusión mutó a enojo. Una consecuencia lógica de un partido aburrido y con escasas ideas.

Es cierto: sobre el final, Atlético intentó reactivarse con una que otra jugada. Díaz ensayó una tijera tras un centro de Kevin Ortiz y Aguerre volvió a responder con una atajada compleja. Pero no mucho más.

Central Córdoba, sin ser un equipo peligroso, ejecutó su plan a la perfección: conseguir un punto sin mancharse las manos. Atlético, en cambio, dejó escapar la oportunidad de reafirmar su nueva idea, su nueva identidad y, sobre todo, de recomponer la relación con su gente. La última alegría había sido el triunfo frente a Godoy Cruz que aseguró la permanencia en Primera durante el Clausura 2025, un premio demasiado escaso para una hinchada que necesita algo más que esfuerzo; que necesita volver a ilusionarse con objetivos grandes y sueños continentales. Una meta que cada día parece más lejana y está muy lejos de la actualidad del “Decano”.

En ese escenario, la sensación que queda es conocida. Atlético propone, empuja y domina por momentos, pero no logra transformar ese dominio en control real del partido. La intensidad no alcanza para tapar las falencias cuando el juego pide pausa, lectura y decisiones finas. Y ahí, el equipo vuelve a quedar expuesto.

Atlético necesita algo más que intensidad para construir una identidad. Correr, apretar y empujar puede servir para encender un rato a la gente, pero no alcanza para sostener un proyecto. El fútbol, tarde o temprano, exige cabeza, decisiones y continuidad. Mientras el “Decano” siga viviendo de ráfagas, seguirá desinflándose. Y el problema no será la falta de esfuerzo, sino la ausencia de respuestas cuando el aire ya no alcanza.

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