Bailar una chacarera en silla de ruedas es todo un arte

Tímida para hablar pero decidida a moverse, Florencia Burgos encontró en el folclore un camino propio. Adapta la danza y demuestra que el arte también puede ser un acto de autonomía para hacer frente y superar desafíos.

SUPERACIÓN. Florencia Burgos baila ritmos folclóricos adaptados a su silla de ruedas en la academia Pura Danza; su preferencia es la chacarera. SUPERACIÓN. Florencia Burgos baila ritmos folclóricos adaptados a su silla de ruedas en la academia Pura Danza; su preferencia es la chacarera.

“Gracias por la paciencia”. La frase le sale suave y acompaña una sonrisa amplia que no se borra en ningún momento de la conversación. Florencia Burgos se disculpa antes de empezar porque a veces las palabras no son dichas con la rapidez que quisiera y eso la pone nerviosa. Es tímida para hablar, pero no para bailar. A los 27 años, vive en la capital, es la segunda de cinco hermanos; desde hace un tiempo encontró en el folclore un espacio propio, una forma de expresión y también de libertad.

Flor, como le dicen todos los que la conocen, baila en la academia Pura Danza. Usa silla de ruedas desde la infancia, cuando aún estaba en el jardín de infantes y pasó de una postural a la que la acompaña hasta hoy. A pesar de eso, o tal vez gracias a ese recorrido, se anima a los escenarios, al pañuelo al viento, al zarandeo distinto, a la música y al desafío constante de adaptar el movimiento.

JUNTO A SUS COMPAÑEROS. Los participantes y docentes de la escuela de baile son claves para su integración. JUNTO A SUS COMPAÑEROS. Los participantes y docentes de la escuela de baile son claves para su integración.

El cuerpo y la historia

Flor tiene una condición genética difícil de pronunciar. Se la conoce como mielomeningocele. Esa historia médica convive con su presencia, que es luminosa. Tiene el cabello oscuro, lacio y largo, alegres ojos café, anteojos grandes y una sonrisa generosa que acompaña cada respuesta.

Además del baile, trabaja como administrativa en la Municipalidad de San Miguel de Tucumán. Vive con su familia, integrada por sus padres Carolina y José y sus cuatro hermanos. El apoyo familiar es una constante en su vida y también en cada presentación artística.

Cada vez que puede, se disculpa por los nervios que la dominan al principio de la charla. Pero pasan los minutos y se relaja mientras la charla sigue.

“Mi familia me acompaña en todo lo que hago, tanto en lo laboral como en lo que me gusta. Siempre están presentes”, cuenta la joven y agrega que son ellos quienes la trasladan a cada actividad y la motivan a animarse a cosas nuevas. Dice algo al pasar -como si no fuera tan importante- aunque sí lo es para ella y los suyos. Recuerda que a los 12 años participó en los Juegos Evita Adaptados y obtuvo una medalla de oro en las categorías Carrera en Silla y Lanzamiento de Bala. Y también tuvo un acercamiento a la música a través del piano, aunque hoy su energía está puesta en otro arte.

El camino hacia la danza

El vínculo con el folclore empezó en casa. “Primero empezó a tomar clases mi hermanita más chica, Candela. Después comenzó mi mamá. Yo las iba a ver y me insistían para que me sumara”, cuenta. Dudó al principio, pero terminó aceptando la invitación. “Fue un desafío y también una cuestión de valentía”, admite. Al comienzo sintió incertidumbre, aunque el acompañamiento familiar y del grupo la empujó a probar las clases.

“Después de un tiempo sentí la necesidad de tener mi propio espacio, de independizarme un poco de mi mamá, y ahí me integré a una academia distinta a la que iba ella, que es en la que continúo hasta el momento”, relata. Si bien sus primeros pasos en el folclore fueron antes, su recorrido más constante lleva alrededor de tres años en la escuela Pura Danza.

Bailar en silla de ruedas implica una adaptación permanente. Para Florencia, ese proceso no fue sencillo ni imposible. “No fue fácil ni difícil. Siempre había nervios, no sabía si iba a salir o no a la pista. Pero tenía muchas ganas de aprender. Con el tiempo me fui dando cuenta de que podía hacerlo. Fue divertido”, dice.

Su profesor, Alejandro Campero, explica que la adaptación es parte del trabajo cotidiano. Con didáctica y predisposición se logra una adecuación acorde a cada alumno. “Lo demás se va dando en un ida y vuelta con el alumno y con la práctica”, señala.

Flor coincide en que la clave está en la voluntad compartida. “Todo tiene que ver con la predisposición de ambos, del profesor y mía. Yo estaba dispuesta a aprender y él también a enseñarme. Así se fueron adaptando las danzas”, afirma.

Chacarera al escenario

Entre los distintos bailes, hay uno que ocupa un lugar especial. “Me gustan todos los bailes, pero la chacarera es la que más fácil se me hace”, confiesa. El uso del pañuelo suma una dificultad extra, ya que coordinarlo con el movimiento de la silla no siempre resulta sencillo. “Es linda la zamba pero el pañuelo es complicado porque mis manos están siempre ocupadas. En la chacarera se me facilita un poco más moverme con la música, por eso me gusta”, agrega.

Los espacios no siempre acompañan; la bailarina advierte que muchos escenarios no están preparados para personas en silla de ruedas. “Muchas veces no hay rampas. El único lugar donde vi que había una fue en el teatro San Martín”, señala. Aun así, no desiste. “Siempre tengo predisposición para ir y bailar donde sea. Lo importante es querer hacerlo, después se verá cómo se adapta el espacio, pero siempre tengo ganas”, dice con firmeza.

La felicidad como motor

“El folclore me regaló dos amigas que quiero mucho, Elisa y Carolina”, afirma mientras sonríe y cuenta que las extraña durante el receso de la academia en el verano. Repite los nombres de las compañeras para no olvidarse de ellas y aclara que son importantes.

Cuando se le pregunta qué sensación le genera bailar, ella piensa y se calla. Busca las palabras para responder. “No sé cómo expresarlo bien, no me salen las palabras para decirlo como quiero”, aclara, pero después de un par de segundos encuentra la forma de transmitir lo que siente: “Cuando bailo me olvido de la silla de ruedas”.

“Bailar me da felicidad. Cada vez que bailo me siento liviana. Es una sensación muy linda, como una forma de libertad”, sostiene y deja salir una risa sutil, otra vez tímida.

Temas Tucumán
Tamaño texto
Comentarios
Comentarios