En estos días de vacaciones (de “vacancia”, si se quiere) pueden observarse de modo nítido dos formas de sobrellevar el tiempo y el lugar. Por una parte, cierto tipo de gente capaz de ensimismarse en algún rincón a leer o a pensar en la inmortalidad del mosquito; y otra clase de persona que se dedica a sacar al tipo arrinconado de su ensoñación para hacerle alguna propuesta o planteo. En general, el objetivo es sencillamente romper ese estado, por decirlo de modo amable. Sepa el arrinconado que tiene poderosos argumentos que quisiera arrimarle. Si tiene ganas de leerlos y no le molesta.
Gaston Bachelard (1884-1962) fue un filósofo francés singular, difícil de encasillar. Profesor de Física y Química, soldado, filósofo, políglota. Su carrera filosófica comenzó dedicada a pensar cómo progresa la ciencia y cómo el conocimiento avanza rompiendo con prejuicios y hábitos mentales. Más tarde se volcó a pensar la imaginación, la casa, los objetos cotidianos y la experiencia íntima. La poética del espacio, obra que hoy se enseña a los arquitectos, gira en torno a la esencia de la casa y se detiene especialmente en dos lugares clave: el cajón y el rincón.
El cajón aparece ahí como una invención silenciosa. No organiza para usar ni conserva para exhibir. Guarda. Y guardar, en Bachelard, nunca es neutro. El cajón protege lo que todavía no puede decirse si es, fue o será valioso. Adentro está lo que no está listo para ser recordado ni para ser olvidado. Por eso los cajones resisten el orden perfecto. Siempre hay alguno que se desborda, que no encaja, que guarda cosas sin nombre. Bachelard no ve ahí un defecto doméstico, sino una forma elemental de sabiduría: no todo debe resolverse. Un pequeño pacto con el diablo del tiempo.
Vamos ahora al rincón; verá usted lo necesario que era comenzar por los cajones. Mientras el cajón guarda cosas, el rincón guarda al que guarda. En el rincón, el cuerpo deja de estar a la intemperie del mundo. Una hamaca, una esquina, un sillón desfondado donde uno se zambulle o deja deslizar la mirada por los lomos de los libros. En ese gesto mínimo -balancearse, apoyarse, hundirse, posar la mirada- uno puede correrse por un rato del transcurrir de las cosas, casi existir sin actuar.
Cajón y rincón trabajan entonces juntos en la cabeza de Bachelard. Uno protege lo que no puede decidirse dónde va; el otro protege a quien no quiere decidir nada por el momento. Son tecnologías domésticas de la intimidad. Formas espaciales de un derecho elemental: no estar siempre disponible. De ahí que la idea misma del vestidor o de las cuadrículas expuestas para la accesibilidad total hubieran sido para él un horror, como lo sería hoy el celular, que sacrifica el espacio en favor de la simultaneidad permanente con otros.
De modo que puede usted invocar el derecho de no disponibilidad cuando algún hiperquinético sin rincón le reclame su atención. En caso de ser un asunto más básico, que su pequeño hijo o nieto venga a sacarlo de su ensoñación de hamaca, hágaselo saber pero con un agregado pedagógico; instar a que busque su propio casillero, su rincón. Los niños tienen más capacidad -y más felicidad- para los rincones que nosotros, que pareciera que con los años vamos viendo cada vez menos. Como si al crecer pasáramos de arrinconados a amotinados.
Eso sí: Bachelard fue especialmente duro con los edificios. En La poética del espacio escribe, sin demasiada indulgencia y a propósito de las construcciones verticales, que en París ya “no hay casas”, sólo cajas superpuestas, agujeros convencionales numerados por calle y piso, habitaciones sin entorno ni profundidad. Para el soñador de casas que era, los rascacielos carecían de raíces. Los ascensores, decía, habían destruido incluso el heroísmo de la escalera, con lo cual muestra que jamás habitó, digamos, un quinto piso.
Bachelard fue injusto: donde hay vida hay raíces, tal vez menos evidentes que las de las casas “totales”; y, a la inversa, ocurre que los cimientos siempre prometen vida. Una amarga prueba es, quizás, que llamemos “El esqueleto” a esa increíble estructura trunca de la universidad que sigue en el limbo de algún cajón. Una humilde opinión, desde un improvisado rincón.








