ELABORACIÓN. Jesús Cancino contó que utiliza alrededor de 70 metros de esterilla de cuero para reforzar los asientos de los sillones artesanales.
Axel Cancino mide unas tablas de pino sobre una estructura de metal. Las acomoda, corrige la posición y vuelve a medir con una regla más larga de lo habitual. El gesto es preciso, como si lo hubiera hecho toda la vida. A los 19 años, trabaja todos los días en el taller de carpintería Manuel Cancino, ubicado en un pequeño paraje entre Las Carreras y Santa Cruz, lejos del centro turístico de Tafí del Valle.
El taller queda a unos 15 kilómetros de la villa turística, resguardado entre montañas y fuera del recorrido habitual. No es un lugar de paso ni de exhibición: allí no hay muebles alineados para vender, sino madera apoyada, cuero extendido y manos ocupadas. Axel es la quinta generación de carpinteros de la familia, aunque el oficio lo acompaña desde mucho antes. “Desde chico siempre me dio curiosidad lo que hacía mi familia”, dice. Hoy empieza a asumir un legado que no es liviano.
El taller funciona en dos espacios. Una habitación pequeña dentro de la casa guarda herramientas, materiales y restos de trabajos anteriores. El corazón del oficio, sin embargo, está afuera. Allí se trabaja con luz natural, aprovechando el clima privilegiado del valle. Tafí permite que la carpintería suceda al aire libre durante gran parte del año.
Jesús Cancino, padre de Axel, está terminando un sillón. La estructura ya está armada y ahora ajusta las pasadas de cuero crudo que forman el asiento. “Esto no es solo para que quede lindo, es para darle fortaleza”, explica, mientras tensa una tira y vuelve a pasarla. Minutos antes había terminado de limpiar un cuero de vaca recién carneada. Decidió estaquearlo para quitarle la carnaza, la capa interna del cuero que debe desaparecer antes de empezar cualquier trabajo. “El proceso es simple, pero lleva tiempo. Esto es para que no quede ningún resto del animal y tampoco se haga mal olor”, cuenta.
HERENCIA. Jesús heredó el oficio de la carpintería de su padre Manuel.
“Primero se seca el cuero completo, después se separan las partes finas de las gruesas”, dice. Las más grandes se usan como piezas enteras; las más finas se convierten en esterilla, una lonja de cuero crudo que luego se entreteje. “Es una de las partes más delicadas del trabajo. Cada artesano tiene su técnica”, indica.
Jesús hace muebles de todo tipo: sillas, sillones, banquetas, pies de cama... “Lo que se le ocurra, lo hago”, reconoce. Siempre con la misma identidad: madera y cuero. Sus sillas tienen un detalle particular que no es casual. El respaldo no cierra en ángulo recto. “Les doy una reclinación un poco más abierta. La idea es que la persona pueda descansar mejor”, explica, y aclara que se trata de un ángulo más abierto que las sillas armadas a 90 grados.
EL HEREDERO. Axel es la nueva generación de carpinteros y toma la posta.
El que inició todo
Dentro del espacio donde guarda la mercadería hay una imagen que domina todo: una foto grande de Manuel El Ñato Cancino, su padre. Fue él quien le enseñó el oficio, aunque no empezó joven. Llegó a la carpintería a los 30 años, después de haber sido agricultor, de trabajar en una estación de servicio y de haber tenido otros oficios. “Mi papá me pidió ayuda porque ya estaba grande para algunos trabajos y yo decidí quedarme”, recuerda.
Axel tuvo otro recorrido. Empezó a trabajar como carpintero a los 18 años. Actualmente vive en la zona de Los Cuartos y recorre más de 15 kilómetros todos los días para llegar al taller. “Me levanto a las 8; vengo, desayunamos y mi papá me dice qué hay para hacer”, cuenta. Lleva un año trabajando de lleno, pero ya desde chico ayudaba en los ratos libres. “Cuando salía de la escuela venía a hacer tejidos”, indica.
“Llevar el nombre Manuel es algo muy grande acá en Tafí. Tiene mucha historia”, sostiene Axel. No es una frase hecha. Es una firma que se repite como un hilo que cose generaciones. Su tatarabuelo se llamaba Jesús Manuel Cancino y fue quien inició el trabajo en carpintería en Santa María. Su bisabuelo, Manuel Santos, se instaló en la zona de los valles tafinistos. Y luego llegaron su abuelo, Manuel “El Ñato” Cancino; su padre, Jesús Manuel; y él, Axel Manuel. Cinco generaciones, un mismo oficio.
“Por eso el taller se llama Manuel Cancino. Porque todos heredamos lo mismo: el trabajo y el nombre”, explica Jesús.
AL AIRE LIBRE. El patio de la casa familiar en Tafí del Valle es el taller. la gaceta / fotos de SANTIAGO GIMÉNEZ
“Era todo campo”
La historia familiar empieza lejos, en Santa María. El bisabuelo migraba con los animales según la época del año. Cruzaba el cerro, volvía, pastoreaba. Tafí era un campo abierto, casi sin habitantes permanentes. “No vivía casi nadie acá. Era todo campo”, cuenta Jesús. Con el tiempo, su abuelo se asentó en esta zona y construyó una casa de piedra y barro, cuyos restos todavía están en el fondo del terreno.
En esos años no se vendía: se trocaba. “Una silla o un catre se cambiaba por animales”, indica. No había luz eléctrica -llegó recién en 1996- y la carne se conservaba como se podía. El clima del valle permitía hacer charqui, carne deshidratada y salada. “Era lo que más se utilizaba”, evoca. En algunas épocas había que irse a otros puntos de la provincia. “Trabajaba en la caña y lo que ganábamos era para comprar mercadería y traer para esta zona, porque acá era imposible de conseguir. La mayoría criaba animales o cultivaba en su patio para subsistir”, recuerda.
La madera tampoco era la misma. Para los muebles se empleaban postes de cercos viejos. “Como cada año se cambiaban, nosotros los usábamos. Como ya estaban secos, nos permitían trabajarlos”, detalla. El cuero siempre era de la zona: había hacienda, animales, campos abiertos. Todo se resolvía con lo que había a mano.
La llegada de la electricidad cambió el escenario. Apareció el turismo y la posibilidad de comercializar sin trocar. Manuel fue uno de los pioneros. Participó en los festivales del Queso y de la Verdura y en la Expo Tucumán. “Cuando empezaron las primeras fiestas, él ya estaba”, recuerda Jesús.
ARTESANO. Todo hecho a mano.
Los últimos
La gran innovación también llegó con El Ñato. Antes, las sillas eran de cuero entero. “Él empezó a implementar los tejidos”, explica su hijo. Sabía soguería y trasladó esa técnica a la carpintería. Así aparecieron la esterilla de cuero, el tejido doble y otras variantes. “Hoy creo que somos de los últimos que quedamos con esta sabiduría -admite-. Había otros artesanos, pero ya no están. Los hijos no siguieron”.
En los Cancino el legado continúa. Jesús lo dice con orgullo, pero también con conciencia. “Creo que mi papá sentía lo mismo que yo siento hoy cuando veo a mi hijo trabajar. Uno va implementando su impronta. Llega un momento en que el alumno supera al profesor”, reflexiona. Él enseña, corrige, repite; también escucha en los talleres que dicta en la villa, en los cursos y en las ideas de los alumnos.
MEDIDAS. Reparación en marcha.
Axel aprende. Todavía no se mete de lleno con el cuero. “Esa es la parte más complicada”, reconoce. Observa, pregunta y repite. “Desde chico siempre me llamó la atención”, cuenta. Hoy corta, repara y arma.
En el taller no solo se hacen muebles. Se sostiene una forma de vida. Se transmite un saber que no está escrito. En un rincón del valle, lejos del apuro de la ciudad, la madera espera, el cuero se seca y la historia continúa, medida en generaciones y en obras.
LOCAL. Los Cancino producen mesas, sillas, banquetas y otros muebles.








