
Por Juan Ángel Cabaleiro
PARA LA GACETA - TUCUMÁN
En la ciudad de Qaanaaq, la más septentrional de Groenlandia, la noche polar dura desde el 24 de octubre hasta el 17 de febrero, y en otras ciudades más al centro, como Ilulissat o Upernavik, el sol se oculta a finales de noviembre y no vuelve a salir hasta mediados de enero, obligando a sus habitantes a mantenerse en sus casas, mayormente en cama, y pasar aquella noche inconcebiblemente larga y fría hibernando entre laberínticas divagaciones oníricas y extenuantes sesiones amatorias. De ahí el carácter alunado e introvertido de los groenlandeses, sus rostros cetrinos, expuestos a interminables baños de luz lunar y al magnetismo descabalante de las auroras boreales.
Algunos se levantan en mitad de esa noche (calculemos un 15 o 18 de diciembre) para ir al baño y atacar de paso en la alacena o el aparador de la cocina trozos de carne de foca o ballena, mordisquear una costilla de oso o darle con la cuchara a las sabrosísimas huevas de salmón congeladas, para regresar fortalecidos al lecho y retomar el hilo amatorio o el de sus sueños y pesadillas. Pero muchos duermen solos y se despiertan con la mente en blanco y el año ya cambiado, y de no ser por los insomnes, los médicos de guardia, los vigilantes y otros esforzados trabajadores o juerguistas nocturnos, el calendario se habría detenido sin que nadie lo advirtiera. El tiempo es una preocupación relativa en aquellas congeladas geografías, y funciona como un espejo invertido del nuestro: entre los groenlandeses, por ejemplo, es común, para expresar demora o dilación excesiva de un evento, decir que este ha ocurrido “de la noche a la mañana”.
El llamado “sol de medianoche”, en verano, es el fenómeno inverso: allí el sol permanece visible sobre el horizonte desde finales de mayo hasta principios de agosto, bañando el paisaje de una luz cálida y dorada, similar a un atardecer que languidece sin fin. La noche se anuncia, pero se demora indefinidamente en llegar; los comercios no cierran, los escasísimos pubs no abren y la gente no se decide a abandonar sus tareas y regresar a sus casas… Muchos lo comparan con un abúlico atardecer de domingo, pero dilatado hasta la exasperación. El sol continúa rodando sobre la línea del horizonte y los relojes parecen seguir una lógica disparatada. No sorprende que teorías como el Terraplanismo, el Geocentrismo, la Tierra Hueca, los Soles Múltiples y otras excentricidades astronómicas hayan surgido casi todas en Groenlandia, en esos momentos de profundo desconcierto y desasosiego, y desde allí se hayan expandido a múltiples rincones del planeta, incluida la Casa Blanca.
Y ahora Donald Trump, con el patrocinio de la CIA y del Pentágono, pretende tomar el control de estos fenómenos y regularlos en su beneficio. No sabemos bien por qué, aunque podemos imaginarlo. Se habla de un interés económico estratégico, de las vastísimas llanuras groenlandesas como ideales para el cultivo futuro de granos, solo comparables a las que Putin tiene reservadas en Siberia, calentamiento global mediante. Se sospechan muchas cosas, incluso de una complicada argucia para contabilizar los días en que caducaría su mandato. Trasladando la capital de EE.UU. de Washington a Qaanaaq, y midiendo el calendario según el natural transcurso de “blancos días y de negras noches”, Trump debería entregar el poder el 25 de octubre de 2034, y no el 20 de enero de 2029, como damos por supuesto. Tales asuntos calculan fríamente los nigromantes trumpistas al comando de la CIA y del Pentágono. Pero sea cual fuere el motivo, la decisión está tomada: Groenlandia pasará a ser territorio de los EE.UU., por las buenas o por las malas. Calculan el precio que estarían dispuestos a ofrecer para comprarla, como han hecho con Luisiana, Florida, Alaska, California, Arizona o Nuevo México, sin olvidar isluchas o archipiélagos menores. Calculan, incluso, una posible intervención armada, muy a su estilo, en mitad de la noche (¿entre el 15 y el 18 de diciembre?) para imponer en los mástiles su bandera.
Y yo me pregunto: cuando una muchacha de Qaanaaq se levante por fin de la cama luego de una maratónica noche de pasión groenlandesa y se acerque a la ventana con un cigarrillo entre los dedos a contemplar el nacimiento del sol en el horizonte, ¿aceptará con mayor sorpresa que, de la noche a la mañana, su país es Norteamérica, o que lleva la mitad de un embarazo en curso?
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Juan Ángel Cabaleiro – Escritor.







