
La desconfianza, lejos de ser una postura terca e irracional, debe ahora ser admitida como una postura sensata e inteligente. Creer en la palabra de un desconocido, por mucho que parezca “honesto”, sin fundamentos básicos a mano, es estúpido. Recordemos que “prometer, cualquiera promete”; pero cumplir, “no cualquiera”. Los Tribunales están atiborrados de demandas por promesas “incumplidas”, que a la larga se convierten en delitos, aptos para la intervención de la ley. Todo esto es costoso, molesto e indeseable, porque afecta a nuestra integridad y confianza personal. Hay que aprender a decir no cuando algo no está perfectamente claro ante tus ojos, más allá de que necesites tiempo, incluso ayuda externa, para entender. Y si eres lerdo para razonar, mala suerte. Pero, llegado el caso, tomarse el tiempo para decidir entre aceptar o rechazar una determinada propuesta es de sabios. La mentira y el engaño son como las moscas: están en todos lados y/o en los peores momentos. Tales como aquellos en donde se juega una felicidad o desgracia futura. A veces es muy fácil equivocarse. LA GACETA reportó sobre una gran estafa a una concesionaria de autos por haber confiado en documentos y cheques a futuro de clientes desconocidos. El engaño está en todos lados y es tan viejo como el mundo. No nos queda otra opción que tener la desconfianza siempre en mente.
Darío Albornoz







