La Quebrada recuperada y el sentido de lo público

Quebrada de Lules. Quebrada de Lules. ARCHIVO LA GACETA / FOTO DE ANALÍA JARAMILLO
Hace 18 Hs

Hay decisiones que no se miden en metros ni en actos oficiales, sino en reivindicaciones. La recuperación de más de 120 hectáreas de la Quebrada de Lules es uno de ellos. Esta semana reflejamos en las distintas plataformas de LA GACETA la reapertura a la ciudadanía de una zona que había permanecido en manos privadas durante 40 años.

No solo se devolvió a la comunidad la posibilidad de vivir de cerca un paisaje emblemático, sino que se repara una ausencia extendida durante demasiado tiempo. La Quebrada estuvo ahí, visible, cercana, pero vedada. Como una postal con alambrado.

La firma de las escrituras que restituyen esas tierras al patrimonio público marcó, en octubre, un punto de inflexión. No se trató únicamente de revertir una privatización. Implicó reponer una idea: la de que hay bienes que no pueden quedar librados a la lógica del mercado. La revalorización de lo público, lo que nos pertenece a todos, es fundamental.

El área es historia, identidad, agua, biodiversidad y experiencia colectiva. El sitio tendrá horarios diurnos, de 9 a 19, con el fin de preservarlo. Las objeciones que circularon en redes sociales frente a la prohibición del fuego, la música o determinados usos recreativos revelan una tensión natural: la dificultad de aceptar que no todo espacio al aire libre puede adaptarse a cualquier forma de disfrute.

La consigna en la Quebrada es clara y deliberada: descanso, encuentro y contacto con la naturaleza, sin contaminación ni intervenciones que alteren su equilibrio. El límite, en este caso, no es un obstáculo sino una condición para que esa porción de yunga se conserve de la mejor manera posible.

La decisión tiene fundamentos que exceden la coyuntura. La Quebrada de Lules forma parte de un sistema ambiental estratégico para la provincia y concentra capas de historia que conviven. Fue asentamiento de los pueblos originarios lules, que habitaron la zona durante siglos en integración con el paisaje, una experiencia registrada por cronistas jesuitas que dejaron testimonio de su lengua, de sus costumbres y de sus vínculos con otros pueblos. Más tarde, el mismo corredor natural albergó uno de los primeros emprendimientos hidroeléctricos del país, hoy reducido a vestigios que aún narran una etapa de la relación entre desarrollo y naturaleza.

Pero lo más valioso no siempre es lo que se ve. La riqueza de la Quebrada está en su biodiversidad y en el rol que cumple el ecosistema de yungas en la generación del agua. Ese monte espeso, que a veces se percibe sólo como paisaje, es una infraestructura vital: regula el clima, produce lluvias y sostiene los ríos.

El desafío no termina con la reapertura. Empieza ahí. Devolver un espacio a la comunidad implica definir cómo se lo habita, cómo se lo cuida y qué límites se establecen para que no vuelva a perderse, esta vez por deterioro. Avanzar con controles, servicios básicos y reglas claras es la diferencia entre el uso responsable y el desgaste rápido. Recuperar la Quebrada significa todo eso.

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