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Pasa todo tan rápido que cada vez se habla menos de Nicolás Maduro. Se va haciendo líquido, como el mundo que tan atinadamente describió Zygmunt Bauman. Ahí quedó Maduro, en una celda, prisionero de su propia historia. Volverá a ser noticia cuando la maquinaria judicial de un país que no es el suyo decida qué hacer con él. Imposible que no le ronde por la cabeza aquella imagen de Saddam Hussein con la soga al cuello. ¿O no habrá en los entresijos de esta saga una cadena de acuerdos de los que nada se sabe, mucho se conjetura y, tal vez, solo tal vez, algún día salgan a la luz?
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Pasa todo tan rápido que a Maduro y a su esposa -rol de reparto con el que jamás debe haber soñado- los extirparon de su “casa segura” hace apenas una semana y parece que hubiera transcurrido un año. La operación ratificó lo que intuíamos: eso que se ve en el cine no tiene nada de exagerado. Matar más de 30 guardias sin sufrir bajas, meterse en una fortaleza vendida como inexpugnable, en cuestión de segundos sacar un presidente de la cama, calzarle una venda, subirlo a un helicóptero y llevarlo a un portaaviones siempre fue cosa de la pantalla. Pero sabemos que no hay guión más espectacular e imbatible que el escrito por la realidad, en este caso por la Delta Force, gente con la que mejor sería no cruzarse.
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Pasa todo tan rápido -también- porque Donald Trump está apurado. Autodeclarado dueño del hemisferio, completo, de punta a punta, dejó clarísimo en Venezuela que lo suyo ya no son amenazas. Mañana, dentro de una semana, en cualquier momento, Estados Unidos puede incursionar en Groenlandia, en Cuba o donde se le ocurra. Ayer Trump incluyó directamente a México en ese listado de objetivos para su Delta Force. En ese caso se trataría de atacar a los cárteles que -palabras textuales- “controlan ese país”. Nunca la Doctrina Monroe (“América para los americanos”, que se traduce hoy por América para Estados Unidos) llegó tan a fondo y sin máscaras. Y lo que es más grave, gravísimo, es la tendencia a naturalizar todo esto. A aceptarlo como algo que, indefectiblemente, va a pasar.
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Alan McPherson es un historiador estadounidense, autor del libro “Breve historia de las intervenciones de EE.UU. en América Latina y el Caribe”. Un conocedor del tema, infinitamente más calificado que la legión de opinadores que atestan las redes. Porque, se sabe, esta semana todos somos expertos en geopolítica. Entrevistado por la BBC, McPherson dejó algunas definiciones precisas:
- “Si puedes sacar a un presidente por una acusación de delitos, probablemente podrías inventar casi cualquier excusa para sacar a cualquier otro presidente que no haga lo que los estadounidenses quieren que haga. El principio de soberanía nacional es el más importante en las relaciones internacionales de América Latina, y esto va en contra de eso”.
- “Como académico e historiador de las ocupaciones militares de EEUU en América Latina, digo que suele haber una dinámica: en seguida después de que las fuerzas estadounidenses desembarcan, muchos tienden a vitorearlas porque creen que traen estabilidad, democracia, y sacan a los malos líderes. Pero por lo general, en un plazo de seis meses o dos años, se dan cuenta de que están siendo gobernados por militares estadounidenses que en realidad no están para ayudarlos, sino para defender los intereses de EEUU. Y a menudo eso no coincide con lo que quiere la gente en el terreno”.
- “Es muy inusual que el gobierno de EEUU, al llevar a cabo una intervención, no haga al menos un gesto simbólico hacia la democracia. Si escuchan las conferencia de prensa ni una sola vez mencionan la palabra democracia o elecciones. La única prioridad de la que habló el propio presidente (Trump) fue proteger el petróleo y transferirlo a las compañías petroleras estadounidenses”.
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McPherson pone en palabras lo que el ni el más ingenuo de los ingenuos se animaría a refutar: a Trump/Estados Unidos lo tienen sin cuidado los padecimientos del pueblo venezolano. El que mejor lo refleja es de The New Yorker, cuya tapa muestra a Trump bebiendo de un barril de petróleo. No hay piedra más molesta en el zapato de los poderosos que el periodismo independiente, y el estadounidense es ejemplar en ese sentido, al punto de haber acorralado -y obligado a renunciar- a un presidente que se pretendía intocable como Richard Nixon. Trump no es Nixon, obvio, pertenecen a especies distintas del ecosistema político, pero si algo los une es la antipatía hacia la prensa, aunque Nixon no cruzó líneas que Trump traspasa a diario con sus posteos. The New Yorker, prestigiosa, fina, profunda, implacable, sintetizó en una de sus maravillosas portadas de qué va todo este entuerto. Disgresión: en Netflix puede disfrutarse un documental que cuenta la historia de la revista, en el marco de los festejos por sus 100 años.
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El politólogo Andrés Malamud proporcionó otra síntesis, igual de certera, en el título de un análisis que publicó en La Nación: “Venezuela, de dictadura a colonia”.
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¿Qué hay de Venezuela? “Ha tenido más de un cuarto de siglo de una gestión socialista muy corrupta de la economía, que está tan deteriorada que ya no tiene mucho espacio para la empresa privada. Hay que invertir miles de millones de dólares para que los ingresos del petróleo alcancen su potencial real -analiza McPherson-. Los venezolanos no han vivido realmente en democracia durante un cuarto de siglo. Hay una corrupción masiva y profunda. Será muy difícil salir de eso. Acabar con la corrupción va a ser mucho más difícil que celebrar elecciones”. Corrupción que alcanzó, por supuesto, el fraude electoral, y por ende tornó ilegítimo el gobierno de Maduro. Un régimen insólitamente apoyado, o al menos disimulado, por cierto progresismo que defiende todo lo que Maduro y sus esbirros se ocuparon de perseguir y atacar.
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Este es el capítulo de la lógica binaria dominante: quien reprueba la intromisión de Estados Unidos dentro los límites de una nación soberana es un adicto a la dictadura de Maduro. Y viceversa. En este mundo despojado de matices está prohibido el pensamiento crítico; hay una policía instalada en el seno de la opinión pública que condena con la misma fiereza a quien piensa distinto y a quien procura un equilibrio. Lo venimos padeciendo desde hace años, en todos los temas, y tiende a empeorar.
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Está todo mezclado, espeso, incierto. Como los reflejos de la comunidad internacional permanecen dormidos desde hace rato, sus líderes quedaron reducidos a la inocua condición de comentaristas. Aprueban o condenan lo que va sucediendo en los teatros conflictivos (Rusia-Ucrania, Israel-Gaza, EEUU-Venezuela) como quien opina sobre una película. Palabras que no sirven para nada. Un editorial de LA GACETA se preguntó esta semana: ¿qué hacemos con el Derecho Internacional? Es letra muerta en tanto no exista la decisión de hacer cumplir los principios que establece. Esta es una de las muchas cuestiones de fondo irresueltas.
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Quienes saben lo que pasa en Venezuela son los venezolanos. Parece mentira, pero hay que recordarlo. Ocho millones de ellos, tal vez más, le dijeron no al chavismo y se marcharon de su país. Otros se quedaron, oponiéndose al régimen como pudieron, sobre todo votando en contra en elecciones cuestionables. Y otros, claro, siguieron creyendo en su gobierno y lo respaldaron. Son los venezolanos los artífices de su destino, los mismos que salieron a las calles para protagonizar el “Caracazo” que cambió la historia moderna del país y derivó, justamente, en el acceso de Hugo Chávez al poder. Si Argentina -y sobran los ejemplos- salió de todas las dictaduras que padeció desde la fuerza de la movilización popular, era de esperarse que en Venezuela sucediera lo mismo. Lo que hizo EEUU fue obturar el principio de autodeterminación de los pueblos, pero, ¿quién puede tener el tupé de criticar a un venezolano que le agradece a Trump por haberse llevado a Maduro? Estos son los grises, las ambigüedades tan propias de la condición humana; mucho más cuando se trata de gente que padeció el exilio o la violencia.
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Pasa todo muy rápido, es tan inestable el escenario que en pocas horas todo puede cambiar. Pero de algo podemos estar convencidos; lo dijo a modo de despedida el propio McPherson: “ya no existe el altruismo”.








