
El invento millonario que fue sensación a fines de los 90.

Hubo un tiempo, no tan lejano y a la vez infinitamente distinto, en el que la tecnología entraba en nuestras vidas con forma de llavero, pantalla monocromática y pitidos insistentes. Era 1996 y en Japón nacía el Tamagotchi para convertirse, casi sin proponérselo, en uno de los grandes íconos de la cultura digital de fin de siglo. A tres décadas de aquel debut, la mascota virtual vuelve a la escena cargada de memoria y emoción; y por supuesto despertando en Tucumán una nostalgia que late fuerte entre esos jóvenes, hoy adultos, que crecieron cuidando a un pequeño ser pixelado.
Sí, ese aparato tan pequeño, simple y revolucionario irrumpió a finales del siglo XX para cambiar la manera en que los niños, las niñas y los adolescentes (en nuestra provincia y en el mundo) se relacionaban con la tecnología. Porque para muchos no era solo un juego; era también una responsabilidad. Alimentarlo, curarlo cuando se enfermaba, limpiar su espacio y entretenerlo eran tareas diarias que exigían una atención constante. Y un simple descuido tenía consecuencias irreversibles, como la muerte de la mascota virtual, que dejaba una sensación de pérdida que muchos aún recuerdan.
Tucumán, parte del furor
Creado el 23 de noviembre de 1996 por la pedagoga japonesa Aki Maita, el fenómeno se expandió con rapidez y caló hondo en toda una generación. Hoy, los millennials lo evocan con una mezcla de ternura y melancolía, mientras que la Generación Z lo redescubre como un objeto vintage, cargado de estética retro.
En Tucumán, a fines de los 90, el Tamagotchi fue furor. Se colaba en mochilas escolares, sonaba en medio de las clases, protagonizaba recreos y conversaciones familiares. Llegó a través de locales de electrónica y jugueterías que vendían el modelo original importado, aunque su precio elevado y la limitada disponibilidad dieron lugar rápidamente a un mercado paralelo. En plazas, peatonales y calles, los puestos ambulantes ofrecían versiones más accesibles (los "truchos"), convirtiendo al Tamagotchi en un objeto de deseo tan buscado como compartido.
Pero no todo era entusiasmo. En diciembre de 1997, LA GACETA publicó una nota que advertía sobre el impacto del fenómeno. El diario señalaba que no se trataba de un “inocente jueguito”, ya que el Tamagotchi exigía atención permanente y podía generar angustia, ansiedad y trastornos del sueño ante la posibilidad de que la mascota virtual muriera. La alarma estaba encendida y el debate sobre tecnología y emociones comenzaba a instalarse.
Sin embargo, con el paso del tiempo, el Tamagotchi se reinventó. Bandai -la compañía japonesa fabricante- respondió a las críticas con una nueva versión en la que, tras la muerte del personaje, un ángel descendía en la pantalla para conducirlo a la “vida eterna”.
Está entre nosotros
Hoy el Tamagotchi sigue vigente, adaptado a la era de los smartphones. A través de aplicaciones móviles, la experiencia se trasladó a las pantallas táctiles y a la conectividad permanente. Sin perder la lógica del cuidado cotidiano, estas versiones de 2026 permiten interactuar en tiempo real, personalizar personajes y compartir progresos, demostrando que aquel jueguito de los ‘90 supo crecer sin perder su esencia.
También mantiene su valor como objeto de consumo y de colección. Bandai Namco asegura haber vendido más de 100 millones de unidades en todo el mundo. En el mercado local, los precios rondan los $46.000, mientras que en plataformas internacionales como Amazon los valores oscilan entre los U$S20 y los U$S70, con ediciones especiales que alcanzan los U$S100. Los modelos originales de los años 90, en perfecto estado y con su empaque, pueden cotizarse entre U$S300 y U$S1.500. En Temu, en tanto, se consiguen versiones originales entre $55.000 y $90.000.
Tres décadas después, aquel aparato que llegó en forma de huevito de plástico y se colgaba como llavero en los delantales de muchos niños tucumanos, sigue evolucionando y, por supuesto, esperando ser cuidados una vez más.







