Cartas de lectores II: educación en la época colonial

06 Enero 2026

Los primeros gobiernos revolucionarios y sus sucesores, durante la primera mitad del siglo XIX, inmersos en un clima de guerra y de conflictos facciosos, siempre aspiraron a la construcción de un nuevo Estado, pero carecían de una serie de recursos (económicos, control soberano, etc.) que garantizaran su funcionamiento. Eran estados embrionarios que, a partir de 1810, pugnaron por independizarse y debieron enfrentar muchos frentes de conflicto. El campo de la educación fue sostenido por el Cabildo, pero coexisten, conflictivamente, con la lucha por los contenidos entablada por la Iglesia. La Iglesia, diluida en ese embrionario estado como una especie de órgano burocrático, fue detentando algunas de sus funciones, entre ellas la educativa. Las escuelas que comenzaron a abrirse con algo más de sistematicidad respondieron a tres tipos: congregaciones o parroquiales, las del Cabildo (escuelas públicas) y la de particulares con autorización del Cabildo. En 1809, Santiago de Liniers proyectó un primer seminario de Primeras Letras incluso para alumnos internos, pero por los hechos de 1810 esto no se concretó. Los españoles, al entrar a Tucumán, vinieron con las órdenes de los Comendadores de San Juan, en 1543; los Dominicos en 1550; los Mercedarios en 1557; la Orden Franciscana en 1566 y los Jesuitas en 1585. Los Franciscanos fueron los primeros que tuvieron una escuela en el primitivo San Miguel de Tucumán. En 1598 los Jesuitas fundaron su colegio. La acción educativa de ambos se prolongará mucho más allá de la época de conquista. En el siglo XVIII, con el Virreinato, era escasa la educación. En 1791, el gobernador intendente ordenó a los Dominicos y Franciscanos que establecieron una escuela de primeras letras y gramática.

Pedro Verasaluse

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