

Con el período estival comienzan las lluvias en esta región, con todo lo bueno y lo malo que acarrean. Por un lado alivio frente a las altas temperaturas tucumanas, y por otro inundaciones, anegamientos en calles y caminos y, cuando son muy intensas, pueden provocar daños en las viviendas, cortes de energía o caída de árboles o ramas añejas.
Dentro de ese contexto climático, un tema que puede parecer menor, aunque lejos está de serlo, es la manera en que nos movilizamos por las ciudades cuando llueve copiosamente o durante varios días seguidos.
Es habitual que en las calles, más allá de que estén en buen o en mal estado, se acumule agua en las esquinas, donde están los desniveles más pronunciados, también en baches y roturas en el asfalto, junto a los cordones o en tramos poceados en las arterias que no cuentan con pavimento.
Lamentablemente, es demasiado común ver que los vehículos en general, autos, motos, camionetas, camiones o colectivos, no reducen la velocidad cuando atraviesan un charco de agua.
Esto genera que se produzcan fuertes salpicaduras en su entorno, que a veces parecen verdaderos baldazos de agua que llegan a alcanzar varios metros de distancia, líquidos pocas veces limpios e incluso mezclados con derrames cloacales, tan abundantes en Tucumán.
Las principales víctimas son los peatones, que esperan cruzar en una ochava o caminan cerca de los cordones, sobre todo en veredas angostas, o los ciclistas que se encuentran totalmente desprotegidos ante un súbito baño de agua sucia inesperado. Los motociclistas, por su parte, son víctimas y victimarios de este molesto fenómeno, ya que hay quienes provocan las salpicaduras al cruzar a gran velocidad, o a más de la apropiada, estos cursos de agua artificiales causados por las tormentas o los derrames de la red, y otras veces sufren en carne propia las consecuencias de otro vehículo que los empapa desaprensivamente.
No se trata sólo de mojarse o ensuciarse, sino que usualmente afecta a gente que está yendo a trabajar, estudiar o a realizar actividades que obligan a presentarse con buena presencia.
Se entiende que en la vorágine de la vida ciudadana ocurren distracciones al conducir -lo que tampoco debería pasar- pero en la mayoría de los casos la causa es la falta de empatía con el prójimo mientras nos movilizamos por las distintas calles de la ciudad.
Con sólo detenernos unos minutos en una esquina, durante o después de una lluvia, vamos a comprobar la cantidad de vehículos que cruzan estas lagunas urbanas sin disminuir la velocidad y salpicando todo a su alrededor.
¿Falta de conciencia cívica? ¿Falta de educación? ¿Falta de solidaridad? ¿Exceso de individualismo y egoísmo? ¿Desaprensión y carencia de empatía? ¿Falta de un registro del otro? Seguramente un poco de todo esto, o un mucho de cada cosa.
Pensamos que es importante reflexionar sobre la forma en que nos movilizamos por una ciudad compartida con muchos seres humanos, en general para evitar siniestros a veces mortales, y en particular cuando atravesamos un charco sin siquiera advertir quién está a nuestro lado.







