

Por Alejandro Urueña - Ética e Inteligencia Artificial (IA) - Founder & CEO Clever Hans Diseño de Arquitectura y Soluciones en Inteligencia Artificial. Magister en Inteligencia Artificial.
Y María S. Taboada - Lingüista y Mg. en Psicología Social. Prof. de Lingüística General I y Política y Planificación Lingüísticas de la Fac. de Filosofía y Letras de la UNT.
A lo largo del año 2025 en nuestras columnas hemos analizado críticamente la falacia, sostenida por empresas (e incluso investigadores), respecto de las “capacidades” de la IA de “pensar, crear, innovar”, etc. El mayor potencial de la IA queda oculto detrás de estas narrativas ficticias: su poder para rastrear información en un universo de millones de datos y condensarla con una velocidad sin parangón humano.
Una serie de desafíos pendientes en el campo de la matemática aportan evidencia y permiten reflexionar sobre las consecuencias que puede acarrear una visión tergiversada de lo que IA afectivamente aporta.
Paul Erdós, matemático relevante del siglo XX, dejó un conjunto de acertijos sin resolver, que forman parte de un corpus de varios cientos más. GPT- 5, sin “pensar” ni “idear” soluciones a 10 de esos problemas, rastreó en la web soluciones existentes que no habían sido consideradas como tales por bancos de datos científicos (Heaven,D., The Algorithm, 22-12-2025). Y lo logró por su capacidad operativa. Para los matemáticos esta búsqueda no sólo sería engorrosa sino que demandaría equipos concentrados en este trabajo en un lapso de tiempo tal vez impredecible.
Y es en ese punto, que se suele pasar por alto, donde los LLM y los algoritmos resultan invaluables. Lamentablemente su inmensa potencialidad de rastreo queda eclipsada cuando se intenta que “resuelvan” problemas o interrogantes que no pueden procesar, pero que podría lograrlo un ser pensante con alta eficacia y certeza a partir de lo que la máquina sí puede hacer.
La representación empañada de mitificaciones de la IA termina obturando su servicio como herramienta. Así, cuando en el campo de la medicina se pretende que la IA recomiende tratamientos a partir de diagnósticos realizados por los algoritmos, muchas veces certeros, este logro inicial puede desembocar en un callejón de errores (en algunos casos, fatales). Algo similar ocurre en el campo del Derecho, cuando se confunde su potencial de procesamiento con las capacidades de asesoramiento y/o elaboración de fallos. Y la lista de ejemplos se multiplica en los diversos campos del conocimiento y de la actividad humana.
La fetichización nos limita la herramienta y conduce a soluciones erradas y erráticas.
El problema entonces está en la “idea” de la IA que se difunde y en los usos con objetivos falaces predefinidos a partir de esa idea. El fracaso o la “alucinación” -en este caso del lado del humano que la emplea- terminan siendo el resultado probable.
Lo importante
Pero si logramos dimensionar con claridad esta doble operación de rastreo y resumen de información que puede realizar la IA respecto del conocimiento digitalizado acumulado por la humanidad, podremos pensarla como una incomparable bibliotecaria que puede encontrarnos -al instante- la información requerida en una biblioteca potencialmente infinita y proporcionarnos una referencia de su contenido. A partir de ahí, la inteligencia, la creatividad es nuestro desafío y responsabilidad, pero hoy con una “cooperación” insustituible. Vale recalcar, sin embargo, que se trata del conocimiento digitalizado; no de todo el conocimiento humano. Este recaudo es insoslayable. No se puede detener la mirada sólo en la web e internet. Hay milenios de patrimonio cognoscitivo de la humanidad que aún restan ingresar en el ciberuniverso y al que la IA no puede acceder. Este hecho no es cosa intrascendente: mucho de lo no digitalizado obedece tanto a la falta de recursos como a sesgos ideológicos.
Tal vez sea hora de que las políticas de Estado desenmascaren las ficciones y difundan con objetividad el potencial digital de la IA a fin de acrecentar su uso eficaz y desalentar la delegación de la creatividad, la inteligencia y el discernimiento crítico. Promuevan la herramienta al servicio del cerebro humano e inhiban la relación inversa que conduce irremediablemente a una involución deshumanizadora.
Entre los millones de parámetros y los patrones encontrados existe la misma relación que hay entre el grano de una fotografía y el paisaje retratado. Los parámetros son simplemente la resolución de la lente: cuantos más posea la máquina, más nítido será el detalle que logre copiar de la realidad humana. Esto explica por qué la IA puede simular un razonamiento complejo o encontrar la “aguja en el pajar” jurídica; no es porque haya aprendido a pensar, sino porque su “cámara” tiene tantos billones de piezas que ha logrado una fotografía perfecta de nuestra lógica. Sin embargo, no debemos confundir la nitidez de la foto con la vida real: por más perfecta que sea la decisión del patrón, el mapa nunca será el territorio, y la biblioteca, por inmensa y ordenada que sea, jamás comprenderá lo que dicen sus propios libros.







