

Cada fin de año, apenas el reloj marca la medianoche, se abre un límite simbólico en el tiempo. No es real, no es tangible, pero existe. Es una frontera invisible que nos empuja -casi nos obliga- a creer que algo cambia. Y, sin embargo, nada se modifica de manera concreta. La provincia sigue siendo la misma, los problemas no desaparecen y nosotros tampoco nos transformamos mágicamente. Pero aun así, renovamos la esperanza.
Los rituales de fin de año funcionan precisamente ahí: en esa tensión entre lo que sabemos y lo que necesitamos creer. Sabemos que no hay magia, pero necesitamos el quiebre psicológico. Necesitamos cerrar una etapa, aunque sea con fuegos artificiales, listas de propósitos y balances muchas veces apenas reversionados. Así nos zambullimos en un nuevo año -2026- imaginando comienzos prometedores. Es una especie de combustible que nos sirve para avanzar.
Desde la antigüedad, los seres humanos nos apoyamos en rituales para ordenar la experiencia. No son caprichos ni supersticiones aisladas, se trata de herramientas simbólicas para enfrentar la incertidumbre. Marcan un “antes” y un “después”, reducen la ansiedad frente a lo desconocido y nos devuelven una sensación mínima de control. No se trata de cambiar la realidad, sino de poder mirarla con otros ojos, dicen los especialistas.
En esta época, como señala la psicóloga clínica Carmina Varela, entrevistada en LA GACETA, se siente con fuerza el mandato de la renovación. Aparecen preguntas que no todos están preparados para enfrentar. “El problema es que, al hacer balances, solemos poner el foco casi exclusivamente en el tener o en el hacer. Qué logré, qué perdí, qué hice, qué dejé de hacer. Tal vez la pregunta más incómoda -y la más necesaria- sea otra: ¿quién estoy siendo?”, apunta la especialista.
El eje no siempre debería estar en el rendimiento, sino en el deber ser, en la coherencia entre lo que somos y lo que decimos querer. En ese sentido es de lo más oportuna esta época, en la que solemos encontrar valiosos momentos para la introspección.
Por eso quizás valga la pena pensar el inicio de año desde otro lugar. No tanto desde la exigencia de la transformación total, sino desde gestos más profundos y silenciosos. Varela propuso durante la entrevista trabajar sobre cinco ejes:
- ¿A quién agradecer, más allá de lo religioso? Tal vez a un compañero de trabajo, una amistad, incluso a un desconocido.
- ¿Qué error o mala decisión necesito perdonarme? No lo que debería haber hecho, sino lo que hoy puedo soltar.
- ¿Qué personaje quiero dejar de interpretar? La vida es un escenario y, sin darnos cuenta, repetimos roles con los que terminamos identificándonos, aunque ya no nos representan.
- ¿Qué relación quiero cultivar o transformar?
- ¿Qué descubrí sobre mí que me haga sentir orgullo?
Desde la psicología, los rituales funcionan porque crean cierres, actúan como anclas emocionales y fomentan la sensación de agencia: hacer algo -aunque sea simbólico- nos hace sentir parte activa del cambio, no simples espectadores del tiempo que pasa. Quizá sea momento de tomar un rol más activo para ese cambio esperado.




