Conectados

Los teléfonos celulares llegaron para quedarse.

27 Febrero 2005
Los cuatro amigos, adolescentes ellos, conversaban animadamente en un bar. De fondo, la música le daba un buen marco a la reunión. Sobre la mesa, vasos, una picada y dos botellas de cerveza. Cigarrillos, encendedores y... celulares. De pronto, uno de ellos vio a una amiga, que estaba a pocos metros de él, y tomó su teléfono. Sin levantarse de la silla, comenzó a apretar las teclas para mandarle un mensaje. Una nueva melodía se mezcló con la música en vivo, y otro de los amigos advirtió que era su celular, que sonaba. Atendió y comenzó a charlar, mientras se reía. El tercero de la mesa, entonces, vio la oportunidad, y tomando su celular, comenzó a participar en una carrera de autos virtual. El cuarto advirtió que era el momento como para perpetuar esa reunión, y comenzó a sacar fotos, también desde su celular. En menos de un minuto, la mesa se convirtió en un pasaje de una novela de Isaac Asimov. El futuro ya está aquí.
La explosión se produjo hace menos de un lustro. Comenzaron a salir al mercado objetos que hace una década sólo se veían en películas de ciencia ficción. Pero en este caso, todo llegó más temprano que tarde y hoy los encontramos en cualquier negocio, o si no lo tienen allí, los conseguimos por internet. Ya no se trata sólo de que estos aparatos pueden servirnos para cubrir algunas necesidades, sino que evidentemente han llegado para convertirse en elementos relacionados con el status. No ser dueño de alguno de ellos (¿o es al revés?) es casi -para muchos sectores- como estar fuera del sistema. Esta maravilla tecnológica, además, rompió fronteras, y lo usan todos. Su precio es accesible y la infinidad de ofertas, tentadoras. Hasta los dinosaurios defensores de la tradición lo adoptaron.
¿Qué responderle a un chico que aún no cumplió 10 años y que, en vez del equipo completo de Boca que uno había planeado regalarle, quiere ese nuevo teléfono celular con pantalla color, linterna y ringtones polifónicos que vio en la televisión? Aún más cuando, con un criterio que no se condice con su edad, advierte que casi todos sus compañeros lo tienen. Hay que ver también la cara de los mayores cuando desde su teléfono suena (¿aúlla?) la música de los Simpson, y lo único que puede decir es "mi hijo le cambió el sonido". Esas diferencias generacionales están demasiado marcadas. Papá pasa cuatro días leyendo un manual de instrucciones que no termina de entender, y el hijo en menos de media hora ya le configuró el menú de acuerdo con "sus" necesidades, y colocó los números de todos "sus" amigos en la agenda, dándole un sonido distinto a cada uno de ellos.
Hay una cuestión de comodidad y de seguridad también. Hasta hace algunos años, el sueño de sus padres era tortuoso cuando la noche avanzaba y sus hijos no llegaban. La preocupación no dejaba dormir. Hoy, con sólo marcar el bendito número del celular, ya podemos saber que por lo menos están bien (dónde y con quién ya es más difícil).
Pero el problema se agiganta cuando la tecnología manda, y rompe relaciones. Así como Asimov mostró los beneficios de la tecnología, también dejó señales claras de lo que puede pasar al abusar de ella. Sociedades fragmentadas, donde la comunicación es únicamente virtual e impersonal y pérdida de identificación. Ya se dijo: hay que ver siempre ambos lados; y en esos casos, ante la falta de raciocinio de los menores, lo mejor es tratar de ver por ellos.
"¿Por qué en vez de mandarse mensajes de texto no utilizan el mismo teléfono para conversar?", le preguntaba la mujer a su nieta. "Es más barato", contestó ella, sin dejar de mirar la pantalla y de apretar de manera obsesiva las teclas. ¿Es realmente así?, ¿o es que ya hay una especie de compulsión? Lo cierto es que ya no se trata de una moda. Los teléfonos móviles, nos guste o no, ya son parte de la vida, y se encargaron de modificarla en muchos aspectos. Los científicos les añadirán funciones y podrá hacerse infinidad de cosas. Pero no dejemos que nos gane la tecnología a la hora de conformarnos. Siempre será mejor mirar los ojos de la persona con la que hablamos, y no detrás de una pantalla.

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