24 Febrero 2005 Seguir en 
Estos últimos años, el festejo armado por los estudiantes cada vez que uno de ellos aprueba el examen final ha adquirido características que no dejan de inquietar. Una amplia nota en nuestra edición de ayer da cuenta de algunas peculiaridades de esas expansiones. Al graduado se le arroja encima cualquier cosa (desde sustancias alimenticias hasta otras muy desagradables), se le rompe la ropa, se lo desnuda y se lo pasea así por las calles.
Las instituciones universitarias, hace tiempo que tomaron la medida de prohibir que tales desbordes se desarrollen dentro de su ámbito. Pero, lógicamente, nada pueden hacer con lo que tiene por escenario la calle, por lamentable que les parezca. El hecho es mirado también con tolerancia por la Policía.
Como consecuencia, ese "festejo" es cada día más agresivo y más violento. Lo que afecta notoriamente al entorno: a las casas de familia vecinas a la Facultad y a los comercios que se perjudican debido a las inmundicias que salpican sus vidrieras y por las imaginables emanaciones.
Preocupa, dentro de tal panorama, el hecho de que la algarada estudiantil salga de lo que sería la comprensible alegría por una etapa cumplida para convertirse en un estallido de agresividad y de violencia.
Está de más decir que estos festejos resultan siempre alarmante y que es prudente que sean inmediatamente desactivados allí donde aparezcan. Muchos recuerdan el caso de una joven que durante la celebración recibió sobre el cuerpo una sustancia tóxica que la obligó a varios días de internación, hace un par de años.
Es evidente también que los hechos pueden ser ocasión de riñas, sobre todo si el afectado trata de ponerles límites.
Además, como ya lo dijimos, esto que se denomina "festejo" no solamente complica al graduando (que en la generalidad de los casos lo acepta con alegría o, al menos, con resignación), sino que se proyecta negativamente sobre terceros.
Nada tienen que ver, en efecto, la casa vecina o el comercio de enfrente y sin embargo terminan perjudicados por la actitud de los jóvenes. Y nada tiene que ver, tampoco, el buen orden de la calle de una ciudad con más de medio millón de habitantes que se altera por causa de un examen final.
En una palabra, la graduación universitaria insufla una brutalidad y una intemperancia en la vía pública que no puede dejarse de comentar.
Ni qué decir lo deseable que sería que la alegría por el fin del ciclo universitario se canalizara de otra manera. No se trata, por cierto, de propiciar acciones directas de la autoridad sobre los estudiantes, ya que serían contraproducentes y, con mucha probabilidad, sólo vendrían a dar a la situación una magnitud mucho mayor. Lo que nos parece es que podría llamarse a la reflexión a los jóvenes, reflexión que podría empezar en el hogar y en la casa de estudios donde se recibieron.
Si pensamos que los espíritus juveniles no acumularon todavía las decepciones ni tienen la dureza del de los mayores, acaso los haga pensar alguna voz que, serenamente, les sugiera otra manera de dar salida al entusiasmo por la graduación.
Una manifestación de alegría no tiene por qué significar lo que describimos.
El ritual del recibimiento, tal como se desarrolla hoy no es más que un caudal de violencia que sale desvestido al exterior, como dice un psicoanalista consultado en nuestra nota.
Creemos que puede y debe tener otra expresión, menos iracunda, menos áspera, menos desafiante. Que se celebre todo lo que se quiera, pero sin el tono desagradable y atemorizante que se utiliza hoy con demasiada frecuencia.
Valdría la pena buscar otra variante para festejar un acontecimiento tan importante.
Las instituciones universitarias, hace tiempo que tomaron la medida de prohibir que tales desbordes se desarrollen dentro de su ámbito. Pero, lógicamente, nada pueden hacer con lo que tiene por escenario la calle, por lamentable que les parezca. El hecho es mirado también con tolerancia por la Policía.
Como consecuencia, ese "festejo" es cada día más agresivo y más violento. Lo que afecta notoriamente al entorno: a las casas de familia vecinas a la Facultad y a los comercios que se perjudican debido a las inmundicias que salpican sus vidrieras y por las imaginables emanaciones.
Preocupa, dentro de tal panorama, el hecho de que la algarada estudiantil salga de lo que sería la comprensible alegría por una etapa cumplida para convertirse en un estallido de agresividad y de violencia.
Está de más decir que estos festejos resultan siempre alarmante y que es prudente que sean inmediatamente desactivados allí donde aparezcan. Muchos recuerdan el caso de una joven que durante la celebración recibió sobre el cuerpo una sustancia tóxica que la obligó a varios días de internación, hace un par de años.
Es evidente también que los hechos pueden ser ocasión de riñas, sobre todo si el afectado trata de ponerles límites.
Además, como ya lo dijimos, esto que se denomina "festejo" no solamente complica al graduando (que en la generalidad de los casos lo acepta con alegría o, al menos, con resignación), sino que se proyecta negativamente sobre terceros.
Nada tienen que ver, en efecto, la casa vecina o el comercio de enfrente y sin embargo terminan perjudicados por la actitud de los jóvenes. Y nada tiene que ver, tampoco, el buen orden de la calle de una ciudad con más de medio millón de habitantes que se altera por causa de un examen final.
En una palabra, la graduación universitaria insufla una brutalidad y una intemperancia en la vía pública que no puede dejarse de comentar.
Ni qué decir lo deseable que sería que la alegría por el fin del ciclo universitario se canalizara de otra manera. No se trata, por cierto, de propiciar acciones directas de la autoridad sobre los estudiantes, ya que serían contraproducentes y, con mucha probabilidad, sólo vendrían a dar a la situación una magnitud mucho mayor. Lo que nos parece es que podría llamarse a la reflexión a los jóvenes, reflexión que podría empezar en el hogar y en la casa de estudios donde se recibieron.
Si pensamos que los espíritus juveniles no acumularon todavía las decepciones ni tienen la dureza del de los mayores, acaso los haga pensar alguna voz que, serenamente, les sugiera otra manera de dar salida al entusiasmo por la graduación.
Una manifestación de alegría no tiene por qué significar lo que describimos.
El ritual del recibimiento, tal como se desarrolla hoy no es más que un caudal de violencia que sale desvestido al exterior, como dice un psicoanalista consultado en nuestra nota.
Creemos que puede y debe tener otra expresión, menos iracunda, menos áspera, menos desafiante. Que se celebre todo lo que se quiera, pero sin el tono desagradable y atemorizante que se utiliza hoy con demasiada frecuencia.
Valdría la pena buscar otra variante para festejar un acontecimiento tan importante.







