El largo y sinuoso camino del respeto al patrimonio

Las agresiones al mobiliario urbano tienen los mismos efectos que la indiferencia de funcionarios frente a la destrucción de añejas casas. Por Roberto Delgado, prosecretario de Redacción LA GACETA.

01 Abril 2008
El Tucumán de los vándalos se parece más a la imagen negativa que suele imponerse en nuestro medio como un estereotipo del fracaso y de la imposibilidad de mejorar. "Los jóvenes no entienden. Les gusta reunirse de noche y romper cosas. Los vecinos ya no sabemos cómo mantener los juegos sanos". La aseveración de un habitante del barrio Mutual de Vialidad muestra esa sensación de fracaso, que expuesta en cifras globales por la Municipalidad significa 20 millones de pesos anuales en mantenimiento y reposición de estatuas, juegos de plazas, cestos de basura, árboles, bebederos, bancos, carteles y otros elementos considerados mobiliario urbano.
¿De quién es la culpa? Es una pregunta. ¿Qué hay que hacer? Es otra pregunta. De la adecuada respuesta de la primera podría surgir una correcta contestación para la segunda.
Desde un punto de vista limitado, la culpa parece ser de todos, en una especie de generalización que abarca a toda una sociedad en la que domina la incultura urbana, resignada a vivir en una ciudad degradada. "A la gente no le molesta vivir en medio de la suciedad y de las roturas", sentencia el arquitecto Julio Middagh. "La Policía no actúa cuando es testigo de actos de vandalismo", añade Antonio Bellomío, subdirector de Espacios Verdes. "Las multas se pierden en la Justicia y no se hacen efectivas", concluye Alfredo Toscano, subsecretario de Servicios Públicos.
Pero esto no es suficiente. Esta sociedad acusada de incultura urbana es la misma cuyos funcionarios, escudados en la falta de dinero, ignoraron por años el patrimonio urbano, a tal punto de permitir la demolición permanente de las viejas casas. El debate del último año acerca del ex Mercado de Abasto y de los edificios que la Legislatura alperovichista enajenó y volvió a proteger (por presiones nacionales, no por convicción) se inscribe en esta falta de aprecio sobre los elementos que forman parte de nuestra identidad. Ya sea estatuas, bancos de plazas o edificios. Cierto es que no se puede comparar a un vándalo que destruye por placer con un funcionario que permite la destrucción en aras de una pretendida modernización. Pero la indiferencia frente a las estatuas o frente al patrimonio es similar, más allá de los motivos de cada uno.
Acaso acá está una de las claves. Los funcionarios responden a la sociedad que los ha parido. Pero su responsabilidad es mayor. Es la del que debe mirar al Tucumán de dentro de 30 años, la del que será venerado o vilipendiado por haber hecho bien o mal las cosas cuando la polvareda de la coyuntura haya pasado. El que tiene la obligación de pensar ahora cómo hacer para salir del fracaso cultural, de cuidar ya esta ciudad para que en el futuro sea atractiva para los que la visitan y para los que viven en ella.
El vandalismo se combate con vigilancia y con multas. Permanentes. Eso se sabe en todas partes del mundo. En Londres, en París y en Madrid las ventanas de los subterráneos están escritas y rayadas, y las autoridades piden que la gente denuncie a quienes hacen daño. Pero eso no quiere decir que no se repongan las cosas rotas. La reposición y el mantenimiento son actividades básicas de una administración y los tucumanos estamos frente a un fenómeno nuevo. Antes nunca había plata para reposición y mantenimiento, de modo que esas palabras apenas comienzan a ser comprendidas.
Pero hay otra manera de combatir el vandalismo: el afecto y la inclusión. Hacer que la gente se sienta parte de la ciudad. Como hacen los que, con el fin de erradicar basurales, ponen imágenes de la Virgen para shockear al que arroja desperdicios.
En eso, las autoridades tienen que pelear para mostrar que son los primeros en amar la ciudad y su patrimonio. Y dar el ejemplo. Tienen que hacer campañas educativas y, como dice Toscano, "seguir reparando pese a que nos cueste mucho". Y también hay que animarse a lo insólito: a la Abbey Road, la calle de Londres que inmortalizaron los Beatles, los funcionarios la cuidan pidiendo a la gente que escriba grafittis sobre las blancas paredes de los estudios EMI y de esa forma dar testimonio de su afecto a los Beatles.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios